Cuba, sí; Castro, no

Por Fernando Castelló, presidente de la organización internacional Reporteros sin Fronteras (EL PAIS, 14/11/03):

El 18 de marzo del año actual, cuando todas las miradas estaban dirigidas hacia Bagdad, en Cuba, Fidel Castro hacía detener por su policía política a cerca de 80 disidentes, que días después, tras juicios sumarísimos, eran condenados a penas de 14 a 28 años.

Escritores, defensores de los derechos humanos, militantes de la oposición democrática y 26 periodistas eran así reprimidos y dispersos en calabozos de prisiones lejanas, donde sufren privaciones no sólo de libertad, sino de contactos con sus familias y de atención médica. Se les considera “traidores contrarrevolucionarios”, por una supuesta colaboración con Estados Unidos “contra la independencia y la integridad territorial del Estado”, castigadas por el artículo 91 del Código Penal revolucionario, así como por la Ley 88, de “Protección de la independencia nacional”. Esta ley permite condenar a 20 años a quien facilite información al “enemigo” y se la conoce como ley mordaza.

Los procesos, de corte estalinista, se celebraron a puerta cerrada y de forma sumarísima, sin derecho a defensa y con testimonios de agentes infiltrados, delaciones de los Comités de Defensa de la Revolución…

Los “culpables”, además de tener, en efecto, contacto con el encargado de los asuntos de EE UU, se veían forzados a publicar sus informaciones y artículos en medios extranjeros, en efecto, y, entre ellos, norteamericanos. Y habían osado editar en su propio país dos revistas, hoy cerradas: De Cuba y Luz Cubana, audacia sin precedentes en 44 años.

La oleada represiva se producía cuando se observaban ciertos síntomas de apertura del régimen, que, a la postre, echaba el cierre y metía tras él a toda la oposición democrática para que nadie se hiciese ilusiones: la Revolución, consagrada e inmortalizada en una reciente ley de leyes, prevalecería y sólo Dios y la Historia juzgarían a su cabecilla.

Para remachar el clavo, el 11 de abril se ejecutaba a tres candidatos al exilio que optaron por intentar desviar un barco para llegar a Florida.

Todo esto, ¿no nos recuerda algo a los demócratas españoles de más de 40 años? ¿No nos rememora, con un escalofrío, los estertores del franquismo, cuando el otoñal patriarca moría matando y persiguiendo a la oposición democrática, y hasta cambiando napoleónicamente por el de Franco el primer apellido de su descendencia, por si acaso?

Cuba se ha convertido así en la mayor prisión de periodistas del mundo, con treinta encarcelados, pues ya había cuatro tras las rejas (condenados por desacato al jefe del Estado) cuando se produjo la gran redada (“cosecha roja” la llamaría Dashiel Hamet) de traidores emboscados y armados hasta los dientes de bolígrafos, entre los que se hallaban el corresponsal de Reporteros sin Fronteras (RsF) en Cuba, Ricardo González, y el poeta y periodista Raúl Rivero, premio RsF a la libertad de expresión. Otro poeta diría que habían perdido la paz y la palabra buscándolas para todos. Los dos fueron acusados, entre otros delitos, de colaborar con RsF, calificada de “agencia de prensa francesa”, subversiva y contrarrevolucionaria.

La envergadura de la operación represiva, ocurrida cuando el viejo dictador empieza a chochear y cuando sobre los vestigios de las conquistas sociales de la revolución termina imponiéndose el amordazamiento de un pueblo por la autarquía orwelliana, ha hecho sacudirse la pereza a la izquierda política e intelectual de todo el mundo. Ésta se aferraba, en el naufragio general de las ideas progresistas tras el derrumbe de la presa comunista en Berlín, al salvavidas cubano, última Isla de Utopía en la que desahogar los pecios ideológicos ateridos.

A finales de septiembre, por iniciativa de Reporteros sin Fronteras, se creaba en París un Comité Raúl Rivero, en el que participan, junto a intelectuales y artistas de diversos países, los españoles Jorge Semprún y Pedro Almodóvar, entre otros. “Hasta aquí hemos llegado con la Revolución cubana”, dicen, con pesar, muchos intelectuales de izquierdas, hasta ahora silenciosos, saliendo decididamente del armario de las ideas apolilladas. Y hasta aquí ha llegado RsF, que ha decidido intensificar su campaña por la liberación ya no sólo de los periodistas encarcelados, varios de ellos actualmente en huelga de hambre, sino de todos los presos políticos cubanos.

Lamentamos tener que decir que esa campaña no lleva su escalada hasta la Cumbre Iberoamericana, en la que año tras año resuenan palabras huecas, y sin eco en los muros espesos de la realidad, sobre la libertad de expresión en Latinoamérica, comunidad donde se encuentran los dos países donde más periodistas mueren (Colombia) y donde más periodistas están en la cárcel (Cuba). Los dos países son también aquellos de donde más periodistas se exilian, huyendo de la cárcel o de la fosa.

En el acto de creación del Comité Raúl Rivero, la actriz francesa Catherine Deneuve abrió la velada leyendo un extracto de un prometedor discurso de Fidel Castro, al tomar el poder, en 1959: “Ha llegado el momento de que los fusiles se arrodillen ante la opinión pública”. Jorge Semprún apostilló: “Han pasado más de cuarenta años y el pueblo continúa arrodillado ante los fusiles. Estamos aquí para exigir a Castro que cumpla sus promesas”. Y Pedro Almodóvar remachó el clavo que los demócratas llevamos en el corazón: “Señor Castro, hace 44 años el mundo democrático le admiró por liberar al pueblo cubano de una terrible dictadura. Desde mi pequeñez de director español de cine, yo le aconsejaría que volviera a portarse como un revolucionario y de nuevo librase a su pueblo de otra dictadura: la que usted mismo representa”.