Cuba: los nuevos campos de la oposición política

Tema: La configuración de un campo político opositor en Cuba es un dato que ha cautivado la imaginación de observadores y activistas. Sin embargo, aun reconociéndole cuotas de abnegación es innegable que se trata de una oposición que no ha madurado como factor de poder.

Resumen: El sistema político cubano ha contenido por tres décadas un campo de oposición política que se ha mostrado resistente ante la represión, la hemorragia migratoria y la anatematización moral e ideológica. Pero su capacidad de resistencia no se compadece de su incapacidad crónica para devenir un factor capitalizador del descontento y la insatisfacción generada al interior de la sociedad cubana. Este ARI ofrece una radiografía histórica y sociológica de la oposición cubana y discute aquellos condicionantes que han impedido su maduración como factor real de poder. Una conclusión es que aunque la oposición está afectada por factores externos, sus debilidades manifiestas también tienen causas endógenas que pudieran invalidar su actuación política en el futuro.

Análisis: Hay una verdad axiomática: si el gobierno post-revolucionario cubano ha logrado sobrevivir tras medio siglo de crisis recurrente es debido a que los cubanos asumen que tratar de cambiarlo es más costoso que soportarlo. Y en consecuencia habría que aceptar que quienes tienen la certeza de que el cambio es una mejor opción no han logrado una implantación pública suficiente como para convencer a la sociedad. En este dilema se encierra la actual oposición política en Cuba, cuyo indiscutible estoicismo, que ha cautivado la imaginación de muchos observadores, no se compadece con lo que técnicamente pudiéramos evaluar como una inveterada ineficacia política.

Este artículo discute algunas ideas sobre este polémico tema, aunque es imprescindible una aclaración previa. Llamo aquí oposición a un campo político dentro de la isla que no solo es crítico frente al sistema político y socioeconómico cubano, sino que aspira a su cambio –así como del gobierno que le sostiene– y se ve a sí mismo como una opción de reemplazo. Los opositores cubanos son, en consecuencia, antisistémicos y antigubernamentales, y aun cuando algunos estarían dispuestos a negociar con los actuales huéspedes del Palacio de la Revolución o usar espacios legales existentes no consideran que la clase política actual, ni el orden que sustentan, sean legítimos. De hecho, en sus franjas más radicales igualan esta negociación a la rendición.

La definición parece tautológica, pero es inevitable para diferenciarla de otro campo político que, aun manteniendo posiciones críticas, asume a los dirigentes cubanos como interlocutores legítimos y no aspira, al menos explícitamente, a ser opción de poder alternativo. Aquí incluiría, por ejemplo, a grupos de intelectuales y activistas nucleados en torno a Espacio Laical y a la Revista Temas, a los académicos pro-mercado del Centro de Estudio de la Economía Cubana de la Universidad de La Habana, al izquierdista Observatorio Crítico y a algunos blogueros oficiosos.

Son segmentos críticos importantes por sus impactos en la escuálida opinión pública insular, potenciados por el pacto entre la jerarquía de la iglesia católica y el gobierno en 2010, y que ha tenido como uno de sus principales pivotes a Espacio Laical. Al menos hasta la destitución en junio de 2014 de sus dos principales animadores, dos intelectuales de la izquierda socialcristiana que habían articulado a estos grupos dispersos e incluso a organizaciones e intelectuales emigrados. Pero denominarlos oposición –siquiera “oposición leal”, como se autodenominan por razones de marketing político– es irreal. No son una oposición stricto sensu, sino los “acompañantes críticos” consentidos de la elite política post-revolucionaria.

Un poco de historia

La actual oposición política es resultado de los últimos 25 años y su aparición y propagación no han sido ajenas a la persistente situación crítica que ha atravesado la sociedad cubana desde la desaparición del bloque soviético. Su evolución da la impresión de una suerte de carrera de relevos, en que nuevas formas de contestación van ganando espacios y superponiéndose a las preexistentes. Estas secuencias responden tanto a la propia evolución de las organizaciones como a los cambios de las agendas de otros actores internacionales con las que se relacionan. De manera que el campo oposicionista luce como un palimpsesto de organizaciones, personalidades y métodos de acción usualmente desconectadas y en ocasiones enfrentadas por recursos, prestigio y contactos.

A principio de los años 90 las organizaciones opositoras eran básicamente de dos tipos. En primer lugar, las organizaciones de promoción de derechos humanos –regularmente derechos civiles y políticos atinentes al funcionamiento de la democracia–. Un ejemplo fue el Comité Cubano pro-Derechos Humanos. En segundo lugar, aparecieron diversos partidos políticos que intentaron reproducir los alineamientos típicos internacionales: liberales, socialdemócratas, socialcristianos, etc. Estos grupos tuvieron su prueba de fuego en 1996 cuando intentaron crear una coalición oposicionista denominada Concilio Cubano, duramente reprimida por el gobierno.

Desde fines de esa década el movimiento opositor trasladó su foco a actividades que enfatizaban activismos sociales e informativos, mediante mensajes que retaban al sistema, pero sin explayar un contenido político antisistémico inmediato. Un ejemplo de ello fueron las bibliotecas independientes, muy activas desde 1998, y las redes de periodistas independientes que dirigieron su atención a la información de la opinión pública internacional sobre lo que acontecía en Cuba. Una interesante hornada que fue nuevamente aplastada en 2003 mediante una ola represiva que lanzó a 75 personas a la cárcel sin un debido proceso y motivó la emigración de otros.

El ascenso de Raúl Castro al frente de la fracción militar/tecnocrática en 2006 abrió una etapa de flexibilización represiva frente a las disidencias. Interesado en mejorar su imagen internacional en función de la reactivación económica y retado por el incremento de las actividades opositoras, el gobierno convocó a la Iglesia Católica a asistirle en la liberación y destierro de prisioneros políticos a cambio de una atenuación de la represión. Esto último se manifestó en una menor hostilidad hacia las actividades privadas y la recurrencia a detenciones de pocas horas en lugar de los tediosos procesos judiciales y los costosos encarcelamientos de larga duración. Desde una situación de total prohibición que invadía hasta los mismos confines de las alcobas, la oposición podía disfrutar ahora de alguna permisividad. Siempre que sus actividades se desarrollasen en espacios privados y nunca en las calles que, como seguían repitiendo las turbas progubernamentales, eran “de Fidel”. Ese punto fijó el límite de lo permitido hasta hoy: la represión de todo lo que pudiera incidir en los espacios públicos.

Radiografía de la oposición política actual

Esta situación ayuda a explicar que la oposición haya alcanzado una vastedad y diversidad como nunca antes en el último cuarto de siglo. El campo político opositor muestra hoy una notable diversidad de parcelas y organizaciones, algunas de las cuales tienen una comprobada presencia pública, y generalmente algún enlace exterior que actúa como portavoz ante el mundo y eventualmente como contraparte financiera.

Una parte de estas organizaciones asume perfiles de acción restringidos a temas concretos, como son los derechos humanos, pero que pueden dilatarse y abarcar otras esferas cuando ello resulta políticamente redituable. Un caso es el de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, dirigida por Elizardo Sánchez, un veterano y controvertido activista que ha ganado una alta visibilidad internacional y –hasta donde puede aspirar un opositor en Cuba– también nacional.

Otro, particularmente relevante, es el de las mencionadas Damas de Blanco, creado en 2003. Originalmente eran mujeres familiares de los presos políticos, encarcelados en la redada de ese año, y su agenda se centraba en pedir su liberación. Optaron por realizar desfiles públicos desde una iglesia a la que concurrían a orar por sus familiares. Tuvieron un impacto inusitado, pues se limitaban a desfilar en silencio, vestidas de blanco y con flores del mismo color. Convirtieron sus motivaciones más íntimas en programa público, sus vulnerabilidades físicas en baluartes morales, y sus silencios en discursos expresivos. Contra ellas era muy poco lo que el gobierno y sus bandas represivas podían hacer.

Con la liberación y destierro de los prisioneros en 2010, y el fallecimiento de su líder fundadora, Laura Pollán, las Damas de Blanco sufrieron cambios sustanciales: han redirigido sus acciones a temas políticos más amplios, aunque centrados en los derechos humanos; las han extendido a todo el país; y han adoptado posiciones más duras que han incluido el apoyo al embargo norteamericano. Han establecido una relación de cooperación y financiamiento con la Fundación Nacional Cubano Americana.

De igual manera son visibles otras organizaciones que podemos llamar posicionales, es decir que asumen la representación de grupos sociales específicos y definen sus identidades desde ellos (femeninos, étnicos, clasistas, LGTB, etc). Estas organizaciones han sido muy exitosas en la crítica a los planteamientos de las organizaciones oficialistas homólogas y en el establecimiento de alianzas internacionales. Quizá el caso más relevante sea el del Comité de Ciudadanos por la Integración Racial autodefinido como una organización “sin filiación ideológica ni objetivos políticos” aunque vinculado a la corriente socialdemócrata oposicionista.

También existen otras organizaciones cuyas agendas son difusas y parecen más atenidas a explotar oportunidades políticas que a representar sectores específicos. Es el caso de la Federación Latinoamericana de Mujeres Rurales/Cuba que opera en las ciudades y está vinculada al denominado Partido Republicano Cubano. Este partido aparece asociado al Grupo de Apoyo para la Disidencia/Democracia de Miami, uno de los principales intermediarios en el manejo de los fondos del gobierno norteamericano para apoyar a la oposición en Cuba.

Otra parcela del campo político opositor reúne a una serie de organizaciones que asumen agendas más generales y proponen, con mayor o menor claridad, propuestas sistémicas de transformación. Éstas tienden a organizarse como partidos, como hicieron sus predecesores de los tempranos 1990, pero no poseen adscripciones ideológicas tan precisas como aquellas. Incluso en los casos en que poseen programas, estos tienden a ser muy similares entre sí, sobre lo cual volveré más adelante. Las diferencias parecen radicar en los tipos de acciones que ejecutan y en los liderazgos que las presiden.

Sin duda, la organización de mayor prosapia ha sido el Movimiento Cristiano de Liberación, fundado en 1988, y estructurado hasta su muerte en 2012 en torno a Oswaldo Payá. Su quehacer se ha distinguido por el envío al parlamento de iniciativas legislativas con miles de firmas, para producir cambios liberalizadores, pero no disruptivos, del sistema político. Entre otros, los proyectos “Varela” y “Heredia”. También dieron a conocer un programa de transición denominado “Camino del Pueblo”. Siendo una organización fuertemente apoyada en su fundador, es comprensible que su muerte haya producido un descenso temporal de su actividad, que se ha reorientado a exigir el esclarecimiento de las condiciones del accidente en que murió.

Otro partido de larga data es Arco Progresista. Aunque su fecha de fundación es 2008, es producto de la fusión de tres organizaciones, dos insulares, ya existentes al comenzar el siglo. De filiación socialdemócrata, ha mantenido una posición antiembargo y ha optado por acciones de concientización y construcción de ciudadanías, como el Foro Nuevo País y las “mesas de iniciativa constitucional” para discutir la necesidad de una nueva constitución, en las que se han enrolado miles de personas.

Otra organización es la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), una organización paraguas fundada en 2011 que agrupa a la mayor parte de las figuras tradicionales de la oposición política. Éstas aparecen reunidas en la Alianza Democrática Cubana (ALDECU), presentada como una organización de reflexión plural y que al parecer forma parte de UNPACU. Ha sido muy activa en la organización de mítines exprés antigubernamentales en busca de impactar en la población en general, lo que le ha ganado mucha visibilidad internacional. Posee un programa propio que apoya su argumentación en un regreso al programa revolucionario original. Posee fuertes vínculos con organizaciones del exilio, como la Fundación Cubano Americana (FNCA), mencionada como su contraparte formal ante los programas de financiamiento del gobierno norteamericano.

También hay que mencionar a Cuba Independiente y Democrática (CID), fundada en 1980 y dirigida hasta su muerte por Hubert Matos, figura emblemática de la insurrección antibatistiana. Aunque su incidencia dentro de la isla es menor, el CID posee un interesante repertorio de documentos programáticos y de acciones de propaganda hacia la isla.

Por último, otros opositores se agrupan en la Fundación Lawton. Esta organización ha tenido un impacto menor en la arena pública y ha lanzado una convocatoria política conocida como “Proyecto Emilia” que desconoce a todas las instituciones cubanas y llama al apoyo del pueblo –mediante firmas– para la celebración de elecciones libres. Su dirigente Oscar Elías Biscet –un expreso político de posiciones conservadoras– ha sido un crítico recurrente de los programas de otras organizaciones, a las que considera “blandas”. Posee una organización con igual nombre en Miami.

La tercera parcela está compuesta por organizaciones, redes, proyectos y personalidades que se mueven preferentemente en el ámbito del ciberespacio y perciben las nuevas tecnologías como una oportunidad de difusión libre de ideas y de superación de sus homéricos pero castrantes aislamientos. De alguna manera esta parcela es la heredera de las hornadas de periodistas independientes, diezmados en 2003, y que aún sobreviven en varias páginas web como Cubanet y el periódico Primavera Digital. Al igual que otras parcelas oposicionistas, ésta afronta el problema de la incomunicación en un país donde el acceso a Internet es severamente restringido. Pero es probablemente la que ha conseguido una mejor difusión de sus mensajes debido a la fluidez de las comunicaciones en la actualidad, y los numerosos resquicios que permiten evadir los bloqueos oficiales.

El grupo más conocido es el de los blogueros independientes, denominación que reúne a profesionales y activistas que han mostrado agudezas envidiables en la disección de la vida cotidiana insular. En particular quien ha sido la figura señera de la oposición en el último lustro: Yoani Sánchez. Algunas de estas personas han convergido recientemente en la creación de 14 y Medio, un proyecto de periódico digital que podría convertirse en otra ventana al mundo del movimiento oposicionista. Este proyecto no es el primer periódico digital de la oposición, pero sí el primero respaldado en figuras de muy alta visibilidad internacional (y hasta cierto punto nacional), que apunta a la conformación de un nuevo grupo plural ideológica y generacionalmente en torno al proyecto comunicativo. Además acentúa lo que ya es una tendencia visible de la oposición: su feminización.

La capacidad del gobierno para bloquear la página –lo cual ha hecho de manera intermitente– y el muy escaso acceso de los cubanos comunes a Internet limitan su potencial en cuanto acción comunicativa que no solo informe, sino que ayude a desfragmentar a la sociedad cubana y a burlar la guetoización que impone el control gubernamental. Es presumible que su incidencia aumentará en la misma medida que aumente la conectividad de la sociedad cubana.

Otro proyecto significativo es el Estado de Sats , un pequeño grupo de activistas que ha apostado por un tipo de acción de mayor complejidad intelectual y que junto a reuniones nutridas de blogueros y coloquios sobre temas de significado nacional, divulgados internacionalmente, ha desarrollado una campaña en favor de la ratificación por el Estado cubano de los pactos sobre derechos humanos. Es un grupo más inclinado hacia la derecha neoliberal, favorable al embargo norteamericano y sostenedor de un antimarxismo primario, observable a partir de la lectura del único número publicado de su revista digital Cuadernos para la Transición.

¿Hay futuro para la oposición cubana?

Tras décadas de represión, anatematización, hemorragias migratorias y aislamiento, la oposición sigue existiendo. No hay mejor evidencia de su implantación como fenómeno de la política local. Al mismo tiempo es evidente que no posee capacidad movilizadora e influencia sustancial en la opinión pública. Pueden con sus arriesgadas incursiones callejeras o artículos críticos atraer la admiración ética, pero no el compromiso político de sus observadores. En su estado actual no constituye un factor que pueda inducir una ruptura del régimen político, o que tenga que ser tomado en cuenta en cualquier recomposición política en la isla.

Las razones para explicar esta incapacidad crónica son muy diversas y quiero referirme brevemente algunas de ellas. Una primera es que el régimen político impide la comunicación de la oposición emergente con la sociedad cubana. La oposición está sometida a un cerco sanitario represivo. La sociedad cubana es un cuerpo social fragmentado, carente de autonomía y controlado por los eficaces aparatos represivos gubernamentales. Desprovistos de este contacto, los opositores están condenados a realizar acciones para consumo internacional o para impactar en ámbitos locales a los que tienen acceso. Lo que es aún más importante, no logran madurar un discurso que solo podría realizarse en un ejercicio de interlocución con los sujetos a los que potencialmente iría dirigido. Aquí reside un dato crucial para explicar su reiterada incapacidad para insertarse en el escenario público como opción creíble.

El resultado de todo esto es que la oposición tiene como principal interlocutor un segmento politizado y polarizado de la emigración, cuyas perspectivas sobre el presente y el futuro de la isla corresponden a experiencias políticas particulares y diferentes a las de los cubanos comunes. En la misma medida que esta franja emigrada es intermediaria en sus relaciones internacionales y en la obtención del financiamiento imprescindible para su funcionamiento los opositores tienden a adecuar su discurso a las exigencias de estos auditorios. Este es el caso de la defensa que muchos líderes opositores han hecho del embargo norteamericano durante sus periplos por el sur de la Florida. Un posicionamiento que goza de simpatía en los auditorios de exiliados, pero resulta razonablemente antipático para la población insular, la que los opositores deberían cautivar con sus propuestas de futuro.

Es una situación compleja que incide en la legitimidad de la oposición. Es sabido que los fondos que sustentan a buena parte de estas organizaciones provienen de programas del gobierno norteamericano y son canalizadas por contrapartes del exilio, con las que se suelen producir fricciones y altercados por el uso del dinero. Los montos de estos fondos pueden ascender a unos 20 millones de dólares anuales, y son administrados por organizaciones del exilio como la Foundation for Human Rights in Cuba (vinculada a la Fundación Cubano Americana-FNCA) y el Grupo de Apoyo a la Disidencia/Democracia, entre otras menores. Las transferencias pueden ser de equipos de transmisión, propaganda y otros insumos, o en efectivo.

Ello les coloca en una situación vulnerable frente a la propia opinión pública cubana. La oposición como un todo (gracias a la manipulación mediática del gobierno) es presentada ante los cubanos como el Caballo de Troya financiado por un gobierno extranjero que la cultura política nacionalista deplora como “el enemigo histórico” de la nación. En la práctica, el gobierno necesita estas subvenciones norteamericanas tanto o más que sus destinatarios.

Aun reconociendo las inconveniencias política y ética de esta situación (lo que del lado norteamericano y a la luz del derecho internacional implica una deplorable injerencia) su valoración no puede separarse de la existencia en Cuba de un régimen político morboso, cuyas obstrucciones autoritarias y represivas impiden a la oposición desenvolverse por medios legales y movilizar recursos desde su propia afirmación en el sistema político. Vale la pena citar a Rojas cuando argumenta contra la consagración de una ideología “nacionalista revolucionaria” que anatematiza estas vinculaciones: “La manera definitiva de terminar con esa anomalía no es una nueva división de los cubanos en ‘leales’ y ‘desleales’ al nacionalismo revolucionario sino una reforma constitucional y política que genere las condiciones para el ejercicio libre de una oposición despenalizada”.

Obviamente, la pregunta acerca de si la oposición puede obtener un lugar público más influyente en un futuro de mediano plazo en la política cubana, no tiene, al nivel actual de la situación, una respuesta inequívoca. En un primer escenario, si la elite política pudiera mantener su unidad, conseguir un relajamiento sustancial del embargo que le facilite acceso al mercado americano y obtener incrementos sustanciales de la economía, es previsible que la situación se mantenga invariable sin mayores oportunidades políticas para los opositores. Aun asumiendo que el gobierno necesite ampliar el diapasón de la crítica permitida, podrá usar los espacios existentes de los acompañantes críticos a la sombra de instituciones como la iglesia católica. En última instancia son más predecibles y no le disputan el poder político.

Pero si las circunstancias internas que aíslan a la oposición cambiaran favorablemente, entonces el panorama sería más prometedor. Ello pudiera ocurrir si la elite política sufriera quiebras o si la aglomeración de demandas sociales generara lo que Laclau denominaba una “lógica de equivalencias” de insatisfacciones, y obligara a la elite a permitir un ejercicio público crítico mayor. Nada de esto es una quimera imposible. La elite política cubana es un cuerpo heterogéneo donde el enfrentamiento entre la burocracia rentista y los militares/tecnócratas lastra a la reforma de atrasos e inconsistencias costosos. Su lenta marcha hace aún más doloroso el proceso de ajuste a que es sometida la mayoría de la población cubana. No olvidemos lo que decía Tocqueville sobre la fragilidad de los gobiernos que se proponen corregir sus propios errores.

Por otra parte, debemos considerar como otro signo potencialmente auspicioso la imposibilidad de continuar manteniendo el cerco informativo a la sociedad cubana. Según se incrementan los contactos internacionales y se multiplican los actores oposicionistas o críticos, el estado pierde su condición de monopolio comunicacional. La reforma económica y la inserción de Cuba en la economía global demandarán un acceso mayor de la población cubana al ciberespacio, con las implicaciones informativas y de interacción que ello tiene. Todo habla de un futuro que brindará más oportunidades a la oposición.

Aunque se abrieran espacios mayores de tolerancia, los opositores deberán acostumbrarse a compartir lugares con otros actores provenientes de la clase política castrista y de los acompañantes críticos que –liberados de la liturgia y los camuflajes– tratarán de aprovechar la erosión del ancien régime. El relegamiento tras el triunfo ha sido el drama de todos los movimientos opositores en sociedades postcomunistas y postrevolucionarias, que han quedado resguardando de manera vergonzante lo que Zizek llamaba “el núcleo ético negado del socialismo”, mientras los antiguos aparatchiks consumaban las respectivas restauraciones.

Conclusiones. La oposición política en Cuba tiene por delante un camino difícil y peligroso para consumar su aspiración de llegar a ser un factor de poder. Debe superar el ostracismo represivo y su invisibilidad pública. Debe lograr una implantación nacional que le permita autosostenerse y prescindir de apoyos internacionales financieros que la deslegitiman. Y debe plantearse un discurso y un programa atractivo para una población que solo ha conocido como experiencia vivida la historia post-revolucionaria Cuando consiga todo esto, debe acostumbrarse (probablemente en calidad de socio menor) a compartir espacios con una nueva clase política emergida del propio sistema.

De cualquier manera, la oposición que hoy existe no es irrelevante. Ella ha permitido al mundo conocer mejor la situación interna de la isla, ha levantado temas relevantes para la sociedad y ha logrado impactos discretos, pero novedosos, en la opinión pública nacional. Es relevante, siquiera por el hecho de existir. De mostrar que la República de Cuba –actual y futura– necesita una oposición legal y consistente. La necesita su sociedad, pero también su propia clase política. Pretender seguir gobernando sin ella es continuar incursionando en esos páramos del poder incontestado, que inducen al cretinismo, la estolidez y la corrupción.

Haroldo Dilla Alfonso, Doctor en Ciencias, cubano residente en Santiago de Chile donde ejerce la docencia universitaria

2 comentarios


  1. Un articulo de una agudeza envidiable, justo de lo que necesita la querida pero
    amargada realidad cubana

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  2. Y por citar un solo ejemplo no aborda el tema de las personas con la que se reune la llamada disdencia cubana en Miamii como el connotado terrorista Luis Posada Carriles, y no lo dice el Granma, se ve a Farinas en una foto con el o la Sra Bertha Soler con los congresistas cubano Americanos que auspician las pesimas relaciones con Cuba porlarte de EEUU o la sacrosanta y muy laureada Yoani, “casi por casualidad” con el ex president Aznar enconado enemigo de Cuba. Algunos cubanos carecen de Memoria Historica, parece que esa propiedad esta solo destinada a la culta Europa

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