Cuarenta años no es nada

Por Jorge Edwards, escritor chileno (EL PAÍS, 30/08/08):

Busco en la prensa escrita noticias de la República de Georgia y me encuentro con una nota sobre los cuarenta años de la invasión de Praga, en los tiempos de la desaparecida Checoslovaquia, por las tropas del Pacto de Varsovia. Sucesos de una época pasada y enterrada, me digo, y a la vez, de un modo paradójico, no tan pasada ni tan enterrada. Teníamos la impresión, hasta hace muy poco, de que el temible Ejército Rojo se había desmoronado, pero ahora, a juzgar por las noticias de Georgia y de Osetia del Sur, parece que hubiera renacido de sus cenizas.

Un editor extranjero nos recordó ayer o anteayer una frase de Ambrose Bierce, autor norteamericano del Diccionario del Diablo y de otros textos notables: las guerras son los medios que emplea Dios para enseñarnos geografía. Y para enseñarnos o refrescarnos la historia, podríamos añadir.

Busco Georgia en un atlas universal, trato de ubicar Osetia del Sur y Abjasia, y recuerdo, como si fuera hoy, las imágenes de los jóvenes checos que les tiraban piedras a los tanques soviéticos que ingresaban a la Plaza de Wenceslao. ¿Significa esto que la historia se repite, que no hay progreso posible, que la caída del Muro de Berlín fue una simple ilusión? Habrá que ir por partes: tendremos que tratar de entender lo que ha sucedido después del fin de la Guerra Fría. El cambio existe, desde luego, pero los viejos imperios, con sus largas tradiciones, con sus rupturas y revoluciones, cambian menos de lo que uno tiende a suponer.

En Rusia siempre hubo algún Stalin antes de Stalin, como sugirió con astucia, tratando de eludir la censura, Sergio Eisenstein en su extraordinaria película Iván el Terrible. Y suponemos que siempre existió algún tenebroso Lavrenti Beria, el jefe de la policía secreta estaliniana, antes del propio Beria. Lo cual nos conduce a preguntarnos cuál es y dónde está, por quién ha sido asumida, la herencia, la continuación actual de aquellos personajes.

El año 1968 fue un año agitado, pesado, contradictorio, lleno de ilusiones y desengaños dramáticos. Visité Cuba por primera vez en enero y pasé tres días en Praga a fines de febrero. Salí a la calle una mañana, guiado por un amigo hispanista, editor y traductor, y nos encontramos con una multitud exaltada, que escuchaba a dos dirigentes políticos asomados a un balcón. Uno era Novotny, representante de un régimen estalinista que daba la impresión de encontrarse en sus etapas finales, y el otro, Alexander Dubcek, el aparente profeta y conductor de los nuevos tiempos. Cuando hablaba Dubcek, la gente agolpada en aquella plaza aplaudía y lanzaba ovaciones a rabiar, en un estado de emoción colectiva incontenible. Cuando le tocaba el turno a Novotny, el todavía gobernante, las pifias eran atronadoras.

Después de ese breve paso por Praga, llegué a París, me instalé en un hotel barato y me dediqué al periodismo y a la escritura, en un paréntesis de mis tareas en la diplomacia profesional. Una tarde viajaba con mi mujer en el metro, y el tren subterráneo se detuvo en la estación de Saint-Michel, en pleno corazón del barrio latino. Se abrieron las puertas automáticas y entraron pelotones de jóvenes que reían y que lagrimeaban, seguidos por el olor y el picor inconfundibles de los gases lacrimógenos. Era la revolución estudiantil de mayo que había comenzado por ahí cerca, en los patios del edificio principal de la Sorbona: los sucesos de mayo, como iban a ser conocidos en la prensa de todas partes, sucesos que al final, en un balance desapasionado, no influyeron demasiado en el sistema político, pero sí en las costumbres, en los estilos, en una atmósfera que iba a dominar en todo el resto del siglo.

Regresé a Chile en junio y las autoridades del Ministerio de Relaciones me nombraron jefe de un departamento que acababa de crearse: el de Europa Oriental. Se trataba de organizar las nuevas relaciones diplomáticas, que habían empezado a establecerse hacía poco tiempo, con la Unión Soviética y con los países de Europa del Este. Ahora me acuerdo de interminables conversaciones, recepciones con gente que llegaba desde esa parte del mundo, comidas que ofrecía el embajador soviético a representantes de lo que se llamaba el poder joven, encuentros con funcionarios, dirigentes, intelectuales húngaros, polacos, rumanos, checos, etcétera, etcétera. Parecía que las etapas de aquello que se llamaba Primavera de Praga iban en un crecimiento vertiginoso y se acercaban a una culminación inminente y a la vez imprevisible. Cuando se produjo la invasión de los tanques, en la segunda quincena del mes de agosto, me acuerdo del embajador checo en el salón rojo del Ministerio, en el ala sur de La Moneda, asegurándonos que nadie, ninguna autoridad de Checoslovaquia, a diferencia de lo que aseguraban en Moscú, había solicitado esa intervención. La emoción era intensa; la sensación de que la izquierda del mundo había perdido la esperanza de un cambio renovador, refrescante, indispensable, era sentida por muchos como un gran drama del siglo XX.

La verdad es que los intentos de liberación democrática, los arrestos de un deshielo, de una desestalinización del bloque comunista, no habían comenzado en la Praga de esos meses y tampoco terminarían ahí. Nikita Jruschov había encarnado una etapa, un deshielo sofocado, fracasado, y años más tarde vendrían la perestroika y la glasnost de Mijaíl Gorbachov. Fuimos muchos los que celebramos la caída del Muro de Berlín como un cambio de página definitivo. Pero si se tiene un poco de experiencia en los avatares y los zigzagueos de la diplomacia, hay que desconfiar de todo lo que parezca definitivo. A juzgar por noticias recientes, los rusos de hoy sienten una nostalgia profunda del imperio, de su influencia perdida, de los hombres fuertes del pasado, aunque se llamen José Stalin o Nicolás II.

En un contexto así, el análisis de la guerra o de la semiguerra de Georgia tendría que proceder con pies de plomo. Uno tiende a pensar que el ataque georgiano a Osetia del Sur, una de las provincias separatistas, se concretó en el momento menos oportuno, más peligroso: cuando los sentimientos nacionalistas rusos, demostrados en el apoyo mayoritario a Vladímir Putin y a su sucesor, empezaban a levantarse y adquirían algo así como una velocidad de crucero.

Nadie que haya estudiado un poco estos fenómenos, ya demostrados hace 40 años en los días de la invasión de la antigua Checoslovaquia y reiterados a lo largo de los años de las más diversas maneras, podría pensar que la invasión de las provincias separatistas, pro rusas, por tropas georgianas, dejaría a Moscú de brazos cruzados. La reacción política y militar rusa era completa y absolutamente previsible. ¿Para qué se hizo entonces la invasión inicial: para estudiar la reacción de Putin, de Medvédev, de los generales, para provocar un cambio del statu quo, para ver si los rusos, tomados por sorpresa, no hacían nada? La verdad es que no encuentro ninguna explicación medianamente convincente.

Y si fue un simple tanteo bélico, estimulado de alguna manera por Washington, temo que haya sido un error garrafal. La situación todavía no está resuelta y la sigo de cerca, en la medida en que la lejanía chilena me lo permite, pero confieso que la sigo sin el menor optimismo. Con un sentimiento que se parece bastante a la angustia.