¿Cuánta seguridad necesita nuestra libertad?

José Fernández Vega, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina (OBREAL, NOV/05).

I.

La impactante renuncia a la lucha armada anunciada por el IRA a pocos días de producirse las explosiones de julio de 2005 en el sistema de transporte público londinense, atribuidas al islamismo radical, constituyen todo un símbolo de la nueva etapa en la que entró el terrorismo. El IRA representaba un buen ejemplo (y uno muy antiguo) de organización política que utilizaba la violencia a un nivel local, y cuyas reivindicaciones eran de índole nacional. El nuevo terrorismo, en cambio, no persigue los clásicos objetivos nacionalistas o revolucionarios, sino otros: político-religiosos o milenaristas. Por su rango de acción auténticamente planetario, supera incluso la esfera de influencia de las acciones del internacionalismo anarquista que solían apuntar contra los principales líderes políticos occidentales durante el anterior cambio de siglo (la primera gran víctima del populismo ruso fue el zar Alejandro II en 1881; apenas iniciado el nuevo siglo, en 1901, cayó en un atentado William McKinley, presidente de EE. UU).

Por cierto, se debe aclarar que la emergencia de un “nuevo terrorismo” no implica que arraigados movimientos activos en un país, como las FARC colombianas, y que incluyen tácticas terroristas en su estrategia de lucha, hayan desaparecido o perdido fuerza en sus respectivas áreas de influencia, por lo común delimitadas por un territorio nacional. Pero fenómeno que se suele unificar hoy bajo el nombre de “terrorismo” (aunque abarque muy distintas metodologías políticas y pretensiones programáticas) ha parace haber dejado atrás una fase nacional o regional para convertirse en un problema realmente global (es decir, no sólo en un sentido metafórico) a partir de atentados como los ocurridos en Nueva York, Casablanca, Bali y Madrid que marcaron los primeros años del siglo XXI. La nueva oleada terrorista que estamos presenciando impactó de un modo u otro sobre todos los continentes habitados. África sufrió atentados desde 1998, cuando fueron atacadas las sedes diplomáticas de EE. UU en Kenia y Tanzania. Australia se sumó al ataque estadounidense a Irak, lanzado en el marco de una campaña “antiterrorista”, y una de sus embajadas fue alcanzada en Asia. Se asegura haber detectado actividad de Al Qaeda en 68 países, un tercio de todos los que existen en el mundo.

En claro contraste con los nuevos ataques a escala planetaria, durante el último cuarto del siglo XX los distintos grupos políticos que apelaron al terror llevaron a cabo sólo de manera ocasional atentados fuera de las zonas conflictivas en las cuales pretendían influir con sus políticas armadas, y sin duda estos hechos fueron mucho menos mortíferamente eficaces que los de la oleada iniciada el 11 de setiembre de 2001. No hace falta insistir en la afirmación de que ese día una configuración de la realidad internacional se alteró por completo. Generó reacciones en serie que transformaron de modo duradero todo el escenario mundial y que desencadenaron desde guerras hasta mutaciones en los sistemas de seguridad civiles en todas partes. Algunas de esas mutaciones dieron lugar a situaciones paradójicas que no hubiesen sido siquiera imaginables unos días antes de la destrucción de las torres gemelas.

Vistas de conjunto, dichas modificaciones, que afectan valores vitales para la identidad política occidental, arrojan lo que parece constituir un nuevo equilibrio (o desequilibrio) entre vigilancia y derechos civiles. Dicho balance se encuentra, por cierto, históricamente inscripto en la siempre difícil relación entre libertad y seguridad. Pero estos polos se hallan ahora tensionados al máximo por las respuestas a las que dio lugar la nueva oleada de atentados terroristas, muy especialmente en las democracias que se tienen por casos añejos y más ejemplares: la británica y la estadounidense. Las autoimpuestas restricciones a la acción represiva del Estado hacia su interior, que estos sistemas han hecho ceder en los últimos años en nombre de la seguridad y el antiterrorismo, merecen al menos una rápida exploración. Sus consecuencias son, en efecto, incalculables para la autodefinición occidental.

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