Culturas y fronteras

Por Predrag Matvejevic, escritor croata y profesor de Estudios Eslavos en la Universidad de Roma. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 28/04/07):

Entre las culturas nacionales y la cultura universal -supongamos que es posible que exista o, al menos, sea imaginable una cultura universal- no se interpone hoy la misma frontera que las separaba en la época en la que surgieron las naciones y los Estados nacionales. Los procesos de la tristemente célebre globalización, que ya no viene sólo de América, a través del Atlántico, sino que también se anuncia desde el Oriente chino e indio a lo largo de la vieja ruta de la seda, borran varios límites concretos. Conviene tal vez repetir que una particularidad no es un valor en sí, que antes debe demostrar que merece ese reconocimiento. He dicho muchas veces, al hablar de los Balcanes, que la xenofobia y la antropofagia también son particularidades. ¿Son además valores? No lo creo.

"No permitamos que decida el mercado, en vez de la cultura. No dejemos que el mundo se convierta en un mercado (...). Frente a las devastaciones causadas por la globalización, los ciudadanos exigen el nacimiento de nuevos derechos: el derecho a la paz, el derecho a la protección de la naturaleza, el derecho a la ciudad, el derecho a la información, el derecho a la infancia, el derecho al desarrollo del pueblo". Éstos son fragmentos encontrados en varias revistas recientes. Quien sea aficionado a las citas puede mencionar otras muchas de este tipo (Edward Goldsmith y Jerry Mander han recopilado las distintas críticas a la globalización en un libro titulado The case against the globalization [Los argumentos contra la globalización], que, fíjense, ha sido declarado en el propio Estados Unidos "¡libro político del año!").

El filósofo alemán Jürgen Habermas, poco propenso a las ideologías particularistas, reconoce que, a pesar de todo, "la mundialización obliga a los Estados nacionales a abrirse a la diversidad de formas de la vida cultural, que le son ajenas y desconocidas" (en La constelación posnacional). Algunas formas de colaboración internacional ya son inevitables: las nuevas tecnologías se aplican en todo el mundo, la informática es una disciplina general, hay terminologías comunes ya aceptadas, la protección del medio ambiente no puede llevarse a cabo sólo en ámbitos nacionales o regionales, con Internet es posible viajar de un extremo a otro del mundo. Esas globalizaciones no pueden rechazarse. El que renuncia a ellas a toda costa, sin preguntarse por su naturaleza y su uso, dejará de avanzar y se quedará atrás. Umberto Eco ha propuesto distinguir entre "la globalización como hecho y la globalización como valor. Todos hablan de globalización, pero no se preguntan qué significa verdaderamente". Las nuevas terminologías desplazan con rudeza a las viejas: se pierden, por ejemplo, palabras como "cosmopolitismo", "internacionalismo", "ecumenismo", unos términos con un significado globalizante o mundializante.

La medida de los valores podría ayudar a evitar ciertos peligros o, al menos, a disminuir los riesgos. Es evidente que distintas partes del mundo -aquellas en las que los derechos humanos y el Estado de derecho han llegado a los niveles más altos y aquellas que a duras penas luchan para librarse de las cadenas del subdesarrollo y la pobreza- no pueden globalizarse de la misma forma: no son "globalizables", como suele decirse, en la misma medida ni por el mismo método. Los procesos de integración en la Unión Europea no son compatibles con las opiniones sobre la globalización procedentes de poderosas multinacionales. La conexión de Europa con "la otra Europa", la relación entre el continente europeo y el Mediterráneo, las transiciones de los países de la antigua Europa del Este, no pueden seguir como si tal cosa lógicas y estrategias que no se hayan acordado de forma recíproca ni sean convergentes.

La cultura nacional no tiene el mismo significado en todos los periodos de la historia. Hacer frente al otro, a lo distinto, implica riesgos que nuestra propia cultura, a veces, no desea, porque se trata de retos que perturban su orden y su paz. "En el momento en el que descubrimos que existen las culturas, y no sólo la cultura", recordaba Paul Ricoeur, "cuando, por tanto, reconocemos el final de un tipo de monopolio cultural, imaginario o real, nuestro hallazgo amenaza con destruirnos" (Historia y Verdad). La "cultura planetaria", de la que se hablaba a menudo antes de que estuvieran de moda la mundialización y la globalización, amenaza con la uniformidad de las particularidades culturales (incluso las que han logrado afirmarse como valores). Al afrontar distintos tipos de asimilación, el dominio de los fuertes sobre los débiles, de los más desarrollados sobre los menos desarrollados, subrayábamos el derecho a la diferencia y el pluralismo. En el debate sobre la colaboración de las culturas y las síntesis a escala mundial, el antropólogo Claude Lévi-Strauss formuló un pronóstico que todavía hoy parece aceptable: "La civilización mundial no podría ser más que una coalición, a escala mundial, de las culturas que mantuvieran su originalidad".

La cultura nacional debe entrar en "coaliciones" internacionales y, de esa forma, desprenderse del mito de la nación y los fantasmas del nacionalismo. Cuanto más lo consiga, más reafirmará su categoría y justificará su reclamo.