Cuatro maneras de recordar un pasado conflictivo

Por Stathis N. Kalyvas, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Yale (EL PAÍS, 22/11/06):

¿Cómo recuerdan el pasado las sociedades? Toda sociedad conserva una memoria común sobre su pasado. Suele tratarse, sin duda, de una historia sesgada, puesto que se escribe con el objeto de unificar un grupo por lo demás diverso, y se privilegia un punto de vista, el del “nosotros” frente al del “ellos”, siendo “ellos” otras sociedades. Pero en sociedades que han pasado por guerras civiles es más difícil mantener una memoria común: el grupo “externo” es parte de la propia comunidad y no puede eliminarse sin más de la narración histórica. Los debates que están teniendo lugar sobre la Guerra Civil española son buena muestra de los problemas que surgen al afrontar un pasado conflictivo.

La experiencia de tal pasado puede conducir a cuatro tipos diferentes de “regímenes de memoria colectiva”: la exclusión, el silencio, la inclusión y el conflicto.

El primer régimen es la exclusión: la historia de la guerra civil la escriben los vencedores, quienes, sobre todo al principio, promueven una versión partidista. Así sucedió con la historia de la Guerra Civil durante el franquismo.

Con todo, los perdedores a veces consiguen en algunos países darle la vuelta a la situación e imponer su propia visión del pasado, tan partidista y excluyente como la que reemplaza. En Grecia la izquierda perdió la guerra, pero ganó la batalla de la memoria. Es curioso, por ejemplo, que el líder de la derecha griega, hoy en el poder, participe en las ceremonias de conmemoración de las víctimas de izquierdas (denominadas “ceremonias de la memoria”) pero evite asistir a ceremonias similares sobre las víctimas de derechas (las llamadas “ceremonias del odio”).

Puede parecer que ante casos extremos como la memoria del nazismo en Alemania, un régimen de exclusión es necesario. No obstante, en general se trata de una mala solución. Las historias partidistas se basan en una distorsión de los hechos y crean resentimiento entre una parte importante de la población que se siente excluida de la versión oficial y, por tanto, ajena a la comunidad nacional a la que pertenece.

Si los contendientes en una guerra civil, o sus sucesores, se ponen de acuerdo en olvidar, podemos hablar de un régimen de silencio. El resultado es una cierta forma de amnesia. Algunas veces, como en la transición española, se llega a esta situación por acuerdos explícitos o implícitos entre las élites políticas; otras veces, el silencio es impuesto por un régimen dictatorial, como ocurrió en la Yugoslavia de Tito, donde se suprimió cualquier referencia a la violencia entre grupos étnicos que tuvo lugar durante la II Guerra Mundial. Y en ocasiones el silencio proviene de la propia sociedad, que se siente culpable (o, peor aún, indiferente) por el sufrimiento padecido por grupos minoritarios en el pasado. El 17 de octubre de 1961 la policía mató en París a cerca de doscientos argelinos en el centro de la ciudad, pero este hecho tan grave sólo trascendió décadas después. Otro ejemplo es el silencio, que sólo ahora empieza a romperse,sobre las muchas atrocidades cometidas por el Ejército italiano en Etiopía y otros lugares durante la II Guerra Mundial.

Relacionado con el silencio, tenemos el régimen de la memoria basado en la inclusión: se establece un consenso artificial a partir de una reconstrucción selectiva del pasado que permite incluir a casi todo el mundo. Se crea una historia aséptica, se blanquean los puntos negros y las áreas grises, se distorsionan los hechos hasta que encajan en la visión deseada. Así reconstruyeron Francia e Italia su experiencia en la II Guerra Mundial, minimizando la amplia colaboración, la pasividad de muchos y la guerra civil entre bandos rivales, y exagerando la popularidad de la Resistencia. Al igual que el silencio, la inclusión resulta útil en transiciones políticas difíciles.

Sin embargo, tanto el silencio como la inclusión son regímenes vulnerables, pues tarde o temprano la investigación histórica destapa sus contradicciones. Los historiadores en Francia y en Italia han mostrado hasta qué punto el periodo de ocupación nazi fue retocado y expurgado a fin de ocultar verdaderas guerras civiles.

Cuando los historiadores y otros “empresarios de la memoria” desafían la historia dominante, se produce una transición a un régimen de conflicto, con memorias divididas y enfrentadas. El pasado se vuelve turbulento: se rompen los tabúes, las memorias privadas se hacen públicas, y actos de violencia hasta entonces olvidados salen a relucir. Los debates se hacen apasionados, enconados y tensos. Buena muestra de ello son los debates sobre la esclavitud en Estados Unidos, la guerra civil en Irlanda, la insurrección de 1956 en Hungría, la guerra de Argelia en Francia, o la expulsión de los palestinos en Israel.

No cabe duda de que estos debates son desestabilizadores. La gente sacraliza su memoria del pasado y se horroriza cuando se cuestiona esa memoria en público. Los historiadores pueden perder la templanza y el distanciamiento, transformándose en abogados de alguna de las partes. En este sentido, siempre existe la tentación de limitar el debate, ya sea explícitamente, mediante leyes que prohíban investigar ciertos temas, ya sea implícitamente, a través de procesos más difusos, pero no menos peligrosos, de corrección política que dictan lo que debería estudiarse y lo que no, los hallazgos que son aceptables y los que no.

A pesar de su potencial desestabilizador, estos debates son la única opción en las democracias consolidadas para enfrentarse a un pasado conflictivo. Incluso pueden tener algunas consecuencias beneficiosas: el debate producirá nuevas y más rigurosas interpretaciones del pasado y los historiadores no se sentirán obligados a justificar o condenar la historia, ni a identificarse con quienes fueron testigos de la violencia. Al final, aunque persistan algunas ambigüedades, la investigación histórica conseguirá resolver muchos de los puntos oscuros. Ésta es la razón por la que hay que oponerse a la limitación del debate y a la tendencia a calificar de “revisionistas” a quienes cuestionan las versiones establecidas de la historia.

Deberíamos tener siempre presente que aunque los debates históricos sobre un pasado conflictivo son siempre traumáticos, también pueden resultar fértiles. Y las alternativas a este tipo de conflicto sobre la memoria histórica son mucho peores.