¿Cuántos turistas puede soportar una ciudad?

Se espera que 62 millones de personas visiten la ciudad de Nueva York en este año. Credit Stephanie Keith/Reuters

Hace algunas semanas salía del edificio donde vivo, ubicado en una tranquila cuadra histórica de Brooklyn, y me topé con un enorme grupo de turistas en la acera, armados con paloselfis, que estaban acompañados por un guía que hablaba mientras los pastoreaba por el vecindario. En los últimos años esta escena se ha hecho cada vez más habitual en ciertas zonas de mi barrio.

En todo el mundo, hemos visto la diseminación del turismo urbano a barrios residenciales antes inexplorados, algo imprevisible que no todos los vecindarios ven con buenos ojos, ya que principalmente lo atribuyen al crecimiento de Airbnb y su promesa de una experiencia más íntima de hospedaje. En realidad, podemos decir que hay varios culpables.

Desde hace tiempo, las tendencias se han movido en esa dirección. En Nueva York, en particular, un declive en los empleos de manufactura que ya lleva décadas hizo que los líderes civiles se reagruparan para convertir la ciudad en un producto de marca que podía comercializarse entre los turistas y aquellos interesados en los bienes raíces de todo el mundo, esas personas se convirtieron en una fuerza impulsora de la economía.

A medida que más turistas se mostraron dispuestos a viajar, resultó que su campo de maniobras se amplió y se hizo más diverso, hasta cierto punto, por necesidad. El distrito financiero central de Manhattan por sí solo ya no podía contener a las masas.

Al mismo tiempo, las clases adineradas (cuyas ansiedades las volvieron más deseosas de distinguirse de los que se encuentran en niveles “inferiores”) rechazaron la designación de “turístico” en su totalidad ─los turistas van a los museos de cera y los sitios abarrotados en Times Square─ y prefirieron seguir el camino de lo que la industria denomina como viaje de inmersión. Por ejemplo, dormir en chozas tribales en Namibia o quedarse diez días en la casa de un director de arte en Brooklyn, leyendo las novelas de Jonathan Lethem en un diván diseñado por Hans Wegner.

Desde una perspectiva financiera, el éxito del turismo no deja lugar a dudas. Este año, la ciudad de Nueva York espera recibir unos 62 millones de visitantes (aproximadamente un millón más que en 2016), la mayoría durante los meses de verano; por séptimo año consecutivo, además, establecerán un récord. En Ciudad de México, los ingresos económicos por el turismo fueron de más de 4 mil millones de dólares el año pasado y Buenos Aires anunciaba en mayo que el turismo internacional creció durante siete meses consecutivos.

Pero ¿cuántos turistas son demasiados? En algunas ciudades europeas, se han tomado medidas para limitar la llegada y el peregrinaje de turistas. El gobierno de Venecia, en respuesta a las protestas de los lugareños (quienes colocaron letreros en ciertas partes de la ciudad con la leyenda: “¡¡¡Váyanse, turistas!!! Están destruyendo esta zona”), decidió limitar el número de personas que podían visitar las atracciones que son especialmente populares.

Hace tres años, Ada Colau, quien ahora es la alcaldesa de Barcelona, dijo que el turismo era una amenaza para el estilo de vida de la ciudad. En enero, los funcionarios barceloneses aprobaron una ley que reduciría la cantidad de visitantes a esa ciudad, limitando la cantidad de camas disponibles en los hoteles y congelando la construcción de nuevos espacios de alojamiento.

El mes pasado, la ciudad de Nueva York ya contaba con 113.000 habitaciones de hotel y, para 2019, de acuerdo con NYC & Company, el órgano oficial de mercadotecnia de la Gran Manzana como destino turístico oficial, se espera que tenga 137.000.

En mayo, NYC & Company anunció la Nueva Ciudad de Nueva York, una “infraestructura turística de cinco barrios” que incluirá lugares como: Destination St. George, el barrio en proceso de gentrificación en el malecón de Staten Island, cerca de donde los policías asesinaron a Eric Garner; el primer centro comercial de tiendas de oferta de la ciudad, cuya inauguración está programada para el año próximo, y una rueda de la fortuna, de 590 millones de dólares, cuya construcción se ha visto obstaculizada por demandas y otras dificultades.

En un momento en que los cuestionamientos sobre la suficiencia de la infraestructura son centrales en los debates sobre la vida urbana, y en que el sistema sobrecargado del Metro neoyorquino ha llegado a un punto crítico, la construcción de hoteles parece proceder sin ningún contratiempo. Al igual que muchas otras ciudades del mundo, Nueva York también se enfrascó en prolongadas batallas contra Airbnb, en parte con el argumento de que la transformación de apartamentos en cuartos de hotel amenazaba el suministro de hogares que ya estaba en declive, además de perturbar los vecindarios.

Se escucha mucho menos sobre una situación análoga: las consecuencias de entregarle a los hoteleros esos espacios que, de otro modo, habrían sido utilizados para construir residencias.

Al igual que el nuevo hotel de Ian Schrager, el Public, que se abrió en el Lower East Side, o el 1 Hotel que se localiza en el Parque del Puente de Brooklyn, ahora muchos hoteles se encuentran en barrios residenciales para satisfacer los deseos de quienes se quieren sentir como si llevaran la vida de los verdaderos citadinos, aunque sea brevemente. Bueno, pues vamos a pedirles que traten de comprar un departamento que puedan pagar.

Gina Bellafante.

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