‘Cyber power’: Google se enfrenta a China

Las motivaciones de Google para pelearse con el Gobierno chino a plena luz cuentan menos que el juego que están abriendo. Al retar públicamente a un enorme poder político se afirma como actor político cuyo poder no radica en un territorio, cohetes o divisiones blindadas, pero sí en una red global de servidores, ancho de banda e imagen pública renovada. Nadie pone en duda el deseo de sus dirigentes -cuando pueden- de “No hacer el mal” (Don’t do evil), como reza el lema de la empresa que, sin embargo, no les impidió aceptar la censura china desde 2006 y hace de este giro repentino una medida no del todo convincente.

Conocen mejor que nadie cuánto se ha deteriorado su imagen en los últimos meses. Medios de comunicación y editores la acusan de robar contenidos y digitalizarlos sin autorización. Hasta sus partidarios se preocupan por la ampliación de sus actividades -y por tanto de su poder- en campos como la telefonía móvil o la venta de electricidad. Muchos tememos la emergencia de un nuevo monopolio tentacular, mayor que cuantos conocemos a la fecha. Posicionarse como defensores de los militantes de los derechos humanos y de la sacralidad de los datos personales de sus usuarios resulta ser una excelente operación de relaciones públicas. Interesa, pues, analizar las consecuencias de la estrategia elegida para mejorar su posición a nivel global.

En lugar de negociar discretamente, como suelen operar las empresas comerciales, optaron por desafiar públicamente a un Gobierno poderoso -la primera potencia mundial de mañana-, que se esmera en jamás perder la cara. Algo casi nunca visto. Enorme. “Con excepción del papel de la East India Company en lo que hoy conocemos como India, es difícil encontrar ejemplos de una corporación tirando más duro de las riendas de la historia”, afirma Jay Ogilvy, cofundador de Global Business Network, en entrevista concedida al China Digital Times. Sería un error, explica, analizar la decisión como una astuta movida en un tablero de ajedrez o de go. Es una acción que cambia la naturaleza misma del juego entre manos, un game changer. “Resulta ser un caso paradigmático del tránsito de la era política a la era económica, cuando el poder se traslada de presidentes y primeros ministros a presidentes de los consejos de administración y directores ejecutivos de las corporaciones más importantes (semejante a la manera cómo durante la Primera Reforma el poder pasó de manos de la Iglesia a la de presidentes y primeros ministros)”.

Vivimos en el siglo XXI y la naturaleza del poder cambia. El poderío de la East India Company se medía en número de naves, cañones, factorías. El de Google en número de servidores, en el tamaño de sus “granjas de servidores” estratégicamente ubicadas en el mundo y al ancho de banda con que pueden contar.

Suficiente para que ni China se dé el lujo de ignorarlo. De hecho la mejor manera para circunvenir las medidas de control impuestas por gobiernos autoritarios y conocedores de las tecnologías digitales reside en su capacidad de contar con un gran número de direcciones IP, renovables fácilmente para que resulte complicado bloquearlas todas, y un ancho de banda suficiente que asegure la estabilidad del sistema. Prácticamente imposible y muy caro para los militantes pro derechos humanos. No para Google. Los detalles técnicos son bastante más complicados, advierte Ethan Zuckerman, cofundador de GlobalVoicesOnline.org y coautor de un informe sobre el tema. Explica en su blog My heart’s in Accra que “un sistema anticensura soportado por Google (tal vez operado conjuntamente con activistas e ingenieros inteligentes que hayan apuntado contra la censura en Irán y China) sería considerablemente más poderoso (y amenazador) que los sistemas que conocemos hoy”. Convencido de que existe un mercado -las decenas de millones de chinos deseosos de circunvenir “La gran muralla cortafuego de China”, Zuckerman no descarta que Google se vuelva activo paladín de la lucha mundial contra la censura sin gran detrimento de sus intereses comerciales.

Sin sentirse obligados a adoptar el optimismo de Zuckerman ni el énfasis de Ogilvy, podemos reconocer que la confrontación pública entre Google y el Gobierno chino tiene implicaciones de primera importancia. En los conflictos de hoy, Washington, Pekín y los demás pueden recurrir al uso del poder duro (aviones, tanques y cohetes entre otros), o del poder blando (influencia, medios, redes sociales, como lo define Joseph Nye entre otros). También pueden valerse de múltiples formas de cyberwar o netwar. No es casual que todo haya comenzado con un ataque de esta naturaleza.

Pero cuando se trata de ciberpoder Google tiene algo que decir y los recursos para hacerse oír. Los dirigentes de la empresa de Mountain View acaban de señalar que son capaces de blandirlo. Este hecho -en sí un gesto político aunque simbólico aún- marca nuestra entrada a una nueva era de las relaciones internacionales en la que el ciberpoder no puede ser ignorado. Tampoco pueden ser ignoradas las redes y su capacidad de movilización. Actores y reglas del nuevo juego geopolítico cambian así como las modalidades de sus confrontaciones y nadie sabe a ciencia cierta cuál es el arte de tales guerras. Excitante. ¿No?

Francis Pisani, periodista.