Cuba

Dice José Saramago en sus Cuadernos de Lanzarote que somos lo que somos pero también lo que han sido otros. Recuerdo la frase pensando en mis abuelos: ambos estuvieron en Cuba, uno como soldado en la guerra; el otro como emigrante, aunque finalmente retornó a España. Crecí oyendo los cuentos de este último, entreverados de jutías, majás y mochas mágicas, empuñadas por negros o guajiros, en batallas campales o en meras fajazones de bohío y timbiriche. Mis peripecias personales en Cuba no interesan a nadie, pero sí puedo contar, como excepción necesaria, que al dar con los restos de la colonia Betoño -donde vivió mi abuelo, en Yaguajay-, y reconocer la ceiba, los campos y la manigua, vueltos del pasado, comprendí que aquello estaba esperándome desde 1915. No eran declamaciones retóricas de amor a España. Si sabemos ver, nos reconocemos a cada paso.

El rey de España gira visita oficial al país: por fin se cortó el maleficio. Es cierto que el doctor Sánchez lo organiza como medio de roerle otro puñado de votos a las podemitas. Pero desde una perspectiva más amplia, mirando por los intereses globales y permanentes de España -no por los de una cadena turística, o los reclamos de los expropiados en el exilio- el viaje es prioritario. Ojalá los gobiernos de la derecha hubieran tenido coraje para atreverse a distinguir entre política y sociedad, entre gerifaltes con los que había -y hay- que tratar y «la gente», nuestra gente, pues lo son. Esgrimir el argumento del respeto a los derechos humanos en el país, o eventuales entrevistas con los disidentes es quedarse en una forma de hemiplejía moral: cuando el rey actual, o don Juan Carlos, visitaban Arabia Saudí (el mayor conculcador de derechos humanos), o Irán, o Libia, y etcétera, sólo los socialistas y las podemitas exigían la cancelación del viaje y/o audiencias a la oposición. Y era extemporáneo, porque en una visita así se reconocía la evidencia: la relación entre estados, no las simpatías con la política de esos países. En el caso de Cuba se vuelven las tornas y prima el sometimiento a Estados Unidos. Ahora es la derecha política la que pide anular el viaje o, al menos, que el rey reciba a disidentes, cuya situación, desde luego, es peor que mala. Pero para ayudarles, el primer paso consiste en no chocar con el régimen. Por añadidura, yo no he visto nunca por allá -y he visto y vivido cosas muy feas- que se decapite a los reos en las plazas, se corten manos a ladrones o los maridos retengan la cédula de identidad y el pasaporte de sus esposas. Y nunca creí erróneo que nuestro Jefe del Estado visitase semejantes lugares.

El general Franco entendió bien el asunto: Cuba era algo nuestro y por eso eludió las presiones norteamericanas para que formásemos en el rebaño de boicoteadores y mantuvo las relaciones diplomáticas (incidente Lojendio incluido), comerciales y de comunicación aérea. Y estaba en las antípodas ideológicas de Fidel Castro quien, al fallecer el general, decretó tres días de luto oficial en la Isla. Y algo quedó muy claro, si bien sigue sin reconocerse: el embargo fracasó y en vez de hundir al régimen sólo sirvió para entenebrecer aun más la vida de los cubanos. Sesenta años más tarde se insiste en la misma receta: aislar a los herederos de Fidel. Y a todo esto: ¿Qué piensa don Felipe? Tal vez no sea aventurado suponer que quiere una sociedad próspera y libre para todos, en Arabia o en Cuba. Por mi parte, sólo le deseo -si el trayecto oficial lo permite- que suba a la torre de San Francisco y al Castillo del Morro y, a ser posible, que cene en la Batería de la Divina Pastora, contemplando la bocana del puerto, con la ciudad al fondo. Y los sentimientos, a discreción.

Unas gotas de historia. El primer ferrocarril español cubrió la línea La Habana-Güines (1838) y cuando se inauguró el tramo Barcelona-Mataró (1848), en nuestra querida isla ya funcionaban 618 kilómetros de vías férreas, desarrolladas en paralelo a la eclosión del azúcar y a la emigración masiva de gallegos. Mas ya en 1810 el presidente Madison andaba sondeando a la burguesía habanera con vistas a una anexión que, por entonces, estimaron prematura. Pero desde la década de 1830 Estados Unidos empezó a dominar el comercio y el transporte de lo que aun era territorio español. En palabras de Moreno Fraginals: «…desde el punto de vista de la economía global, desde mediados del siglo XIX Cuba había ido lenta pero inexorablemente pasando a ser un país dependiente de Estados Unidos, en un proceso que había culminado en el Bill McKinley (1891), en la práctica la absorción de casi todo el comercio cubano(…) a España sólo tocaba el 3,7% en 1898. La política española era de supervivencia, sin actuar como metrópoli económica que dirige la vida de un país, sino como mero centro que aporta su cultura».

Pese a lo mucho que se esmeran sus detractores, no consiguen hacerme simpático a Trump, que nos amenaza por los Airbus, por la tiranía venezolana, o para aplastar en la Isla cualquier sector español comercial o de servicios que haga la competencia a los suyos a medio plazo, en un escenario cubano por entero rendido y entregado, tras la muerte de Raúl Castro.

En ese panorama, no se entiende por qué los españoles debemos colaborar en el apedreamiento de nuestro tejado. Yo más bien pienso en la permanencia de nuestra cultura en una sociedad, la cubana, siempre ávida de recibirla, siempre frustrada por los olvidos de acá y los vetos burocráticos y dictatoriales de allá. No hay por qué lanzar gestos gratuitos y estúpidos contra Estados Unidos como los de Rodríguez quedándose sentado ante la bandera de ese país, repatriando de Irak al minúsculo contingente español, o retirando una fragata en misión en el Golfo Pérsico, obra del doctor Sánchez; pero tampoco pueden llegar nuestras obsequiosidades hasta negarnos a nosotros mismos. Y Cuba -todavía- es parte de nosotros.

Serafín Fanjul es de la Real Academia de la Historia.

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