Cuba, Sánchez y los Derechos Humanos

El premio Sájarov ha recaído tres veces en disidentes cubanos: en 2002 fue premiado Oswaldo Payá, fallecido en el año 2012 en circunstancias que no se han aclarado; las Damas de Blanco fueron distinguidas en 2005; y Guillermo Fariñas lo recibió en 2010. Siempre digo que el Sájarov es más que un premio. Es una herramienta de activismo político que debe servir para reforzar a los luchadores por la libertad y la democracia. Pero, para que así sea, es necesario el compromiso de las autoridades europeas y de los gobiernos nacionales. Recordemos que el Sájarov lo concedemos los representantes de 500 millones de ciudadanos europeos, por lo que honrarlo debería ser un deber de la máxima importancia para los gobernantes. Un deber que Sánchez ha ignorado, igual que ha ignorado la más reciente resolución de la Eurocámara acerca de los Derechos Humanos en Cuba.

El pasado 25 de noviembre la policía cubana arrestó a la líder opositora Berta Soler y a varias decenas de miembros de las Damas de Blanco, la organización que lidera. Tristemente, el hecho en sí no es una novedad. Lo que lo hacía especialmente significativo era que las detenciones se produjeran menos de 48 horas después de que el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, abandonara Cuba después de una visita oficial, la primera en tres décadas. Tras reunirse con el presidente cubano, Díaz Canel, Sánchez había comparecido para informar de los temas tratados, entre los que mencionó los Derechos Humanos. La detención de Soler demostró la nula voluntad del régimen de avanzar en este sentido y dejó al descubierto el cinismo del Gobierno español.

Lo sucedido es especialmente significativo por dos motivos. El primero es que las Damas de Blanco habían cursado una invitación formal a Sánchez para reunirse durante su viaje oficial, invitación que el Gobierno declinó. No es arriesgado suponer que si la reunión hubiera tenido lugar, la detención no se habría producido, al menos no de forma tan inmediata.

La segunda razón es que apenas una semana antes del viaje de Sánchez a Cuba, el pleno del Parlamento Europeo había aprobado una resolución en la que se instaba a las autoridades de la Unión y de los Estados Miembros a reunirse y dar voz a las organizaciones de la oposición democrática siempre que se presentara la ocasión, con especial deferencia hacia las personas y organizaciones que han sido galardonadas con el premio Sájarov a la libertad de conciencia. Sánchez ignoró este mandato, aunque hay que decir que ha habido cierta coherencia en esto: los socialistas europeos (también los españoles) votaron en contra del texto aprobado.

La resolución sobre Cuba surgió de la preocupación de los eurodiputados por los nulos avances en materia de Derechos Humanos que se han registrado en Cuba desde el cambio en la posición común. Se aseguró a los europeos que la nueva relación con el régimen, basada en el diálogo, sería más efectiva que la anterior para lograr mejoras democráticas. Murió Fidel, se jubiló Raúl y el castrismo sigue igual de represivo que antes de los Castro.

El alcance de lo ocurrido en Cuba y de la actuación del Gobierno de España se entiende mejor si reparamos en dos aniversarios que celebramos estos días. Uno es, precisamente, los 30 años que se cumplen desde la creación del premio Sájarov. El galardonado de este año es el cineasta ucraniano Oleg Sentsov, en prisión desde 2014 por oponerse a la ilegal anexión de Crimea por parte de Rusia. En mis años como eurodiputada, he impulsado y apoyado candidaturas exitosas y, en mi opinión, muy significativas. Recordemos, sin ir más lejos, que los dos premios Nobel de la Paz de este año, Denis Mukwege y Nadia Murad, fueron antes premio Sájarov; y que el año pasado fueron reconocidos la oposición democrática y los presos políticos de Venezuela. Creo que el Parlamento Europeo está demostrando capacidad y compromiso en sus decisiones, por lo que cabe exigir lo mismo a Gobiernos e instituciones europeas.

El otro aniversario es el de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que cumple 70 años. No es sólo la cifra redonda. Los Derechos Humanos son el mejor legado de la tradición liberal. Ya los padres fundadores de los Estados Unidos decían en la Declaración de Independencia que “sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Es cierto que, probablemente, estaban pensando en los varones blancos, pero la lógica universal de la declaración hizo que con el tiempo se fuera extendiendo hasta abarcar el conjunto de la humanidad. La Declaración Universal de 1948 y el conjunto de instituciones, tratados y leyes internacionales que se crearon y promulgaron en los años siguientes ha tenido mucho que ver en los avances (dubitativos pero reales) que se han producido en materia de Derechos Humanos en todo el mundo en las últimas décadas.

El nacional-populismo emergente -desde Washington hasta Budapest- desafía los valores liberales, cuestiona el orden multilateral y descree -aunque no lo confiese- de los Derechos Humanos. Algunos líderes mundiales ya lo han comprendido. En la reciente cumbre del G-20, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, pidió al príncipe heredero de Arabia Saudí la liberación del bloguero y activista Raif Badawi (también premio Sájarov). Mientras tanto, el Gobierno de España presumía de logros genéricos que no le correspondían.

Por estos motivos, quienes no hacen lo suficiente por la causa de los Derechos Humanos allí donde no se respetan, quienes despachan la cuestión con una frase en rueda de prensa, quienes se reúnen con dictadores y no con la oposición democrática, hacen el juego a los nacional-populistas. Si de verdad deseamos frenar a los aprendices de Trump que proliferan en nuestro mundo, deberíamos comprender cuál es nuestra causa y comprometernos con ella. El que, como Pedro Sánchez, prefiera no hacerlo, que no pretenda después convertirse en adalid de la causa humanitaria universal.

Beatriz Becerra es vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos en el Parlamento Europeo y eurodiputada del Grupo de la Alianza de Liberales y Demócratas por Europa (ALDE). Acaba de publicar Eres liberal y no lo sabes (Deusto).

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