Cuba a cámara lenta, pero peor

El internacionalista Robert Litwak, del centro Woodrow Wilson, ha descrito el pulso actual con Corea del Norte como “la crisis de misiles de Cuba a cámara lenta”.

El profesor de Stanford Scott D. Sagan ve notables diferencias que hacen más peligrosa la crisis coreana -líderes más volátiles, arsenales incomparables, tres actores dispuestos a atacar primero, retórica más intensa gracias a las redes…-, pero también algunas similitudes.

En Corea, como en Cuba, se subestima el inadmisible precio de una guerra nuclear, se exagera la eficacia de las armas y falta mucha información en las tres partes sobre las intenciones, capacidad y voluntad del adversario en el peor de los escenarios.

Con entre 40 y 60 bombas nucleares, 12 más cada año y muy cerca de poder empezar a instalarlas en misiles intercontinentales ya probados, la única forma de evitar -por accidente, error de cálculo o algún cisne negro de los dibujados por el politólogo canadiense-americano Philip Tetlock- un suicidio masivo, es aceptar la realidad, que los tres países directamente implicados (las dos Coreas y EEUU) renuncien al primer ataque, garantizar a todos condiciones mínimas de que nadie será atacado, invadido o sometido a chantaje y abrir negociaciones de desarme y reconciliación reales sin condiciones, como anunció el martes el secretario de Estado, Rex Tillerson.

De seguir por la senda de los últimos meses, crecerá el riesgo de una confrontación, cuyas circunstancias y consecuencias están calculadas por los Estados Mayores y por modelos como NUKEMAP, del profesor Alex Wellerstein, apoyados en datos desde Hiroshima sobre los numerosos momentos en que, Cuba aparte, el mundo ha estado cerca del abismo, o estudios como el de 2012 del Instituto Nautilus de California.

Todos muestran que, en caso de una guerra limitada, en Corea morirían centenares de miles y resultaría muy difícil evitar la escalada con millones de víctimas, como en las guerras mundiales, solo que en muy poco tiempo y en un espacio mucho más reducido.

Algunos académicos como el profesor Jeffrey Lewis, del Instituto Middlebury de Monterey, en Washington, se han imaginado en los últimos días cómo sería esa guerra.

“El mundo ya ha sobrevivido a tres situaciones de gran tensión en la península coreana en 1969, en 1994 y en 2010”, escribía Lewis en el Washington Post el 8 de diciembre. «¿Qué ocurre si alguna de las partes, cuando vuelvan a asomarse al abismo, tropieza, cae y… arrastra a las demás a la oscuridad?»

La península coreana y los territorios vecinos de China, Japón y Rusia serían los más afectados, pero en su imaginado Arghamedon, que se iniciaría con el derribo de un avión estadounidense por Corea del Norte con centenares de muertos durante unas maniobras de rutina, hasta Manhattan y el National Mall de Washington recibirían alguna ojiva nuclear.

En su último número de 2017, Foreign Affairs, la revista de relaciones internacionales y asuntos exteriores más prestigiosa de los EEUU, resume en seis capítulos “las guerras olvidadas” de hoy:

– El cementerio afgano de tantos imperios, muy lejos de la paz tras más años de conflicto armado que ninguno del siglo pasado.

– El Estado roto de Irak ante los desafíos aparcados durante años por la prioridad de derrotar a un enemigo común (el Estado Islámico)

– Una nueva fase bélica en Siria que, si no se gestiona mejor que las anteriores, puede empeorar lo ya conocido.

– La guerra contra el terrorismo yihadista iniciada tras el 11-S sin final previsible en el horizonte frente a un Daesh con al menos ocho franquicias en otros tantos países, una Al Qeda rejuvenecida y fortalecida bajo uno de los hijos de Bin Laden, Hamza, células activas o durmientes en docenas de países y numerosos lobos solitarios que casi nunca actúan solos.

-Una amenaza en el Este igual o más grave, como advierte la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense que se presentará el día 18, que la de la Guerra Fría a la que nadie puede hacer frente por separado.

-Un ciberespacio cada día más vulnerable, poblado de guerrillas y señores de la guerra tecnológica, actores tradicionales y nuevos ocultos en la selva de las redes interfiriendo y manipulando elecciones, haciendo negocio o atizando conflictos para derribar gobiernos o destruir países.

Si repasamos las advertencias de riesgos y amenazas del último año del presidente Donald Trump, de su asesor de Seguridad Nacional, Herbert R. McMaster, de su embajadora en la ONU, Nikki Haley, y de otros altos cargos de la Administración, todas esas guerras (a las que habría que añadir las de Yemen, Libia, Ucrania, el sempiterno conflicto palestino-israelí y una docena de conflictos enquistados en África), han quedado ensombrecidas por la amenaza de guerra nuclear con Corea del Norte actuando como un eclipse casi total en la agenda internacional.

Con sus acciones y abstenciones, los EEUU han convencido al régimen norcoreano de que sólo acelerando sus programas de armas de destrucción de masiva (nucleares, químicas y biológicas) y de misiles hasta disponer de una fuerza disuasoria suficiente, evitará el destino de Sadam y Gadafi.

En consecuencia, en 2016 probó más de 20 misiles y dos bombas nucleares. En los primeros 11 meses de 2017 hizo un número similar de lanzamientos, pero cada vez de más alcance (dos de ellos al menos, el 4 de julio y el 29 de noviembre, intercontinentales) y otra prueba nuclear, el pasado 3 de septiembre, 10 veces más potente que las anteriores: la sexta desde 2006. Si fue termonuclear, como mantiene Pyongyang, no se ha podido confirmar.

Su carrera de misiles se inició en abril de 1984 y, con el lanzamiento del 29 de noviembre, ha efectuado 117 pruebas con capacidad de carga de, al menos, 500 kilos y un alcance mínimo de 300 kilómetros. Más de 80 de ellos desde que accedió al poder el actual presidente, Kim Jong Un, en diciembre de 2011.

Los EEUU han respondido impulsando sanciones cada vez más duras en la ONU -10 resoluciones desde 2006-, continuando y reforzando las maniobras militares, sobrevuelos y despliegues de buques de guerra en la península coreana y en su espacio aeronaval, reabriendo canales de diálogo directo con representantes del régimen norcoreano y presionando a las empresas chinas que, con ayuda o anuencia más o menos clara de Pekín, han permitido al país más cerrado y autoritario del mundo sortear las sanciones y seguir adelante con sus programas de armamento.

Los EEUU tienen en Corea, en sus flotas aeronavales del Pacífico y en sus bases militares de la región la plataforma estratégica que necesitan para mantener su hegemonía durante muchos años. Un conflicto armado destruiría o, en el mejor de los casos, dejaría en el limbo esa capacidad probada para contrarrestar el creciente poder militar de Rusia y, sobre todo, de China.

Ni a China ni a Rusia les interesa una Corea del Norte nuclearizada, pero, ante los hechos ya consumados, lo consideran un mal infinitamente menor a un enfrentamiento militar y, en términos estratégicos, a una Corea reunificada bajo el escudo defensivo/ofensivo, pacífico/hostil (según desde donde se mire) estadounidense.

Moscú y Pekín siempre han visto en la última aportación a ese escudo (THAAD) un arma pensada contra ellos mucho más que contra Corea del Norte.

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Editorial de ELMUNDO.

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