Cultivar las semillas de la democracia

Por Anwar Ibrahim, ex ministro de Finanzas y ex viceprimer ministro de Malaisia. Es catedrático invitado en la Escuela Diplomática de la Universidad de Georgetown, en Washington (EL PAÍS, 11/04/06):

Desde el 11-S, Estados Unidos ha seguido lo que la Casa Blanca denomina una “estrategia avanzada de libertad”, predicada con la creencia de que la falta de democracia en los países musulmanes ha provocado la difusión de una variedad mortal de extremismo islámico. Envalentonado por una victoria ideológica obtenida con esfuerzo sobre los regímenes de Europa del Este durante la guerra fría, EE UU pretende fomentar de nuevo la democracia en el extranjero para garantizar la seguridad en casa. Sin embargo, a medida que llegan los primeros resultados de esa campaña de democratización en el mundo musulmán, en EE UU reina una ansiedad cada vez mayor por el carácter de esos gobiernos nacientes elegidos libremente. Algunos incluso han empezado a dudar si esos países tienen una capacidad innata para mantener la democracia.

Aunque no se puede negar que las iniciativas estadounidenses de reforma han contribuido significativamente a los acontecimientos en Oriente Próximo, aumentan los temores de que los radicales puedan secuestrar la democracia. Los recientes éxitos electorales islamistas en Irán, Egipto y los territorios palestinos han planteado dudas sobre la capacidad de las fuerzas liberales para triunfar sobre el fundamentalismo. Para Estados Unidos, el temor es real, aunque quizá esté teñido de cierta islamofobia: qué terrible ironía sería que ese gran esfuerzo por propagar la libertad en el extranjero permitiera que los Estados islámicos antiestadounidenses impusieran la sharia, o ley islámica, a su pueblo. El ejemplo del ascenso de Hamás en Gaza y Cisjordania plantea dificultades obvias. Pero sería una falacia suponer que fue la democracia la que optó por el extremismo islámico. Sería más apropiado decir que fueron los años de corrupción y abuso de autoridad de la Administración encabezada por Al Fatah los que llevaron a Hamás al poder. Si el ejercicio de la democracia consiste en que el pueblo descargue su ira e insatisfacción contra los poderes establecidos, el resultado era una conclusión que se sabía de antemano.

Sea como sea, hay quienes afirman que es la “estabilidad”, y no la libertad, lo que EE UU debería estar fomentando en todo el mundo islámico. Su punto de vista es que defender la democracia electoral no sirve inmediatamente a los intereses estadounidenses en el extranjero, sobre todo en la guerra contra el terrorismo, y que el corazón y la mente de los terroristas y los suicidas no se ven transformados por las virtudes de la democracia. Afirman que la guerra contra el terrorismo debe librarse con mano de hierro, y no con guantes de seda tejidos con la materia de las libertades constitucionales. Esas visiones de la democracia y la estabilidad en el mundo musulmán no sólo son erróneas, sino que acarrean graves consecuencias.

En cierto modo, la estrategia de Washington puede verse como una expiación de los pecados del pasado, cuando EE UU era un escollo para la democracia en Oriente Próximo. Irán era una democracia en 1953, cuando la CIA urdió el golpe de Estado que lo transformó en una monarquía absoluta. EE UU también ha apoyado a otros tiranos de la región, incluido, por supuesto, Sadam Husein, todo ello en nombre de la estabilidad y la seguridad en el enfrentamiento con el bloque comunista, que duró varias décadas. ¿Está Washington realmente atrapado entre la Escila de apoyar a dictadores y el Caribdis de fomentar unas democracias que podrían llevar al poder a radicales islamistas? Las mejores respuestas a la pregunta de si Estados Unidos debería revaluar su estrategia se encuentran en Indonesia y Turquía, unos ejemplos alentadores de autoafirmación democrática musulmana.

Hace siete años, Indonesia se lanzó de cabeza a la democracia después de más de tres décadas de dictadura autocrática. Como el mayor país musulmán del mundo, destaca por el que tal vez sea el fenómeno político más importante de la historia reciente de la democracia. Desde entonces, los indonesios han acudido a las urnas en dos ocasiones y rechazado abrumadoramente a los radicales islamistas, que luego intentaron avanzar su programa por otras vías. De nuevo, ello fue recibido con un clamoroso no del pueblo indonesio, incluidas algunas organizaciones musulmanas importantes. En Indonesia, la prensa es libre y las elecciones justas. Las libertades básicas están contempladas en la Constitución y son plenamente reconocidas y respetadas por los poderes establecidos. Por ejemplo, a diferencia de sus vecinos los malaisios, los indonesios pueden congregarse para protestar por las decisiones y políticas gubernamentales sin temor a represalias. Los arrestos arbitrarios y las detenciones políticas son inauditos. Como democracias en ciernes, Indonesia y Turquía todavía tienen un largo camino por recorrer. En Indonesia, se trata de cumplir unos objetivos socioeconómicos de la democracia que sólo pueden conseguirse con el tiempo. En Turquía, la contención de un estamento militar sin restricciones ha contribuido a la ascensión de ese país a la Unión Europea. No obstante, ahora es un modelo, tanto para los países musulmanes como para quienes pretenden ayudarlos.

Para que EE UU triunfe en sus campañas para propagar la libertad, debe recordar que la democracia constitucional no puede arraigar en una sociedad, ya sea laica o islámica, sin el compromiso firme de quienes están políticamente habilitados para proteger los derechos fundamentales de libertad e igualdad para todos. El verdadero cultivo de la democracia exige más que una mera implantación de las elecciones. También pasa por la instauración de procesos democráticos y una nivelación del terreno de juego político. Necesita la garantía de una separación de poderes y la liberación del sistema judicial del dominio de autócratas y tiranos. Por encima de todo, exige la protección de las libertades fundamentales y una prensa libre. Es en estos prerrequisitos de la democracia en lo que EE UU y el mundo musulmán deben invertir con un empeño mucho mayor para que las causas de la libertad imperen de verdad.