Cuatro hipótesis sobre el poscastrismo

Por Josep M. Colomer, politólogo y autor del libro Grandes imperios, pequeñas naciones (EL PAÍS, 05/09/06):

Como se ve en el caso de Fidel Castro, el principal problema de las dictaduras es la sucesión. Hay todavía algún debate sobre las pretendidas ventajas de ciertos regímenes autoritarios con respecto al orden público y el desempeño económico, que nadie ha demostrado satisfactoriamente, más bien al contrario. Pero de lo que no cabe duda es de la dificultad de un régimen con alta concentración de poder para reproducirse sin crisis.

A diferencia de lo que ocurre en una democracia, las instituciones de un régimen como el castrista no son reglas del juego para canalizar cualquier proceso político, sino que se convierten en organizaciones, es decir, en actores del tal proceso. Actualmente, los principales actores en el proceso cubano son las Fuerzas Armadas Revolucionarias, que desde hace unos quince años controlan en gran medida la policía, la seguridad y la economía, con el Partido Comunista en segundo plano y la Asamblea Nacional en tercero. A estos actores hay que añadir, principalmente, el Gobierno de Estados Unidos, el exilio político en Florida y la oposición interna.

Por decirlo con cierta eufonía, las cuatro principales hipótesis sobre el poscastrismo son: la anexión, la invasión, la continuación y la transición. Cada una implica un papel relevante de un actor diferente.

La hipótesis de la anexión de Cuba a Estados Unidos tuvo una alta probabilidad tras la guerra contra España en 1898. Como todo imperio, Estados Unidos se construyó mediante una expansión territorial continuada y sin límites prefijados, la cual culminó a principios del siglo XX con la incorporación de Puerto Rico, mucho más alejada del territorio estadounidense que Cuba. Entre las dos guerras mundiales, Estados Unidos intervino en varios países del Caribe y de América Central, pero ya no con propósitos anexionistas, sino más bien para defender la estabilidad exterior de sus nuevas fronteras. Pese a la retórica antiamericana del castrismo y sus amigos, la anexión de Cuba a Estados Unidos ha estado descartada desde el decenio de 1930. En la situación actual, con el Gobierno norteamericano sumergido en los conflictos de Oriente Medio y otras amenazas, ni siquiera está sometida a consideración.

La segunda hipótesis, la invasión militar de Cuba por la oposición en el exilio, fue intentada, como es bien sabido, en la fracasada operación conocida como Bahía Cochinos (o Playa Girón, del otro lado), en 1961. Los cubanos anticastristas nunca perdonaron al presidente Kennedy que, en el último momento, retirara el apoyo aéreo previsto e hiciera fracasar la operación, lo cual les llevó a decantarse desde entonces por el Partido Republicano. Aunque se suele hablar de la injerencia norteamericana en la política cubana, más bien ha habido lo contrario: una notable infiltración cubana en la política estadounidense, tanto en la arena electoral de Florida como en el Departamento de Estado. Pero los intentos de intervenciones armadas en la isla han sido sólo anecdóticos. En las crisis de balseros en 1980 y 1994, numerosas embarcaciones de exiliados cubanos regresaron a la isla -tras la invitación formal de Fidel Castro a los “compatriotas en la emigración”-, pero no para actuar contra la dictadura, sino para ayudar a muchos a escapar de ella. El viaje del papa Juan Pablo II a Cuba en 1998 fue una ocasión única para unos cuantos centenares de cubanos de regresar a la isla tras varios decenios en el exilio y, si algo sugirió acerca de posibles acontecimientos futuros, es que el diálogo puede dominar sobre la confrontación.

La tercera hipótesis, la continuación de la dictadura sin Fidel, se apoya actualmente en el poder de las Fuerzas Armadas. Ciertamente ésta no es la mejor institucionalización en ausencia de la persona que ha concentrado tantos poderes como Fidel Castro. A largo plazo el mantenimiento de la dictadura podría requerir una estructura política más compleja, capaz de canalizar los intereses, las ambiciones y las luchas internas, al modo de un partido nacionalista y populista (del cual el histórico PRI mexicano fue siempre un modelo en la región). Pero mientras tanto un régimen militar podría subsistir como consecuencia de las dificultades de las presiones externas y la debilidad relativa de la oposición interna.

A diferencia de las anteriores, la hipótesis de una transición no implica la dominancia de uno de los actores principales, sino una verdadera interacción entre ellos. Pero para mover a los gobernantes cubanos al diálogo y la negociación, los otros actores necesitan usar algunas palancas de presión. En primer lugar, la oposición interna debería ser capaz de promover movilizaciones y protestas más amplias que en el pasado reciente. Dado el nivel actual de organización e influencia social de los grupos opositores, el escenario más probable de una hipotética acción de masas sería una explosión semiespontánea de malestar provocada por las malas condiciones de vida diaria de la mayoría de los cubanos.

Al mismo tiempo, el Gobierno de Estados Unidos puede usar la retirada del embargo para forzar cesiones por el otro lado. Pero quizá lo más efectivo sería que el exilio lograra un cambio en la política migratoria norteamericana que, en contraste con el trato de favor dado a los cubanos desde hace cuarenta años, les pusiera las mismas barreras que encuentran los mexicanos y otros latinos. Las presiones exteriores sólo inducirán una presión interior favorable al cambio político si se previene una salida masiva de la isla. Este cambio es verosímil porque evitar que una nueva oleada de balseros llegue a las costas de Florida puede interesar tanto al Gobierno de Estados Unidos como a los partidarios del cambio político en Cuba.

Hace unos años, ante el estallido de manifestaciones y revueltas durante la última crisis de los balseros, los jefes militares cubanos repitieron muy solemnemente que “las Fuerzas Armadas Revolucionarias nunca actuarán contra el pueblo”. Esta expectativa completa las condiciones para que la transición sea, a pesar de todo, una esperanzadora posibilidad.