Cuatro columnas

El hombre no encuentra el mundo hecho sino que tiene que construírselo edificando su morada vital. ¿Desde dónde y hacia dónde edifican los humanos su aposentamiento en la existencia? La historia humana es la historia del dominio de la naturaleza y del cultivo de la cultura. Ambas son igualmente esenciales. Hay naturaleza: el ser humano tiene raíz y frontera, no es soberano absoluto de su ser y cuando ha intentado serlo ha acabado en el abismo. Testigos los millones de víctimas de las guerras en el siglo XX. Ya no hay naturaleza pura sin cultura ni cultura sin naturaleza. Establecer la diferencia y la correlación entre ambas es el gran desafío moral de nuestra generación.

Desde la tradición bíblica y helénica siempre ha estado ante los ojos de los constructores morales de la vida humana la imagen de la casa. A ella pertenecen como elementos las cuatro columnas que sostienen el techo, dando cohesión a todo. En nuestra cultura las cuatro virtudes cardinales fueron consideradas como las cuatro columnas de la casa moral del hombre. En torno a ellas, como quicios de la vida, deben girar nuestras acciones: la prudencia (recto orden de fines y medios), la justicia (recto orden de derechos y deberes), la fortaleza (recta respuesta al acoso exterior) y la templanza (recta respuesta a los excesos corporales). La Biblia, surgida en el judaísmo junto con el cristianismo, y la metafísica griega coinciden en este proyecto moral de la casa del hombre. Sin él hay vida animal pero no hay vida humana.

Para llevar a cabo este proyecto hemos necesitado comprender y ordenar la realidad. ¿Qué es todo? ¿Para qué y para quién todo? ¿De dónde viene y a dónde va todo, comenzando por el propio hombre? «Por un camino de oro van los mirlos… ¿A dónde? / Por un camino de oro van las rosas… ¿A dónde? / Por un camino de oro voy… ¿A dónde, / otoño? ¿A dónde, pájaros y flores?» (J. R. Jiménez?). Estas preguntas universales han sido hechas desde distintas perspectivas: la filosofía, la ciencia, la religión. No son del todo resolubles, pero planteándonoslas y siguiendo su curso hasta donde nos lleven, nuestra vida arraigará en la verdad. En torno a ellas giran las grandes creaciones literarias desde la Odisea al Quijote, desde la Biblia a la Metafísica de Aristóteles o la Ética de Kant, desde Calderón hasta Shakespeare, desde el tenso e intenso con Dios en el que Job le pide razones, hasta la cortante frialdad de los monosílabos en Esperando a Godot.

A partir de la Ilustración, no se han considerado válidas las respuestas de la poesía y de la religión a estas cuestiones humanas fundamentales y se ha tratado de encontrarla en otras fuentes. Compte declaró a la ciencia como única fuente válida de conocimiento, que debería desplazar para siempre a la religión y a la metafísica. El intento de comprender y dominar la realidad tuvo lugar absolutizando la «razón» tal como la ejercen las ciencias positivas, que se remiten al experimento y a la verificación o falsación. En el último siglo la razón científica ha reivindicado la producción de un discurso global de verdad, tanto teórica como moral y política. Nadie va a negar la validez y eficacia de este ejercicio de la razón y los inmensos frutos que ha alcanzado superando tanta enfermedad, aliviando tanto trabajo, proveyendo a los recursos primarios como el pan y el agua para todos. Pero han quedado sin respuesta aquellas necesidades y cuestiones de la existencia que proceden de otro orden y orientan a otros fines.

Como resultado de esta reducción a la razón científica, la verdad ha quedado situada primordialmente en ese orden, dejando fuera otros igualmente esenciales. Hay diversas ejercitaciones legítimas y necesarias de esa razón: la razón lógico-matemática, la razón técnico-científica, la razón filosófico-metafísica, la razón moral y religiosa. Por ello existe una polifonía de «la verdad» conforme a las múltiples dimensiones de lo real, todas ellas válidas y fecundas en su propio orden. Cada una debe ejercer la autolimitación afirmando su valor solo en su espacio propio y a la luz del método con el que trabaja. Una vez así diferenciadas deben abrirse a una correlación e interacción entre ellas. Mediante esa ejercitación diferenciada de la razón alcanzamos los siguientes órdenes de verdad: la verdad lógica y la verdad matemática, la verdad jurídica y la verdad ética, la verdad científica y la verdad metafísica, la verdad religiosa y la verdad escatológica. Estos cuatro órdenes de razón y de verdad son cuatro columnas necesarias para sostener la casa del hombre.

Frente a los totalitarismos cientificistas o fideísmos religiosos hay que reclamar la necesaria humildad para buscar la verdad de los otros y con los otros, conscientes de nuestra finitud y de nuestros límites a la vez que del misterio que nos abarca y nos sale al encuentro en lugares, formas y ejercitaciones diversas de la existencia que nos desborda. Junto a la ciencia es necesaria la sabiduría, junto a la pregunta por el ser está la pregunta por el deber, junto a la pregunta por el universo está la pregunta por el propio destino personal del individuo.

La ciencia logra resultados en el orden de la utilidad y eficacia inmediatas, respondiendo a las propuestas, necesidades y deseos que en ella encuentran una satisfacción inmediata. La sabiduría, como saber de los últimos fines y exigencias de la vida humana, busca sentido, cuenta con la gratuidad, se abre en la esperanza a un Absoluto de gracia. Muchos esperan hoy la resolución de todos los problemas humanos de la ciencia y la técnica. Pero estas no alcanzan a todos los órdenes de la realidad y necesidades de la persona. Es necesario que al lado de la ciencia resuene la sabiduría, la voz de los sabios, por más que parezca inútil. La suya es una divina inutilidad, la más útil y fecunda de todas. «Son llamados sabios, no solo prudentes, y saben cosas grandes, admirables, difíciles y divinas pero inútiles» (Aristóteles, Ética a Nicómaco 1141b).

Lo más grave que le puede suceder al hombre es que desconozca realidades esenciales para el descubrimiento de su destino y la realización de su vocación. Solo en el silencio y sosiego, en la paz y la oración, puede descubrir sus carencias y vacíos, sus posibilidades y esperanzas; solo así puede reconocer sus culpas y confesar sus pecados. Las otras cuatro columnas de la casa humana son las respuestas a las preguntas que el hombre no puede dejar de plantearse, y para las que no bastan las respuestas de la razón científica. ¿Quién le alumbrará para iluminar estas cuatro cuestiones: el sentido de la vida humana, el fundamento de todo lo finito, la verdad objetiva, la salvación o pérdida definitiva de cada uno? Quien ha sentido cortantes estas preguntas e indaga honesto la correspondiente respuesta, está en camino de encontrarse a sí mismo y de encontrar a Dios. Sin tal pensar y sin tal forma de existir no es posible creer.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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