Cuentos

«La cuna del hombre la mecen con cuentos», decía León Felipe y cantaba Paco Ibáñez cuando yo era joven, allá por los años sesenta. Es curioso, pero cuando uno oye ciertas frases de su pasado tiende a interpretarlas solo en el contexto y el espacio temporal en los que las conoció por vez primera. Piensa por tanto que aquella idea de que «nos anestesian con cuentos», con falacias, eran atribuibles solo, por ejemplo, a la dictadura franquista, o al Chile que propició la llegada de Allende al poder o, todo lo más, a los Estados Unidos de Nixon con sus patrañas y su Watergate. Pasan los años y uno sigue recordando con nostalgia tan bellas palabras pero de ningún modo las relaciona con el presente.

¿Cómo que ahora también nos mecen con cuentos? ¿Acaso no pertenecemos a la sociedad más informada, más interconectada de la historia, también la más culta, la más preparada? ¿No existen, además, la libertad de expresión, la pluralidad de puntos de vista, la libertad de discrepar? Sin entrar en análisis de estas tres últimas preguntas, que tienen también su miga, lo cierto es que uno se cree inmune a las mentiras. No solo eso; en su buena fe piensa que si le hubiera sido dado nacer en una época preñada de cuentos y de monstruosas mentiras como en la Alemania de los años treinta, por ejemplo, jamás habría sucumbido a la locura colectiva del nazismo y menos aún hubiera participado o silenciado sus carnicerías.

Sabemos sin embargo (a pesar de que también nos lo han intentado ocultar con cuentos) que fueron pocos los que lograron mantenerse al margen y pagaron por ello un altísimo precio. Algo parecido ocurrió en Francia durante el Gobierno de Vichy. Según los cuentos, no había en todo el país un solo colaboracionista, todos estaban en la Resistencia.

CuentosA veces los cuentos son necesarios. El hombre necesita pasar página, olvidar errores y ese manto de olvido colectivo cumple una misión cicatrizante. Otras en cambio los cuentos resultan del todo inexplicables, sobre todo para quien no es «target» o público objetivo de ellos. Mira a su alrededor, observa cómo los cuentan unos y se los creen otros y no puede comprender cómo personas inteligentes y cultas pueden tragarse tan inverosímiles milongas. Sin ánimo por supuesto de comparar unos cuentos con otros, uno ahora se pregunta por ejemplo cómo un personaje mediocre como Artur Mas, y con tantos esqueletos en el armario, habrá conseguido hacer creer a tantas personas que la independencia de Cataluña es algo así como el bálsamo de Fierabrás. Un ungüento mágico que hará que, al día siguiente de lo que él llama «desconectarse» de España, se acabarán todos los problemas de la región, habrá dinero a raudales y serán todos felices. Más inverosímil aún resulta el hecho de que les haya hecho creer el cuento de que Cataluña seguirá dentro de la Unión Europea, a pesar de que ésta haya dicho ya por activa, por pasiva y por perifrástrica que no, que al día siguiente mismo de la independencia quedará fuera de la Comunidad Europea. Para mí, sin embargo, lo más asombroso del talento de Mas como cuentacuentos es que haya conseguido fascinar tanto a su audiencia como para mil y una noches. Cada día tenía que inventar una historia nueva para el sultán porque sabía que si no éste le cortaría la cabeza.

No es Artur Mas el único Sherezade que tenemos en el panorama patrio. Pablo Iglesias y sus muchachos tampoco le van a la zaga y sus cuentos son tan bellos como fantásticos. Tienen la ventaja, además, de que crecen en terreno abonado porque todos estamos hartos de lo que vemos a nuestro alrededor. La lista es larga y no necesito cansarles con lo que ustedes ya saben. Paro, corrupción, indolencia, caciquismo y, sobre todo, en el caso de ambos partidos mayoritarios, la irritante manía de mirar para otro lado y creer que todo se exorciza con un «Y tú más». Frente a los viejos partidos, ellos nos proponen un cambio de guión. Nadie sabe muy bien en qué consiste, porque lo suyo se parece más a la carta de los reyes magos que a un programa político. Acabar con las desigualdades, repartir la riqueza, castigar a los corruptos, sanear las instituciones… ¿Cuántos creerán en sus posibilidades de cambiarlo todo, confiarán en sus propuestas, escucharán sus cuentos? Pronto lo sabremos, pero mientras tanto me parece interesante saber por qué tiene tanto predicamento este tipo de fabuladores. Cuando escribí mi novela sobre la muerte de la familia imperial rusa, muchos lectores me echaron en cara que no salvara a ninguno de sus miembros de la matanza. En vano les decía yo que ahora con las pruebas de ADN, quedaba completamente descartado que Anastasia o el zarevich, como tantas veces se ha fantaseado, sobrevivieran a ella. A esas personas no les gustó mi libro, era demasiado «verídico», decían. En la vida real pasa algo similar. No nos gusta la verdad, nos gustan las mentiras. Las bellas mentiras que hacen que el mundo sea más hermoso o que al menos exista la posibilidad por remota, fantasiosa –o mentirosa– de que lo sea. ¿Por qué?

El maestro León Felipe lo explicaban de este modo: La cuna de los hombres la mecen con cuentos. Los gritos del hombre los ahogan con cuentos. El miedo de los hombres inventó todos los cuentos.

Carmen Posadas es escritora.

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