Cuarenta años después…

Hace 40 años, el hombre pisó por primera vez la Luna. Cuarenta años después, las dos grandes potencias que compitieron ferozmente por alcanzar la Luna cooperan todos los días a bordo de la Estación Espacial Internacional. En la actualidad, una tripulación de seis astronautas de distintas nacionalidades vive y trabaja de forma permanente en un inmenso laboratorio, del tamaño de un estadio de fútbol, que orbita 250 kilómetros por encima de nuestras cabezas fruto de la colaboración entre Estados Unidos, Europa, Rusia, Japón y Canadá.

Hoy en día, con la ventaja de la retrospectiva, sabemos que el significado de la conquista de la Luna es muy distinto del que la opinión pública interpretó en 1969. Porque, 40 años después, la famosa «carrera espacial» entre EE UU y la Unión Soviética es tan sólo un mueble más del desván de la historia y, en cambio, para sorpresa de muchos, las tecnologías asociadas al espacio se han convertido en un instrumento fundamental para garantizar la supervivencia a largo plazo de nuestra civilización y preservar nuestro planeta.

Europa, que no tenía apenas presencia en la escena espacial en 1969, ha hecho en estas cuatro décadas progresos extraordinarios: actualmente lidera, por ejemplo, la investigación espacial en el área del cambio climático y el medio ambiente, y posee una familia de cohetes lanzadores de primer nivel. Nuestro continente ha realizado este salto de gigante a través de la Agencia Espacial Europea (ESA), la Comisión Europea y sus Estados miembros, incluyendo España, que se encuentra entre los seis países más importantes en el terreno espacial y acoge en Villafranca del Castillo (Madrid) el establecimiento de la ESA dedicado a ciencia espacial.

El descubrimiento más importante del programa norteamericano Apolo no fue, paradójicamente, la Luna, sino el planeta Tierra, visto a 384.000 kilómetros por los astronautas como una pequeña pelota de golf. Esa imagen, imponente y sobrecogedora, visualizó que nuestro planeta es sólo una minúscula pieza del universo, y, desde ese mismo instante, ya nadie pudo seguir defendiendo las anacrónicas doctrinas antropocéntricas. Otra consecuencia imprevista de la estampa de la Tierra observada desde el exterior fue una intensa sensación psicológica de globalidad, que difuminaba las fronteras políticas que separan los cerca de 200 países del mundo; nunca antes había sido tan evidente que el futuro de la humanidad es global y que los riesgos que acechan el porvenir de nuestra civilización afectan a todos los seres humanos, sin distinciones de ninguna clase. Finalmente, un tercer corolario, quizá menos inmediato, fue que la tecnología espacial, aquella que había hecho posible este cambio de paradigma, debía ser, salvo en materia de seguridad y defensa, una herramienta para estimular la cooperación internacional.

De manera invisible, la vida cotidiana de los ciudadanos europeos se sustenta, hoy en día, en sistemas espaciales: la información meteorológica que proporcionan los satélites Meteosat, que nos ayuda a decidir nuestras actividades de ocio, mejorar la seguridad del tráfico aéreo y planificar las cosechas; las telecomunicaciones por satélite, que ofrecen canales de televisión digital y cobertura telefónica en zonas remotas; y el sistema de posicionamiento por satélite GPS, que facilita la búsqueda de una calle desconocida cuando nos desplazamos en coche y, sobre todo, acorta el tiempo que ambulancias y policías tardan en localizar el lugar donde se produce una emergencia. Asimismo, la tecnología espacial tiene un protagonismo creciente en los sistemas de seguridad y defensa, el conocimiento de los factores explicativos del cambio climático y la prevención de catástrofes naturales (inundaciones, huracanes, etcétera). El espacio, en definitiva, se ha convertido en las últimas décadas en una herramienta para mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Durante las décadas de 1950 y 1960, los criterios de la enorme inversión en tecnologías y demostradores espaciales de EE UU y la antigua Unión Soviética se inscribieron en la lógica competitiva de la guerra fría. Europa inició su plan espacial más tarde que las dos superpotencias y en algún aspecto esto representó una ventaja, ya que, desde el principio, pudo orientar su esfuerzo a la cooperación internacional -en particular, en el área de la exploración del universo- y a la mejora de las condiciones de vida en el planeta Tierra.

En la actualidad, uno de los programas espaciales más importante de nuestro continente es el dedicado al conocimiento científico de la Tierra y a las aplicaciones para el medio ambiente y la seguridad. Sin duda, Europa puede sentirse orgullosa de sus logros en el espacio: sondas científicas como Huygens aterrizando en una de las lunas de Saturno (Titán) y descubriendo un mundo nuevo, o como Mars Express encontrando agua en Marte; Envisat monitorizando la atmósfera y la superficie terrestre para comprender mejor las condiciones de vida; Galileo definiendo posiciones de objetos con una precisión insólita… son únicamente unos pocos ejemplos de las más de 70 misiones que la ESA ha cumplido con éxito en sus 40 años de existencia.

Por su parte, la contribución europea a la Estación Espacial Internacional se materializa en infraestructuras y vuelos de astronautas, como el que el español Pedro Duque realizó en 2003. El laboratorio europeo Columbus se incorporó a la Estación a principios de 2008 y acoge cientos de experimentos en ciencias de los materiales, física de fluidos y otras disciplinas. Otra aportación europea significativa ha sido la producción de los vehículos ATV (vehículo de transferencia automatizado), que además de transportar provisiones a la Estación y evacuar residuos, corrigen la posición orbital de las instalaciones.

España, que empezó su actividad espacial incluso con mayor retraso que Europa, ocupa hoy un lugar destacado en la ESA gracias al continuo apoyo del Gobierno español (a través del CDTI), a las capacidades tecnológicas y competitividad de sus empresas, así como a la excelencia de sus científicos. Como hitos contemporáneos, merecen especial mención el reciente lanzamiento del satélite europeo SMOS, que, liderado por empresas e investigadores españoles, medirá la salinidad de los océanos y la humedad del suelo (variables clave para comprender las oscilaciones de las temperaturas); la construcción del satélite de observación óptica de la Tierra Ingenio; o el programa de sostenimiento de la vida Melissa, dirigido por la Universitat Autònoma de Barcelona y basado en microorganismos y plantas que reciclan aire, agua y comida con el fin de hacer viable, a medio plazo, el viaje de humanos a Marte.

Todos los artefactos espaciales señalados en los párrafos precedentes son Made in Europe gracias al talento y la dedicación de decenas de miles de profesionales, procedentes de una amplia gama de disciplinas científico-técnicas, que trabajan en empresas altamente especializadas y centros de investigación de vanguardia.

Cuarenta años después de la llegada del hombre a la Luna, sabemos que los ciudadanos europeos son los beneficiarios últimos de la actividad espacial de la ESA. En primer lugar, por el valioso conocimiento generado, que nos ofrece nueva información no sólo sobre el universo y sus orígenes, sino también sobre la complejidad de nuestro planeta y las condiciones que hacen posible la vida. En segundo término, por la transferencia de tecnologías originarias del espacio a otros sectores de actividad económica que producen nuevos bienes y servicios (como, por ejemplo, los pañales, las sartenes de teflón o la fibra de carbono que configura la estructura de los aviones). Y, finalmente, por las aplicaciones directas que los satélites tienen en nuestro quehacer diario y están llamados a tener en el formidable desafío que la humanidad enfrenta en las próximas décadas: la preservación de la Tierra.

Jean-Jacques Dordain y Maurici Lucena. Son, respectivamente, director general y presidente del Consejo de la Agencia Espacial Europea.