Cumplir cincuenta

Celebrar el día en que se cumplen cincuenta años sólo demuestra, como dijo alguien, la importancia que concedemos al sistema decimal, una convención como otras tantas que disciplinan nuestro tiempo. De haberse adoptado un sistema de numeración distinto, una fecha como la de hoy transcurriría con la suave monotonía de cualquier jornada corriente del calendario.

Ahora bien, que algo sea convencional no obsta a que responda al mismo tiempo a una necesidad hondamente sentida. Las sociedades modernas, que han perdido su conexión con los ritmos orgánicos de la naturaleza, prescinden de las formalidades rituales con que las arcaicas marcaban periódicamente los momentos trascendentales del ciclo vital, esas solemnidades que prestaban su fuerza, su profundidad simbólica y su gravedad a las transiciones de una a otra etapa en el desarrollo del individuo de cuna a sepultura. Y, pese a esa ausencia de ritos de iniciación y ritos de paso en nuestra época –salvo en la liturgia de la Iglesia católica, cuyos sacramentos siguen el curso de la vida humana desde el nacimiento hasta la muerte: bautismo, primera comunión, confirmación, matrimonio, extremaunción–, pese a la decidida preferencia de la cultura contemporánea por la libertad y la espontaneidad por encima de los rígidos y añosos formalismos, pese a todo esto todavía hoy convenimos en señalar algunos días del año y los tomamos como ocasión para felicitarnos unos a otros, hacernos regalos y desearnos lo mejor. Todavía hoy, en suma, buscamos coartadas para celebrar públicamente el hecho dichoso de estar vivos.

Tras la adolescencia y la juventud, hace un cuarto de siglo se inició el proceso, normal en la edad madura, de la doble especialización (la del corazón y la del oficio): fundar una casa con la persona amada, elegir una profesión con la que ganarse la vida. Hubo entonces una lucha ansiosa por conseguir esa posición en el mundo que define la propia identidad familiar y profesional. Por lo demás, pasados los años, no se observan muchas diferencias externas entre aquella posición finalmente conquistada y la actual, salvo que la antigua ansiedad ha dado paso a la serena veteranía de una identidad confirmada. Así que, en apariencia, uno se dispondría a celebrar los cincuenta años con un ánimo parecido a aquel con el que festejó los veinticinco.

Pero no. No porque, entretanto, ha ocurrido un hecho íntimo que cambia el sabor de la entera experiencia de la vida. Ese hecho es el conocimiento de lo inconsolable.

Para hacerse una noción de la categoría de lo inconsolable basta leer al final de La Celestina el planto de Pleberio, que llora con amargos lamentos la muerte de su hija Melibea, cuyo cuerpo destrozado yace al pie de la torre. «Nuestro bien todo es perdido. ¡No queramos más vivir!», exclama el pobre hombre. «¡Oh incomparable pérdida; oh lastimado viejo! Que cuanto más busco consuelos, menos razón hallo para me consolar». Hay, en efecto, privaciones insoportables que no tienen ni quieren tener consuelo por el respeto debido a una pérdida vivenciada como un mal absoluto y sin reparac i ón posible. No hay pal abras, sobran verdaderamente las palabras ante esa pena indecible. Nada que decir, nada que hacer, salvo abismarse en la inexplicable injusticia del mundo hacia personas golpeadas por un infortunio cruel y salvaje que parece recrearse en tachar algunos destinos con una cruz. «Oh mundo, mundo –se queja Pleberio – , pro metes mucho, nada no cumples: échasnos de ti, por que no te podamos pedir que mantengas tus vanos prometimientos».

Quien cumple cincuenta antes o después ha sido tocado, como Pleberio, por el dedo caprichoso de lo inconsolable y a consecuencia de ello ha tomado trágica conciencia de la excesiva seriedad de la vida y de la esencial caducidad de lo humano, frágil como junco seco. El temor inevitable a esa negra lotería, por sí mismo y por los demás, despierta en el paladar un cierto regusto amargo y allá en el fondo de su ser le nace a uno un primer cansancio general, aunque todavía se halle lejos de declararse cansado de la vida. Al contrario, aprovecha el momento para renovar el deseo de vivir y para crearse la ilusión de un idealismo capaz de agitar otra vez las fuentes de su entusiasmo.

Claro que para entusiasmarse tras la experiencia abisal del desconsuelo se precisa de una buena porción de ingenuidad, no desde luego una de primer grado, sinónimo de candidez o de ignorancia, sino una ingenuidad aprendida y cuidadosamente elegida por quien conoce de sobra las razones del cínico escepticismo en que a esta edad caen muchos, pero ha comprendido que con un ideal se vive mejor. Buscará por todas partes, como un zahorí, los escondidos manantiales del gozo, la alegría, la gratitud y la esperanza que ayudan a vivir con sabiduría, pero aceptará de antemano el juego de la vida y sus reglas con deportividad, sabiendo que la vida es deporte de alto riesgo y que quien lo practica acaba de algún modo perjudicado. A esta clase de sentimiento maduro, que asume las heridas de la mortalidad humana, debía de referirse lord Shaftesbury cuando en su célebre Carta dedicada al tema (1708) escribe que «hay una melancolía que acompaña a todo entusiasmo». Un entusiasmo, por un lado, templado por la melancolía, y por otro, hermanado con la libertad de crítica y el sentido del humor, que sirven, según el escritor inglés, para discernir el auténtico entusiasmo del mero sucedáneo.

La cuestión estriba, pues, en hallar a esta segunda etapa de la madurez un ideal que merezca nuestras postreras energías creadoras. Cervantes y Kant, por ejemplo, supieron inventarse uno muy astutamente: los dos, a la edad de 58 años, publicaron su primera obra maestra, irónica la del primero, crítica la del segundo, en ambos casos en pugna agotadora con el escepticismo vulgar y nivelador y con el cinismo paralizante que conspiraban de consuno para drenar las fuentes de su entusiasmo tardío. De manera que la pregunta esencial a estas alturas parece ser la siguiente: ¿qué cansancio futuro elegir? ¿Qué trabajos tomar para los años que restan, trabajos que acabarán pesando otra vez sobre nuestro ánimo, si bien en esta ocasión ya de modo irreversible, hasta llegar a hacer de nosotros durante la ancianidad, ahora sí, mujeres y hombres cansados de la vida?

Algún día abandonaremos la posición en el mundo que tanto nos costó ganar y descansaremos. Más tarde, el descanso definitivo. Pero de momento, lector benévolo, permíteme que rinda hoy mi particular tributo al sistema decimal y en compañía de los míos celebre la vida en su soleada plenitud de mediodía. Sólo un regalo pido: un corazón ingenuo.

Javier Gomá Lanzón, autor de «Tetralogía de la ejemplaridad»

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