¿Cuánto daño más puede hacer Trump? Espera lo peor

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla en la Casa Blanca el miércoles 4 de noviembre de 2020. (Jabin Botsford/The Washington Post)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, habla en la Casa Blanca el miércoles 4 de noviembre de 2020. (Jabin Botsford/The Washington Post)

Si el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, termina perdiendo la elección —como parece que sucederá—, la pregunta es qué tanto más daño puede hacer antes de que lo saquen a rastras de la Casa Blanca entre pataletas (o aspavientos). A juzgar por su comportamiento este jueves, me temo que deberíamos esperar lo peor.

Primero tuiteó “¡PAREN EL CONTEO!”, luego “¡PAREN EL FRAUDE!”. Sus demandas fueron tan antidemocráticas como contraproducentes: en ese momento Joe Biden, el candidato demócrata, iba a la delantera en suficientes estados como para obtener los 270 votos del Colegio Electoral y, por lo tanto, la presidencia.

Simpatizantes rabiosos de Trump se reunieron obedientemente afuera de edificios donde se estaban contando votos en Filadelfia, Phoenix, Las Vegas y otras ciudades, exigiendo que se detuviera el proceso electoral. Fue impactante ver a estadounidenses pedir abiertamente que los votos de otros estadounidenses fueran anulados, pero en la era de Trump no resulta sorprendente.

Más tarde, esa misma noche, Trump hizo unas erráticas declaraciones en persona que podrían leerse como ciencia ficción mal escrita… si no fueran tan peligrosas. Acusó a los demócratas de perpetuar un fraude masivo al decir: “Nuestros números empezaron a bajar milagrosamente y en secreto”, pintando el conteo de votos ausentes o enviados por correo —algo totalmente legal y democrático— como una monstruosa conspiración; también afirmó que las encuestas que no lo favorecían fueron un intento de desincentivar la participación republicana en las elecciones. Estas son mentiras, dichas con el propósito explícito de negarle sus derechos a los estadounidenses que hicieron su mejor esfuerzo para cumplir con sus obligaciones cívicas en condiciones extraordinarias.

En este tenso periodo de incertidumbre sobre el resultado final, vale la pena recordar por qué el conteo ha sido tan lento y por qué esos votos que están siendo contados al final son tan cruciales. Una cantidad nunca antes vista de votantes eligieron enviar sus boletas por correo debido a la pandemia de COVID-19, y esos votos por correo tardan en ser certificados y computados. Como para ilustrar los riesgos de los que estamos hablando, el miércoles Estados Unidos registró más de 100,000 nuevos casos de COVD-19, un nuevo récord.

Pero Trump hizo del coronavirus y del proceso políticamente neutro de votar por correo una cuestión de afiliaciones políticas, de un modo tan cínico como trágico. El resultado: los demócratas optaron por las opciones de voto ausente o por correo, mientras que más republicanos optaron por votar en persona. En estados como Wisconsin, Míchigan, Pensilvania y Georgia, las legislaturas dominadas por el Partido Republicano se negaron a permitir que los oficiales electorales comenzaran a contar los votos por correo antes del día de la elección.

El resultado predecible fue un “espejismo rojo”. El cómputo rápido de los votos presenciales le dieron a Trump y a los republicanos ventajas al principio, que se fueron erosionando lentamente conforme se iban contando los votos por correo. Y ese proceso continúa.

En lo que se refiere a Trump, Dios sabe que cualquier cosa puede suceder. Basta con ver el resultado de 2016, que nos causó muchos síntomas de trastorno de estrés postraumático. Pero el hecho de que probablemente perderá queda ejemplificado en las demandas que su equipo está poniendo en Pensilvania, Míchigan y Georgia, impugnando cómo —e incluso si— algunos votos se están contando. Lo que sea que haya dicho Trump el jueves sobre los procedimientos legales que su equipo está interponiendo, los candidatos que están seguros de su victoria no andan corriendo a las cortes, especialmente no con demandas como estas.

Las quejas de Trump parecen tener pocos méritos. Quiere que se detenga el conteo en Míchigan, pero el conteo ya terminó ahí y perdió. Ejerció su derecho a pedir un recuento en Wisconsin, donde perdió por 20,000 votos, un margen que casi nunca le ha dado la vuelta a los resultados en un recuento.

Pero las estratagemas de Trump sí amenazan con retrasar aún más lo que esta nación amargamente dividida necesita: un resultado final y una certeza que todos deberíamos aceptar.

Fue imposible no recordar la traumática elección de 2000, cuando el resultado dependió de Florida y el país tuvo que soportar semanas de riñas legales. La Corte Suprema finalmente le dio la victoria a George W. Bush. Su oponente, el demócrata Al Gore, le concedió la victoria con decoro, a pesar de que sus seguidores creían que él habría ganado si todos los votos se hubieran contado. ¿Alguien se imagina que Trump sea capaz de un gesto tan patriótico? Yo, definitivamente no.

Es mucho más probable que, pase lo que pase en la corte, Trump se niegue a reconocer que Biden lo derrotó limpiamente.

Si Biden es certificado como el ganador, Trump sin duda se irá. Pero todo en su historia me lleva a esperar que va a hacer ver la victoria de Biden como ilegítima e injusta. Para sus legiones de seguidores incondicionales, esta elección supuestamente “robada” se convertirá en una nueva “causa perdida” que vengar.

Biden va a terminar ganando el voto popular por casi cuatro millones de votos, pero esto significa que más de 68 millones de estadounidenses votaron por Trump, mientras que 72 millones eligieron a Biden. En un año con participación récord, el país está casi partido a la mitad. Un hombre de Estado haría lo que hizo Gore y llamaría a la unidad. Trump es muchas cosas, pero no un hombre de Estado.

En el tiempo que le queda como presidente, e incluso después, mi expectativa es que Trump hará todo lo que pueda para profundizar las divisiones en nuestra sociedad en lugar de subsanarlas.

Pronto, espero, él se irá. Y podremos reclamar el tiempo y atención que hemos pasado alimentado su ego voraz.

Eugene Robinson writes a twice-a-week column on politics and culture and hosts a weekly online chat with readers. In a three-decade career at The Washington Post, Robinson has been city hall reporter, city editor, foreign correspondent in Buenos Aires and London, foreign editor, and assistant managing editor in charge of the paper’s Style section.

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