Cuarenta años no son nada

Por Hermann Tertsch (ABC, 21/08/08):

«A todo el pueblo de la República Socialista de Checoslovaquia. Ayer, día 20 de agosto de 1968 a las 23 horas, tropas de la Unión Soviética, de la República Popular de Polonia, de la República Democrática Alemana, la República Popular Húngara y la República Popular de Bulgaria han cruzado la frontera de la República Socialista Checoslovaca. Lo han hecho sin conocimiento del presidente de la República, de la Asamblea, del Comité Central y los demás órganos del Estado». Veinte años después de que los comunistas impusieran la dictadura en 1948, la Radio Estatal Checoslovaca no podía ya desprenderse de su retórica burócrata y totalitaria ni siquiera para denunciar la agresión de sus vecinos, aliados y patronos ideológicos. Para clamar por la libertad hace falta otro lenguaje. Y, sin embargo, horas después, hace hoy -esta misma mañana- cuarenta años, decenas de miles de ciudadanos de Praga, hacían frente, armados tan sólo con su ira y dignidad, a aquellas tropas extranjeras que irrumpían por las calles de la ciudad milenaria. Aquel primer día los invasores mataron tan sólo a 58 personas en toda Checoslovaquia, 22 de ellas en Praga, 15 de ellas precisamente en el asalto al edificio de la Radio estatal. Querían a toda costa que no les diera tiempo a los locutores a adoptar el lenguaje de los hombres libres.

Lo consiguieron. Hubo muchos más muertos, heridos, detenidos, deportados y torturados en días, semanas, meses y años, décadas siguientes. Todos estos sufrimiento fueron compartidos, por supuesto, trágica y paradójicamente, con los ciudadanos de las naciones, a su vez aplastadas, cuyos ejércitos participaron en aquella operación tan rotundamente victoriosa para el poder soviético. Porque lo fue en su momento. Pese a los actos heroicos, las protestas sinceras y los lloros petimetres occidentales. Millones de vidas rotas y ese silencio cargado miedo. Durante otros veinte años volvió a reinar ese silencio oprobioso, ese orden bruto y brutal que era la pax soviética de Moscú. Hasta 1989 los disidentes fueron, cuando no suicidas como Jan Palach, que se inmoló en la Plaza de San Wenceslao, sí héroes civiles dispuestos a la muerte civil y profesional, a la cárcel o al destierro. En las capitales occidentales, como doce años antes durante las trágicas jornadas de octubre de 1956 en Budapest, solo se podía escuchar el lamento de la impotencia. Como en Bruselas, en la sede de la OTAN, el 19 de agosto del 2008. Cuarenta años no son nada.
Parece que fue ayer aquel 21 de agosto de 1968. En gran medida lo ha sido. Este agosto tiene mucho de aquel. Las imágenes de los tanques soviéticos aplastando coches de la policía de Praga son intercambiables con las que ahora vemos de los carros de combate del Zar Putin arremetiendo contra vehículos policiales georgianos en Gori. Y ha vuelto a suceder lo que siempre deberíamos al menos querer evitar: la obscena pero incontestable y palmaria demostración de los enemigos de nuestra forma de vida de que tienen instrumentos superiores a los nuestros para imponer su voluntad y su orden. No nos había pasado de forma tan contundente desde Praga. Las fronteras entre los bloques se debilitaban entonces por la voluntad de los ciudadanos del este de ser libres, en Praga y Varsovia. Hoy estamos como entonces, ante la contraofensiva de un estado imperial, como entonces un estado fracasado por poderoso que le hagan sus recursos minerales, que niega a los estados vecinos una libertad democrática que, de triunfar, pondría en peligro su propio régimen. La convulsión de los años sesenta había hecho germinar la idea de que los bloques hegemónicos y sobre todo el «cortijo» ideológico y político militar del Kremlin no era una realidad irreversible. Antes había sucedido en 1948 cuando el yugoslavo Josip Broz «Tito» se revolvió contra Stalin y éste respondió con su inmensa e implacable ofensiva de «limpieza» de todos los cuadros comunistas en Praga, Varsovia, Budapest y Bucarest. De veinte en veinte años como pueden ver parece pendiente siempre un pulso entre el totalitarismo y la libertad en nuestro continente. De la imposición estalinista en toda Europa oriental en 1948 retando a las democracias con el bloqueo de Berlín y la batalla contra el «titoismo» a la imposición de la doctrina «Breznev» del sarcasmo de la «hegemonía limitada» en 1968. De la confirmación del fracaso del Pacto de Varsovia y el sistema del socialismo real en 1988/89 a la resurrección de una fuerza totalitaria que reclama su potestad incondicional sobre su inmediata vecindad y reclama para sí la hegemonía de un estado bonapartista o abiertamente dictatorial sobre las democracias vecinas o cercanas.
Estamos en este agosto ante un cambio de era y es muy posible, aunque indeseable, que éste suponga, como el agosto praguense, dos décadas de ocupación más o menos larvada y sumisión para pueblos que quieren compartir libertad y prosperidad con Occidente y cuyo mayor delito es tener fronteras con el nuevo Bizancio de la Checa, aunque reconvertido a la estética Armani. Aun estamos a tiempo para evitarlo. Siempre que Occidente sea consciente de que hoy no puede ya dividir el mapa europeo como lo hicieron Churchill y Roosevelt en Yalta. Nuestra debilidad ante Rusia la pagaremos todos con una dependencia permanente y creciente en la que nuestra libertad y soberanía no pueden sobrevivir. Y que no se basa en la amenaza de un arma, la nuclear, de la que también disponemos, sino de otras, la energética y tras ella la militar convencional, en las que no podemos o no queremos competir.

Los tiempos se vuelven profundamente inciertos para quienes no queremos conciliaciones entre nuestro sistema de libertades y el matonismo imperial. Aunque solo sean conscientes de ello quienes sienten un poco el pulso de la historia, tienen ciertas claves para identificar sus vaivenes y disfrutan o sufren la capacidad de percepción, como malditos augures, de las tinieblas de miedo, violencia y precariedad. Nubarrones de angustia amenazan con acabar con grandes proyectos de libertad, seguridad y prosperidad construidos por generaciones de comunidades de civilización participativa en zonas muy concretas del globo, gracias a voluntades, principios y circunstancias muy específicas, gracias a los legados de Grecia, de Roma, del Cristianismo, de la Ilustración y finalmente de la Democracia. Sus resultados son envidiados por la inmensa mayoría de los seres vivos de este planeta. Tanto que muchos arriesgan sus vidas por acceder a la condición de pobladores de estos círculos privilegiados de seres humanos que son los habitantes de las democracias occidentales. Es lo que intentaron los checoslovacos cuando se levantaron sin éxito contra la hegemonía soviética hace cuarenta años. Es lo que lograron todos esos millones que considero compatriotas, en Centroeuropa, en el Báltico y ya también final y lentamente en los Balcanes, cuando derrocaron a los cacicatos comunistas impuestos por un imperialismo soviético ideológico que hoy renace como fuerza expansionista imperial rusa. O cuando vencieron al mensaje fanático, mezquino y destructivo del nacionalismo, en el que otros intentan aun sumergirse. Esa huída hacia la vida en libertad y decencia es la misma que intentan todos aquellos que escapan de Cuba o Senegal, Mauritania o Marruecos, Myanmar o Sudán. Ahí es donde se equivoca nuestra caverna del izquierdismo europeo. El español, como siempre, el que más. Porque la gente huye mucho más de la falta de libertad que de la miseria porque sabe que ésta es consecuencia de aquella. Pero es inútil intentar debatir con quienes no tienen más hoja de navegación que el miedo a la libertad y el código de la dependencia como relación entre seres humanos y entre el poder y la ciudadanía.

Hace cuarenta años hoy de aquel día en el que Praga, como antes Budapest, después Varsovia y Gdansk, nos dio una suprema lección. Nunca la han aprendido quienes creen que las libertades son un privilegio por criterio poco menos que geográfico. Nunca la aprenderán los apaciguadores; los que claman contra la crispación «venga de donde venga»; los turbados por el conflicto; los convencidos de que sus vidas tendrán mejor calidad si no provocan sino complacen a quien les intimida; quienes están convencidos de poder vivir el resto de su vida en un pacto con los enemigos de la libertad; quienes así se convierten ellos mismos en enemigos de la libertad de quienes de verdad la quieren y la aprecian como máxima expresión de la dignidad de la persona y de la sociedad.