¿Cuántas botellas descorchará Vox en la fiesta de Sánchez?

No hace mucho visité la cocina del CIS. Me refiero a la dependencia que cumple tal función, en un apartamento anexo al palacete que le sirve de sede, en el chaflán de la calle Montalbán. Ese apartamento del que, irónicamente, ya sólo quedan el pasillo y la cocina, tiene una tosca entrada independiente por Alfonso XI y sirvió de vivienda a Jorge Semprún, Carmen Alborch y otros ministros de Cultura, durante los primeros tramos de la Transición.

La otra ‘cocina’, la que siempre va acompañada de las comillas de la sospecha, es indetectable en el complejo engranaje burocrático de departamentos y actividades -desde la recogida y el procesamiento de datos, hasta las publicaciones científicas, pasando por la docencia- que dependen de José Félix Tezanos, el que fuera sociólogo de cabecera del guerrismo durante décadas y al que Alfonso Guerra dejó incluso de coger el teléfono, tras su vinculación a Pedro Sánchez. Tan implicado ha estado Tezanos en el proyecto político del hoy líder socialista, que, después de las elecciones, publicará un libro con el relato minucioso de su conquista del poder en el PSOE y su llegada a la Moncloa, fruto de sus reveladores paseos por las afueras de Madrid.

Cuántas botellas descorchará Vox en la fiesta de SánchezToda apariencia de imparcialidad saltó, pues, por los aires, cuando pasó sin solución de continuidad de la Ejecutiva del PSOE a la presidencia del CIS. Es verdad que, repasando la galería de retratos que cuelga en una de las paredes de la casa, se comprueba cómo la mayoría de sus antecesores -Seara, Díez-Nicolás, Muñoz Alonso, Julián Santamaría, Rosa Conde…-  también habían tenido adscripción partidista; pero nunca de forma tan intensa, extensa y notoria.

El escándalo estaba servido y Tezanos no defraudó a la afición. A medida que sus barómetros iban dando tres, cinco, siete puntos más al PSOE que la media de sondeos, a base de eliminar el factor correctivo del recuerdo de voto que siempre había utilizado el CIS, las fuerzas de oposición evolucionaron de la indignación a la rechifla y de la rechifla a la impotencia. PP y Ciudadanos llegaron a estudiar una querella por prevaricación, e incluso la posibilidad de pedir por vía judicial ser excluidos de todo informe que implicara atribución de voto, mientras no se restableciera la neutralidad.

Tras la divulgación esta semana del macrosondeo, basado en más de 16.000 entrevistas, realizadas, ojo, en la primera quincena de marzo, Tezanos se siente, sin embargo, reivindicado. Tanto porque sus resultados son ya mucho menos disonantes con los del promedio de encuestas, como porque sus colegas en el sector demoscópico reconocen su retorno a la ortodoxia en la presentación de los datos. «La manipulación vuelve a ser más sutil pero no menos fraudulenta», advierte uno de ellos.

En un país como el nuestro, con una cultura democrática tan deficiente como para que lo público sea siempre parte del botín electoral de los partidos, quedan dos preguntas para el telón de fondo de esta polémica: ¿Le corresponde al Estado hacer sondeos electorales, a través de un CIS que siempre va a ser percibido como juez y parte? ¿No debería, al menos, suspender el Centro esa actividad, desde el mismo momento del anuncio de convocatoria de elecciones, para amortiguar siquiera la sombra de la interferencia?

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El martes por la noche la cúpula del PSOE estaba satisfecha porque el CIS había situado su intención de voto -30,2%- entre uno y dos puntos por debajo de lo que dicen sus últimas encuestas y sólo el extremo más favorable de la horquilla de asignación de escaños -entre 123 y 138- resultaba lo suficientemente apabullante como para dar por zanjada la contienda entre lo que la derecha llama ‘Gobierno Frankenstein’ y lo que la izquierda denomina ‘pacto trifachito’.

De hecho, y por extraño que parezca, el principal motivo de preocupación en Ferraz y Moncloa era que también el PP (17,2%) y Ciudadanos (13,6%) aparecían degradados de forma equivalente. A pesar del gran auge de Vox (11,9%), al que el CIS multiplica sospechosamente por más de dos, respecto al barómetro de febrero, la suma de las llamadas «tres derechas» queda tan lejos de la mayoría -no sólo en escaños sino también en votos- como para que el temor a esa hipótesis se desvanezca. Por eso, ante el riesgo de quedarse sin espantapájaros, Sánchez ha decidido sentarlo a su lado en el plató de Atresmedia.

Durante meses, el papel de Tezanos había consistido en generar el efecto de la profecía autocumplida, alterando sin rubor alguno los criterios de presentación de los barómetros para favorecer al PSOE. Puede alegarse, de hecho, que el resultado del macrosondeo, refleja en buena medida el éxito de esa maniobra. Algo así como si el Tezanos sociólogo profesional hubiera terminado por dar la razón al Tezanos activista político. Lo que en enero era una  falacia, ha adquirido visos de realidad tres meses después.

Casi lo único que preocupa ahora al PSOE es si su hombre no se habrá pasado de frenada, al echar mano del vademécum de tretas demoscópicas, propio de quien sabe tanto por viejo como por diablo. Y es que el mayor peligro que afronta Sánchez, durante esta campaña, premeditadamente atípica, con la Semana Santa de por medio, es el de la desmovilización de la izquierda.

Por eso, el miércoles, la gran prioridad de Tezanos, aun dando la sensación de que el presidente del CIS contradecía al CIS o al menos erosionaba su credibilidad, fue transmitir mensajes contrarios a los datos divulgados: «Los tres partidos de la derecha pueden dar mayoría en la práctica… No acabo de ver claro que el PP haya caído tanto… Tengo la impresión de que Vox puede sacar más de lo que dice la encuesta».

Al margen de que este hombre sea un artista de los cubiletes, es cierto que estaba manejando  una variable como la del «voto oculto» que sirve para lo que se quiera; que ese «voto oculto» tiende a confundirse con el de los indecisos; y que si, a la categoría de quien dice que no sabe a quién va a votar, se une la de los abstencionistas decididos y la de los que votarán en blanco, este CIS arroja hasta un 47,2% de margen de incertidumbre. Algo inusualmente alto.

Es el escenario perfecto para que se dispare la fantasía de la que habría que denominar, según su próximo léxico, ‘derechona valiente’. Su andamiaje consiste en que Vox estaría tocando teclas que movilizan a sectores hasta ahora desmotivados y utilizando canales de comunicación mucho más eficaces que los tradicionales. El precedente de las andaluzas, la alta asistencia a sus mítines o los propios resultados de Podemos, cuando superó el 20,6% en sus primeras generales en 2015, alimentan esa expectativa eufórica.

Lo de menos es que las palancas que maneja el partido de Abascal, basadas en el resentimiento hacia las élites y en especial hacia la clase intelectual, incluido un periodismo corroído por la crisis y las malas prácticas, sean tan viejas como el pulso entre casticismo e ilustración. Lo de más son las consecuencias que dentro de dos semanas pueda tener la activación de esta especie de Motín de Esquilache 2.0.

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Es obvio que nada le convendría tanto a Sánchez como inocular la especie de que Vox sigue estando infravalorada en las encuestas, pues sería la mejor manera de minar la apelación al «voto útil» de Casado y las oportunidades de Rivera de concentrar la campaña en su flanco izquierdo. Por algo ha aceptado un único debate ‘a cinco’, convirtiéndose así en el primer presidente que admite como interlocutor a un partido extraparlamentario y a la vez elude el cara a cara con quien es tan líder de la oposición como lo era él, cuando Rajoy le dio la oportunidad de llamarle “indecente” en sus mismas barbas. No me extrañan ni la indignación del Consejo de Informativos de RTVE, ni el reproche implícito de la Junta Electoral al rechazar el recurso de Vox contra el ‘debate a cuatro’.

Con el mismo trabajo de campo del macrosondeo del CIS, otros sociólogos atribuyen casi tres puntos más al PP y casi tres menos a Vox. La cuestión no es baladí pues el PSOE ha justificado el formato de Atresmedia en que incluye a partidos a los que el organismo público otorga “más de un 10%” de intención de voto. Y, claro, otra vez se pone en marcha la perversa profecía autocumplida, pues percibir a Rivera, e incluso a Casado, a un tiro de piedra y ver a Abascal debatiendo en pie de igualdad con ellos, motiva a los cada día más enfervorizados seguidores de Vox y puede despertar a los aún durmientes.

El problema es que la suma de las tres fuerzas sólo aporta, según el CIS, entre 137 y 164 escaños, a nada menos que 12 de la mayoría, en el inverosímil supuesto de que las tres estuvieran simultáneamente en máximos. Partiendo de la estimación media de 150-151 escaños, lo lógico es que los trasvases dentro de ese bloque la alteren levemente a la baja, si es en favor de Vox, o levemente al alza, si es en beneficio del PP, pues ya se sabe que el señor d’Hondt prima al más votado. Pero esa es hoy la pobre expectativa del centro y las derechas, avaramente cocinada por la izquierda.

¿Qué ocurriría si el voto oculto de Vox desbordara todas estas previsiones, la convirtiera en tercera fuerza, por encima de Ciudadanos, e impulsara la estimación máxima hacia arriba? Pues que, como pronosticaba Daniel Basteiro en su análisis Pedro y el lobo… de este viernes, en la remota hipótesis de que salieran las cuentas, el partido de Rivera se desmarcaría de un pacto de gobierno entre Casado y Abascal y, explícitamente o no, pasaría a reforzar las opciones de investidura de Sánchez.

Vayamos a un escenario todavía más extremo, que soñar es gratis. ¿Qué pasaría si Vox le ganara al PP esas «primarias de la derecha» que, según Javier Zarzalejos, están disputando sus dirigentes, y emergiera como segundo partido de España, con el 16, el 18 o el 20% de los votos? Pues que, al margen de que el desmarque de Rivera sería aún más taxativo, el PP implosionaría como lo hizo UCD en 1982, Abascal se convertiría en Fraga y Sánchez tendría por delante un ciclo de poder tan largo como el del felipismo. Tres décadas y media de construcción del centro derecha quedarían pulverizadas por una ventolera que pronto empezaría a remitir, como ocurrió con Podemos.

Pongamos, pues, todas las hipótesis sobre la mesa. Entre los 18 escaños, que le otorga la peor de las encuestas, y los 69, que lograron Pablo Iglesias y asociados en sus primeras generales, que cada uno asigne a Santi Abascal los que desee o pronostique. Ese será el número de botellas que descorchará Vox en la fiesta de celebración de Sánchez. A ver a quién se le ocurre el mejor brindis.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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