Cuestión de conveniencia

Esto de Europa es muy divertido. Hace unas semanas, para responder a la avalancha de refugiados que llegaba a Italia, la Comisión Europea propuso un reparto proporcional de los solicitantes de asilo entre los estados miembros de la Unión Europea. La mayoría de los países miembros dijeron que ni hablar. Uno de los que lo dijo más alto fue el Reino Unido. Ahora, París y Londres tienen un problema grave con la presión inmigratoria en Calais y, en un artículo conjunto, el ministro del Interior francés y su homóloga británica dicen que se trata de una crisis mundial y piden a los otros países europeos y a la Unión Europea que les ayuden a hacerle frente.

¿Se trata de un cambio de posición? En realidad, no, porque una cosa es colaborar para hacer frente a un problema como la crisis migratoria de Calais y otra aceptar una propuesta concreta de reparto de refugiados de la Comisión Europea. Pero, en todo caso, el cambio de lenguaje forma parte del juego político habitual en la Unión Europea: los problemas propios son europeos; los ajenos, nacionales. Lo único que ha pasado es que la proximidad entre estos dos episodios ha puesto en evidencia la contradicción.

El Reino Unido no es el único país que actúa así. España ha hecho lo mismo. España es uno de los países que ha reclamado con más energía una política europea de inmigración. Es lógico, porque como país fronterizo el problema nos afecta de forma directa. Ha habido momentos en que más de la mitad de los inmigrantes ilegales que llegaban a la Unión Europea lo hacían a través de España. No era justo que España tuviera que ocuparse de ellos sin ayuda y por eso pedía una solución europea al problema. Pero, como ahora la mayoría de los inmigrantes llegan a través de Italia, España tampoco aceptó la propuesta de reparto proporcional de la Comisión con el pretexto de que, entre los criterios a tener en cuenta, no se incluía la tasa de desempleo.

Mientras tanto, la afluencia de inmigrantes que intentan llegar a Europa no cesa. El naufragio del miércoles es el último capítulo de una tragedia que no tiene visos de concluir. El buen tiempo alimenta el éxodo desde la ribera sur del Mediterráneo. La Guardia Costera italiana está rescatando más de mil inmigrantes por día. Los centros de acogida italianos están saturados. En Calais, centenares de personas intentan cada noche cruzar el canal de la Mancha, atraídos por el dinamismo del mercado de trabajo británico.

Y, sin embargo, las cifras totales no son tan elevadas, al menos en términos comparativos. Nueve de cada diez refugiados se quedan en la región de origen, en países próximos del conflicto del que huyen. Los sesenta mil refugiados que la Comisión Europea proponía repartirse el mes de junio eran una cantidad muy modesta al lado del millón largo de refugiados sirios que hay en Líbano, los seiscientos mil de Jordania o el millón setecientos mil de Turquía. Y, dentro de la Unión Europea, el Reino Unido no es el país que más refugiados atrae, ni de lejos. El año pasado, Alemania, Francia, Suecia e Italia recibieron más peticiones de asilo que el Reino Unido.

Parece como si Europa quisiera olvidar la propia historia, como si ya no recordara la Segunda Guerra Mundial y el número de refugiados europeos que generó. Entonces éramos los europeos los que huíamos de la persecución y de la guerra. Ahora no podemos limitarnos a levantar muros ni a luchar contra las mafias. Debemos tratar de erradicar las causas de este flujo incesante mediante la cooperación y la gestión de los conflictos que lo originan.

En inglés, un fair-weather friend es el que sólo quiere ser amigo nuestro cuando las cosas nos van bien. Esta es la actitud que los países miembros adoptamos con la Unión Europea. Cuando nos conviene, todos somos europeístas; cuando no, sacamos a relucir la soberanía nacional. Pero la realidad es la que es y el europeísmo nos conviene. Por ejemplo: a corto plazo, es posible que la presión inmigratoria en Calais alimente de forma pasajera el apoyo al partido euroescéptico británico, UKIP. Pero a la hora de la verdad hará ver a los británicos, que para estas cosas tienen un gran sentido común, que no viven aislados y que salir de la Unión Europea empeoraría mucho la situación.

El ministro del Interior francés y su homóloga británica tienen toda la razón: la crisis de Calais es una faceta más de un problema que nos afecta a todos y tenemos que hacerle frente entre todos, igual que la tragedia del miércoles. Soy consciente de que los egoísmos nacionales no se evaporarán de un día para otro, pero estoy seguro de que al final se impondrá la sensatez y tendremos una verdadera política europea de inmigración. También estoy convencido de que esta política común será más generosa que la actitud egoísta que estamos viendo ahora, porque en este campo –como en tantos otros– la generosidad es más inteligente y más eficaz que el egoísmo. Es una cuestión de conveniencia. Nos interesa a todos.

Carles Casajuana

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