Cuestión de estilo

Por Aurelio Arteta, catedrático de Ética y Filosofía Política de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 04/07/07):

No se me ocurrirá pedir al lector que vuelva a leer mi artículo (‘Lo que se juegan los navarros’, 9-6-07) para releer luego la réplica de Pello Salaburu (‘Un micrófono en la muela del juicio‘, 20-6-07). Tendrá asuntos más provechosos a los que prestar atención. Que me permita, al menos, mostrarle el modo como mi replicante corrompe el noble arte de la dialéctica. Si existe una moral del debate teórico, como creo, no parece que este universitario se haya portado con exquisita honestidad intelectual. Más bien prefiere servirse de tretas muy viejas y manidas, que aquí resumiremos como el ‘estilo Salaburu’.

Lo principal es desentenderse absolutamente de las tesis del contrario. Mejor dicho, repetir mis tesis como si fueran sólo una sarta de aseveraciones que se me hubieran ocurrido porque sí, privadas de todos los argumentos que tratan -mejor o peor- de fundarlas. Pero ¿cómo va Salaburu a indagar el posible contenido de verdad de mis palabras, si con ello se arriesga a percibir la debilidad de sus creencias? Pues el caso es que no me pongo a afirmar, sino que pretendo probar con razones que el nacionalismo vasco es el mayor problema político de Navarra, y de ahí extraigo algunas aplicaciones a la situación poselectoral. El colega Salaburu se enfrenta a mis tesis, pero sin enfrentarse a una sola de mis razones. El hace como que son puros desatinos que simula contestar con gracietas como la del dentista o con comentarios tan garbosos como éstos: «Ojo, que viene el diablo en forma de Uxue Barkos/ qué quieren que les diga/¿válgame el cielo!, y nosotros sin saberlo…»

Conviene siempre empezar por una colección de argumentos ‘ad hominem’. Si soy un individuo de poco fiar, tampoco lo serán mis razones y no hará falta ocuparse de ellas. De modo que el lector ha de saber que yo vivo la vida sin dejarla vivir (¿), con malestar y angustia, contemplo la realidad sin matices, incurro en dogmatismos y me rodeo de certezas, confundo mi voluntad con la de la sociedad entera, me alimento del pensamiento único y cosas así. Eso ya sólo en el segundo párrafo. En el resto de su artículo el lector se enterará asimismo de que me creo por encima de los demás, que estaría dispuesto a recortar los derechos de mis conciudadanos, que mi forma de debatir es muy burda y que desconozco el significado mismo de la democracia.

Una vez que le ha indispuesto contra mí, todavía hay otro paso para ganarse al lector mediante el halago. Ahora toca añadir que, a diferencia de un tipo así, tanto al lector como al propio Salaburu les adornan las virtudes contrarias. Frente a mi arrogancia, según la cual todos se equivocan menos yo, ellos forman parte de los sufridos «ciudadanos rasos que tenemos que andar mendigando explicaciones para poder entender la realidad…». Y para que no haya dudas de su compromiso político y el lector quede conmovido por su inmenso arrojo, nuestro hombre denuncia a «los salvapatrias de ETA, con su séquito de camisas azules incenciando autobuses». Y que nadie le pida más, que él ya ha cumplido y en Euskadi no hay otra evidencia que la vuelta del terror. Lo demás, al parecer, es tan sólo opinable.

Siguiente movimiento: acumulación de falsificaciones de mis palabras para hacerme decir lo que no digo. Yo no atribuyo disimulo e ignorancia a los electores navarros, sino precisamente a quienes -como Salaburu, nacionalistas o filonacionalistas vascos- pretenden ocultarles el problema del que trato. Yo no he escrito que el nacionalismo carece de políticas de derechas o de izquierdas. He escrito que, como sabe cualquiera, mantener una política de derechas o izquierdas le resulta algo subordinado a su empeño primordial: marcar las fronteras de su nación e impulsar su soberanía. No se me ocurre siquiera imaginar que todos los nacionalistas sean unos desalmados, que eso sólo es una brutal insidia de mi oponente. No me he limitado a solicitar una gran coalición «encabezada por los constitucionalistas de UPN». Mis palabras textuales fueron que «hoy más que nunca el buen gobierno de Navarra requiere la unión de los constitucionalistas, desde Unión del Pueblo Navarro hasta Izquierda Unida». Pero, claro, había que excluir mi mención a los partidos de izquierda si se pretende hacerme pasar por un portavoz de la derecha. Así que de paso me convierte en un ‘navarrista’, por más que mi crítico sepa cuántas veces he fustigado en la tribuna pública el navarrismo (y la mentira de los derechos históricos y el privilegio de los fueros, etcétera).

Y con todo ello improvisa el autor un par de conclusiones, la una cínica y la otra sencillamente desvergonzada. La cínica dice que él no puede responder a un artículo como el mío «montado sobre semejantes cimientos» o «con esos mimbres». En realidad, ya hemos visto que se trata de los propios cimientos y mimbres de Salaburu, no de los míos: los míos los ha sorteado uno por uno con el mayor esmero. Sólo se responde a sí mismo, porque no sabe rebatirme a mí, pero lo que importa es buscarse una salida de apariencia airosa y engañar al lector…

En la conclusión desvergonzada Salaburu se pone a darme lecciones sobre qué es democracia, escandalizado de cómo algo tan sencillo de entender y de aceptar me resulta a mí tan complicado. No le negaré ni a él ni a nadie la facultad de darme lecciones sobre muchas cosas. Eso sí, mal puede además enseñar estos conceptos quien no los conoce, como revelan los tópicos que a continuación exhibe. Al fin comprendo que me reproche dogmatismo quien se nutre de ideas que, en efecto, vuelven a la democracia tan sencilla… como fláccida. Decir que en la democracia debemos respetar «las distintas formas de pensar», ¿incluye a todas esas formas?; ¿significa que no hay cuestionamiento ni deliberación posible sobre ellas? Que en democracia no hay opciones que sean «verdades únicas», ¿significa que valen cualesquiera? Que los ciudadanos podamos organizar la sociedad «como nos parezca mejor», ¿equivale a instaurar un pluralismo o una tolerancia sin límites? Que tengamos derecho a recurrir a los argumentos «que consideremos convenientes», ¿quiere decir que ya no hay que esforzarse en que sean los argumentos más razonables y fundados en una idea de la justicia?

El secreto, Pello, no está en el dentista. La mayor formación en estas materias que tal vez he alcanzado la debo a muchos años de afán de verdad y de estudio. Si no tanto, te recomiendo un poco de lo mismo.