Cuatro notas en torno a la “revolución egipcia” de 2011

Tema: La llamada “revolución egipcia”, liderada por la juventud de las clases medias urbanas, ha dado origen a cambios sociales y culturales de gran calado que constituyen la principal baza de la transición hacia un régimen más democrático, pese a las incertidumbres que presenta el futuro político tras la caída de Mubarak.

Resumen: Como en otros países árabes, la fractura entre el régimen y los jóvenes de las grandes ciudades ha estado en el origen de los acontecimientos históricos que Egipto ha vivido a comienzos de 2011. El cambio no ha venido de los islamistas, sino de una juventud de clase media ansiosa de libertad y que ha sabido conectar con una sociedad hastiada de miseria y corrupción. En las tensiones sociales acumuladas durante años y en el autismo del poder están las causas de una revuelta popular que encontró en las redes sociales sus mejores armas. Ahora, la incógnita está en saber si esta juventud será capaz de articular una opción política que exprese sus ideales y equilibre la influencia de las otras dos grandes fuerzas del país: los militares y los Hermanos Musulmanes.

Análisis

La ruptura entre el régimen y 20 millones de jóvenes

Las transformaciones demográficas y culturales de la sociedad egipcia y sus efectos sobre la pérdida de la confianza en el Estado, sobre todo entre los jóvenes, eran de sobra conocidos. Además de algún best-seller como Inside Egypt: The Land of the Pharaohs on the Brink of a Revolution (John R. Bradle, 2009) que predijo la revuelta basándose en observaciones cotidianas, el PNUD había publicado diversos informes sobre desarrollo humano que advirtieron de la potencialidad del conflicto (véanse los análisis de Azza Karam y Heba Handoussa). El último de estos trabajos subrayaba la precariedad laboral de los 20 millones de egipcios que tienen entre 18 y 29 años y hablaba de ellos como “los mejores candidatos a ser agentes de cambio”.

Se trata de una juventud cuyos referentes distan de los que les atribuían muchos observadores ofuscados por la distorsión de las percepciones que tanto ha dificultado entender la orilla sur del Mediterráneo (véase el estudio publicado por la Fundación Anna Lindh. Sus ideales no son tan distintos de los de otros países: reclaman trabajo y más libertad, aborrecen la corrupción y exigen que se les escuche y se les respete. Valores que no casaban ni con el comportamiento del régimen, ni con el estereotipo del egipcio escéptico y fatalista, ajeno al devenir colectivo. Durante 18 días, la plaza Tahrir de El Cairo y las calles de Alejandría han mostrado otra juventud, frustrada pero vital, más interesada en departir de ciudadanía y democracia que de religión. Jóvenes urbanos que constituyenel eslabón débil del conflicto entre modernidad y arcaísmo que recorre el mundo árabe, y que se consideran hijos de la globalización pero excluidos de sus beneficios.

Hablamos, sobre todo, de jóvenes de clase media urbana que son quienes encendieron la llama de la revuelta. Jóvenes cuyas familias salieron de la miseria rural con Nasser y a quienes el régimen de Mubarak proveyó de estudios que desembocaron a menudo en un callejón sin salida laboral. Han crecido en un entorno conservador y darwinista, del que sólo han escapado navegando por mundos virtuales donde recrean futuros más humanos. Quizá constituyan todavía una minoría en el Egipto de hoy, que sigue siendo un país de campesinos y clases pobres, pero supieron expresar los anhelos de la mayoría y sumar a la revuelta a toda una generación. Su arrojo, y el despliegue de una prodigiosa “guerrilla digital”, cuyas armas eran Facebook, Twitter y los móviles, hicieron el resto.

Estos jóvenes asombraron por su lenguaje desenfadado y su talante cosmopolita y revelaron una sociedad árabe distinta de la que teníamos codificada. ¿Quién hubiera dicho que la primera ruptura con medio siglo de autocracia no vendría de los temidos (o venerados) islamistas, sino (al menos, inicialmente) de esta nueva generación? Jóvenes religiosos, por supuesto, en un país como Egipto donde nada se concibe sin el islam o el cristianismo oriental, pero portadores de una religión más difusa, individual y banalizada que la de sus padres y menos tutelada por el Estado. Sus centros de conspiración no han sido las mezquitas, sino las redes virtuales. Su lema no ha sido Allahu akbar (Dios es el más grande) y aún menos al-islam huwa al-hal (el islam es la solución), el lema de los Hermanos Musulmanes en las elecciones de 1995, y que ahora sólo han exhibido los salafistas al sumarse a la revuelta cuando Mubarak ya había perdido la partida. Al contrario, los lemas más coreados han sido kifaya (“basta”) e irhal (“vete”), palabras seculares que bien podríamos atribuir a jóvenes de las periferias parisinas. Y sus héroes no han sido Sayid Qutb, ni Nasser y aún menos Ayman al-Zawahiri u Osama Bin Laden, los grandes ausentes de esta revuelta, sino alguno de quita y pon como Wael Ghonim, el joven ejecutivo de Google que colgó en la red una decisiva página de Facebook tras la muerte de un internauta en Alejandría a manos de la policía.

La revuelta ha puesto de manifiesto el alto nivel de individualización de estas nuevas generaciones, potenciado, sin duda, por la comunicación digital. En efecto, no cabe amalgamar bajo ninguna de las banderas ideológicas que han movilizado a los egipcios desde la caída del rey Faruk a la marea de jóvenes que se lanzaron a la calle los primeros días de protestas. Con la excepción de los islamistas, que se sumaron más tarde al movimiento –aunque de manera decisiva– la mayoría acudía a las concentraciones sin consignas ni cortejos, adaptando cánticos aprendidos en los campos de futbol. No obedecían a las plegarias de ningún imán ni a órdenes de la trasnochada oposición política, sino a la llamada de la Red, de la que son creyentes acérrimos.

Este comportamiento, tan correoso en el objetivo de echar a Mubarak, pero casi posmoderno en la formulación de un programa difuso y líquido, alimenta mil dudas y preguntas sobre la consolidación de la democracia en Egipto. Sin embargo, su dimensión social y cultural revela una corriente de fondo de gran significación. Tanto es así que si algo puede vaticinarse es que la sociedad egipcia no volverá a ser lo que fue durante más de medio siglo. Más allá del desenlace político de la “revolución”, que está por ver, se ha producido una conquista de la calle y de la libertad de pensar de difícil vuelta atrás. Y esta conquista de los jóvenes se ha extendido a millones de egipcios que le han perdido el miedo al poder. En ese sentido, la revuelta ha supuesto una experiencia colectiva de ciudadanía que puede incluso llegar a ser fuente de una nueva identidad nacional, más anclada en los retos del futuro que en la gloria del pasado. Este cambio cultural constituye, sin duda, el hecho más relevante de cuanto ha sucedido.

Una convulsión social y cultural

Wikipedia zanjó el debate sobre si hay que llamar a lo sucedido revuelta o revolución. Antes de que Mubarak volara hacia Sharm el-Sheij, Wikipedia puso a disposición de sus lectores más de 10 páginas sobre al-thawrah al-misriyyah sanat 2011 (la revolución egipcia de 2011), la tercera de las revoluciones que habría conocido este país después de las de 1919 y 1952. Si atendemos a la naturaleza política del cambio, sin duda Wikipedia se ha precipitado, pero si nos fijamos en la significación histórica de la caída del raís (presidente) y le sumamos el despertar de la sociedad egipcia, estamos ante algo más que una revuelta.

Además de amordazada, la sociedad egipcia estaba diezmada por una cultura de la supervivencia y del trapicheo. En ningún otro país árabe se había producido tal pasividad del Estado frente a la explosión demográfica y urbana. Mahfouz, al-Aswany, Khamissi y otros novelistas egipcios han relatado el submundo que proliferó en las grandes ciudades al que cairotas y alejandrinos respondieron con sacrificios, humor y el abandono de toda responsabilidad colectiva más allá de los preceptos que manda el islam. Para quienes creíamos conocer algo de Egipto, ésta ha sido la mayor sorpresa: ver que la sociedad era capaz, en tales circunstancias, de activar energías transformadoras.

Ahora queda saber si esta experiencia social va a permitir el surgimiento de una cultura de la ciudadanía, necesaria para la consolidación de un régimen más democrático. Entre los jóvenes están surgiendo comportamientos que expresan una nueva sensibilidad hacia lo colectivo, a la que amplios sectores de la población urbana se están sumando. “No tires la basura a la calle, no cruces en rojo, no pagues sobornos: ahora es tu país”, rezaba una pancarta en un barrio de clase media en el que los semáforos llevan años sin funcionar. La pérdida del miedo y la confianza en la propia capacidad alcanzan también a las clases bajas, donde se multiplican las huelgas en demanda de aumentos salariales y las acciones destinadas a acabar con la impunidad de los caciques locales o de la policía.

Lo que está en juego son las relaciones de poder, hegemonizadas hasta ahora por las elites que tendrán que aprender a compartir las decisiones con una sociedad civil menos domesticada. Un cambio sustancial, que cuestiona el pacto no escrito que ha prevalecido durante casi 40 años entre unas elites (civiles y militares), acaparadoras del poder político y económico, y unos líderes religiosos (musulmanes, pero también cristianos), que han tenido el monopolio del control asistencial y moral de la población.

La gestión de la diversidad y el lugar de las mujeres en la nueva sociedad serán las piedras de toque de este cambio. En un país donde musulmanes y coptos conviven en un clima de fría coexistencia desde hace 14 siglos y donde tanto el islam como el cristianismo son de raíz conservadora, la plaza Tahrir ha sido escenario de intercambios inéditos entre cristianos y musulmanes, con anécdotas significativas como la de una joven militante de los Hermanos Musulmanes abrazando a la feminista Nawal el-Saadawi. La desconfianza de la Iglesia Copta obliga a la prudencia, pero la cuestión es saber si la transición desembocará en un nuevo clima de convivencia, o si el escenario político que surgirá de las próximas urnas aumentará la suspicacia. En todo caso, en una sociedad más democrática, musulmanes y cristianos deberán buscar un nuevo tipo de relación, basado en vivir juntos y no sólo en coexistir.

En cuanto a la situación de la mujer, la revuelta también ha traído relatos e imágenes para la esperanza. En un país donde el acoso sexual constituye la principal lacra de la sociedad, el reto que conllevó la promiscuidad callejera que acompaña toda revolución ha sido felizmente superado, de acuerdo al testimonio de numerosas mujeres egipcias. Si este nuevo clima se confirma, habría más motivos para hablar de “revolución” pues ésta es, sin duda, la principal asignatura pendiente de la sociedad egipcia. A largo plazo, las reformas en la educación serán decisivas; de manera más inmediata, todo dependerá del pacto no escrito al que nos referíamos antes entre los poderes públicos y los líderes religiosos.

Las incertidumbres del cambio político

Pasados los primeros entusiasmos, surgen preguntas decisivas sobre el futuro político. ¿Estamos en la antesala de un cambio de régimen, como sostienen muchos jóvenes, o sólo ante cambios en el seno del régimen? La magnitud de los desafíos, la inexperiencia de los jóvenes, el protagonismo del Ejército y el tiempo juegan a favor de una respuesta comedida.

Anticipar el perfil que vaya a adoptar la transición egipcia resulta aventurado. Carecemos de antecedentes sobre el tránsito a la democracia en un país árabe tras una revuelta popular de esta envergadura y el hecho de que casi todo esté por hacer suscita muchos interrogantes. ¿Sirve mirar hacia transiciones como la portuguesa o la española? Esas experiencias podrían servir para recordar que, cuando no se produce una ruptura radical con el orden anterior, como ha sido el caso, todo depende del tipo de acomodo al que sean capaces de llegar quienes promueven el cambio y quienes se le resisten. Y por último, ¿cuál será en Egipto el resultado de semejante compromiso, si no se producen sobresaltos que precipiten el proceso en un sentido o en otro? Tendremos una primera respuesta dentro de seis meses, si se cumplen las previsiones y se celebran elecciones libres.

Por el momento, todo son titubeos en los dos bandos, los cuales ni siquiera están bien definidos. Las fuerzas del cambio surgirán de quienes ocuparon la plaza Tahrir durante 18 días: los jóvenes urbanos, los partidos de oposición tradicionales y los Hermanos Musulmanes; una amalgama heterogénea, donde se mezcla lo generacional, lo político y lo religioso, unificado por el desafío de echar al raís y por haberlo conseguido. Como era de esperar, esta unidad ya ha empezado a resquebrajarse. Así pues, pasar de la revuelta a la configuración de una agenda política provocará inevitables divisiones y realineamientos en las filas de todos los actores.

Los debates ya han comenzado, sobre todo entre los jóvenes que constituyen el componente más activo y prestigiado del movimiento, pero también el más heteróclito. Los hay que sueñan en constituir un “partido de la juventud” que sea el genuino defensor de los ideales del 25 de enero. Sin embargo, carecen de programa y de líderes visibles, y siguen utilizando la Red para promover un debate sobre el futuro que resulta fascinante pero desordenado. Sus armas siguen siendo Facebook y las concentraciones de los martes y los viernes en la plaza Tahrir, pero no parece que sean instrumentos suficientes para organizar un partido de masas en un país de 80 millones de habitantes. Su futuro dependerá de la capacidad de encontrar un liderazgo que rebase las fronteras de la juventud urbana. Un cometido que tiene tantas novias como candidatos a la presidencia.

Entre los Hermanos Musulmanes el debate también ha comenzado. Se saben fuertes, pero aislados del resto del movimiento, y están necesitados de una revisión del pensamiento arcaico que les caracteriza y que choca con el espíritu de esta revolución. Sus juventudes han planteado que la democracia debe empezar en casa. Algunos miran hacia Turquía y otros piensan que la sociedad y el islam egipcios son demasiado conservadores para seguir el mismo camino. En cuanto a su espacio electoral, todo son conjeturas. Lo más sensato es creer que dependerá del rumbo que tomen los acontecimientos, aunque su paso por el Parlamento de 2005 hasta 2010 no fue glorioso. Ésta no ha sido su revolución. Un experto como Olivier Roy la ha calificado incluso como “revolución post-islamista”, desde la autoridad que le da haber anunciado los límites del islamismo político hace 20 años.

Tampoco resulta fácil imaginar el papel de quienes sostuvieron el régimen. ¿Sobrevivirá el Partido Nacional Democrático, con sus más de 3 millones de afiliados, soltando lastre de la corrupción, cambiando de nombre y presentándose como un baluarte secular frente a los Hermanos Musulmanes? El descrédito que cosechó en las últimas elecciones, al copar más del 90% de los escaños en el Parlamento, hace difícil la operación.

¿Y el Ejército? También estuvo en Tahrir, protegiendo a los manifestantes. Su abrumador despliegue, durante más de un mes, en las principales ciudades, ha confirmado la ósmosis excepcional, única en el mundo árabe, que tiene con la población civil. Puede ser garante o actor. Dependerá de las circunstancias. Los militares aborrecen el vacío y el desorden y por ello han cortejado a los islamistas en el corto plazo, pero los Hermanos Musulmanes siguen siendo su principal preocupación de futuro. Su apoyo a los jóvenes parece sincero, pero no será incondicional y ya se han producido los primeros desencuentros. Su concepción del poder está anclada en las tradiciones egipcias donde todo pasa por la cúpula del poder. De ahí que su actitud vaya a depender de la confianza que les merezca el liderazgo presidencial que surja del proceso electoral.

Por el momento Egipto vive una merecida fiesta de la democracia. Los acontecimientos han sido de tal magnitud y la resonancia en otros países ha sido tan inmediata que pocos egipcios dudan estar viviendo una revolución. Sin embargo, tomando cierta distancia, el término no acaba de reflejar lo ocurrido. El historiador Robert Zaretsky, al examinar este mes prodigioso desde la perspectiva del “largo plazo” con la que Braudel solía interpretar la historia del Mediterráneo, concluye que la caída de Mubarak puede ser un paso más en el milenario proceso de pérdida de influencia del “Faraón”. Inicialmente puede no parecer mucho, pero si dentro de seis meses Egipto tiene un primer presidente elegido democráticamente, el hito será histórico.

Conclusión

El final de un modo de entender el mundo árabe

Los acontecimientos vertiginosos que sacuden diversos países del norte de África han provocado un desplazamiento del objeto de debate en lo que se refiere al mundo árabe. Los enfoques centrados en la identidad religiosa y/o en la preeminencia del conflicto de Oriente Próximo están cediendo el paso a un renovado interés por las transformaciones sociales y culturales. Por decirlo de otro modo: la atención se ha desplazado de la mezquita a la sociedad, del velo a las mujeres y del Corán a los jóvenes. Esto es, de lo (supuestamente) árabe a los árabes. De consolidarse, este cambio supondría la sustitución de un modo de pensar anclado en conceptos de excesiva carga ideológica por otro basado en una reflexión más empírica, capaz de atender a los procesos de cambio.

El desenfoque que ha prevalecido en las últimas décadas estuvo basado en una idea que ahora muestra sus límites: el statu quo es ineluctable porque la única alternativa seria el triunfo del islamismo político. Fundamentada en el acceso a fuentes de energía de origen fósil, la teoría del statu quo en la región quedó blindada en 1945, cuando Roosevelt se entrevistó con el rey Abdul Aziz Ibn Saud a su vuelta de Yalta. La creación del Estado de Israel, tres años más tarde, y la Guerra Fría aportarían legitimación geopolítica a este paradigma. El primero en cuestionarlo fue Barack Obama con su discurso de El Cairo ante más de 2.000 egipcios, muchos de ellos jóvenes, para hablar de los jóvenes, las mujeres, la libertad y la modernidad, sin muchos miramientos hacia las alianzas establecidas. En uno de los más sugestivos artículos escritos sobre la plaza Tahrir, Thomas Friedman observaba acertadamente que, a lo largo de los 18 días, nadie quemó ninguna bandera norteamericana (ni, al parecer, israelí). Quizá haya sido ésta la primera revolución en Oriente Medio que no tiene su epicentro en el islam ni tampoco en las grandes causas pan-árabes, sino en la propia sociedad.

Los últimos años han sido pródigos en estudios sobre el islamismo político, los cuales han ayudado, sin duda, a una mejor comprensión del mundo árabe. Pero el debate sobre el islam llevaba tiempo en un callejón sin salida, alimentado por el falso dilema que presentaba el islamismo político como un mal mayor, o como la palabra mágica capaz de hacer salir el genio democrático de la “lámpara de Aladino”. Y así daban vueltas, en un círculo estéril, la mayoría de los debates, hasta que estallaron las revueltas en Túnez y en Egipto.

Robert Malley y Hussein Agha han calificado los 18 días que provocaron la caída de Mubarak de “oportunidad para el renacimiento del mundo árabe”. Quizá sea prematuro. Pero en todo caso, lo sucedido supone una oportunidad para modificar nuestro modo de entender este mundo –que no es uno, sino un conjunto muy diverso– y para superar una etapa marcada por el “orientalismo” y condicionada por la defensa del statu quo. ¿Cómo podían estas sociedades permanecer inmunes a los cambios provocados por la caída del muro de Berlín? ¿Por qué iba a ser el auge del islamismo su única consecuencia? ¿Por qué los jóvenes árabes iban a oponerse a la globalización, en vez de aspirar a compartir sus beneficios como otros? ¿Por qué iban a respaldar a dictaduras o aspirar a nuevos califatos, en vez de querer vivir más libres? A la luz de las corrientes que recorren Egipto y otros países de la región, estas preguntas tienen ahora una respuesta más fácil. Si ello contribuye a un cambio de nuestro modo de ver y entender los países árabes y sus sociedades, estaremos ante una de las consecuencias mayores de la revolución egipcia de 2011.

Por Andreu Claret, director ejecutivo de la Fundación Anna Lindh (Alejandría, Egipto) y miembro del Consejo Científico del Real Instituto Elcano.

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