Cuba-Estados Unidos: jugada estratégica

La apertura de embajadas entre Estados Unidos y Cuba es otro hito en la normalización de relaciones anunciada en diciembre de 2014. Junto con el pacto nuclear con Irán, Cuba es el otro gran legado que Obama ofrece a la posteridad. Quizás uno menos polémico, aunque sin duda no por ello carente de trascendencia. En efecto, la decisión supone revertir una de las líneas de la política exterior estadounidense de más largo recorrido. Y una a la que los sucesivos presidentes –desde Eisenhower– han mostrado mayor apego.

Decía Hemingway que un hombre puede ser destruido, pero no derrotado. Algo de eso hay en la paradoja del comunismo cubano. Su futilidad ideológica, su fracaso político, su colapso moral… no han resultado sin embargo en una erosión significativa del conjunto del edificio. Nada anuncia su caída y el inicio de una transición a la democracia. Los Castro, en efecto, parecen querer comprar años a la muerte y retrasar lo inevitable; y convertir a Cuba en un producto de anticuario, en una reliquia de un tiempo pasado y añejo. Un vago recuerdo de aquella Guerra Fría que por Cuba estuvo a punto de convertirse en caliente y consumirnos a todos.

Cuba, en definitiva, parece querer transitar por una senda demorada del fin de historia de Fukuyama. Pero es que en ese camino la evolución de los acontecimientos y el ritmo de las Relaciones Internacionales han seguido cursos difícilmente predecibles hace apenas veinte años. Y en 2014 distintos factores permitían pensar en un régimen cubano con capacidad para perdurar, y ser de nuevo un factor acuciante de la política exterior de los Estados Unidos.

En primer lugar cabe citar la nueva hostilidad entre la Rusia de Vladimir Putin y Estados Unidos. En 2008 el gobierno ruso destacó al caribe una flotilla encabezada por el poderoso crucero nuclear Pyotr Velikiy, que precedía una visita del presidente Medvedev a la Venezuela de Chávez y la propia Cuba. Una unidad menor, el destructor Almirante Chabanenko, visitó el puerto de La Habana. Era el fin de diecisiete años sin presencia de la armada rusa en las costas cubanas, y todo un mensaje a la administración estadounidense, justo el año en que Rusia había provocado una guerra en Georgia para prevenir su entrada en la OTAN: Moscú actuaría para prevenir la expansión de la Alianza en su esfera de influencia y contestaría en especie en el Caribe. En 2014, en pleno auge de la crisis ucraniana, Vladimir Putin realizó una nueva visita a La Habana, en la que anunció la decisión histórica de condonar el 90% de la deuda que Cuba debía a Rusia. No cabe duda de que en la jugada de Obama hay mucho de interés por frenar la pretensión de Moscú de renovar su influencia en el espacio antillano.

Y es que Venezuela es, sin duda, otro de los factores detrás de la normalización. Desde la subida de Hugo Chávez al poder, Cuba ha podido obtener suministros petrolíferos a un precio más que generoso que ha permitido al castrismo aliviar las dificultades derivadas de las sanciones estadounidenses, mientras que la isla se erigía en la perfecta plataforma de entrada de la influencia rusa en Caracas. Chávez deseaba disociar su ejercito lo antes posible de la influencia estadounidense, y Rusia –con Cuba como eslabón necesario– era el aliado perfecto en ese objetivo. En marzo de 2015, Washington señalaba a Venezuela como una amenaza a su seguridad. Pocas semanas después, la propia Cuba dejaba de formar parte de la lista de países que, según el Departamento de Estado, esponsorizan el terrorismo. De nuevo la jugada no puede ser más clara: sustraer a La Habana, aunque sea lentamente, de la influencia del mayor quebradero de cabeza hoy en día de los Estados Unidos en Latinoamérica.

Rusia y Venezuela son dos factores principales. Cabe citar otros como el auge generalizado del populismo en América, que encuentra un argumento perenne en el embargo; la progresión de China en la región, y la realidad de que, más de cincuenta años después, quizás había llegado la hora de buscar nuevas soluciones a viejos problemas.

Los republicanos han acusado a Obama de ser un apaciguador, y pactar con unos tiranos execrables. No cabe duda de que las relaciones con Cuba serán un tema recurrente en una campaña que se avecina, en el que la lucha por el voto hispano será clave. Y Florida ya ha dado en el pasado el poder a un Bush. La isla será un caladero de votos para ambos partidos, pero es más dudoso que una administración republicana revierta el proceso abierto por Obama, al menos en lo fundamental. Se trata del inicio de un largo camino, y a pocos se le escapan, uno en el que en Estados Unidos tiene mucho más que ganar.

Emilio Sáenz-Francés, profesor de Historia y Relaciones Internacionales (Facultad CCHHSS) en la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *