«Cymru am byth! ¡Visca Catalunya!»

Soy galés, ¡y a mucha honra! La primera estrofa de nuestro himno nacional dice: «Mae hen wlad fy nhadau yn annwyl i mi» –«Amo a la vieja tierra de mis padres»–. Cada vez que lo canto me emociono. De ahí que entienda y comparta esa sensación de pertenencia y de cohesión social que deben de sentir los catalanes hacia su patria. Tengo muchos amigos galeses que pertenecen al Partido Nacionalista Galés (Plaid Cymru) y siempre me gusta decirles: «El nacionalista soy yo… ¡Tú eres un separatista!».

No voy a caer en la descortesía de examinar los pormenores de la relación histórica y social de Cataluña con el resto de España. Me limitaré a contar la historia de mi propio país y de nuestra relación con los ingleses, por si aporta algo al debate actual. Históricamente, tanto los galeses como pueblo como nuestra lengua son muy anteriores a lo que hoy entendemos por ingleses y lengua inglesa. No es difícil demostrar que «existíamos» varios siglos antes que los anglosajones.

Cuando mis amigos separatistas despliegan estos argumentos históricos me gusta rebatirles de una manera concluyente: el Imperio Romano es muy anterior a la Unión Europea… ¡y no por ello vamos a ser gobernados desde Roma ni vamos a hablar en latín! Manipulando la historia y las emociones nacionalistas se puede «demostrar» cualquier cosa; que el Estado de Texas es mexicano; que Canadá es francesa, que Bélgica no es un país, sino dos, que Panamá es colombiana… Yo prefiero vivir en el mundo real de hoy. Gales es parte del Reino Unido y, por lo tanto, también de la Unión Europea, la mayor potencia comercial del mundo. La lengua inglesa es el primer idioma del mundo libre (seguido, por cierto, de la lengua española). No se lo decimos a los ingleses, pero la contribución que galeses, escoceses e irlandeses hemos hecho a la vida política, científica, literaria e intelectual del Reino Unido rebasa con creces nuestro peso proporcional.

¡El Rey Enrique VIII era galés! Su hija Isabel I tuvo como principales asesores a dos galeses: William Cecil (Syllyt en galés), lord Burghley, y más tarde su hijo Robert Cecil, lord Salisbury. Posteriormente, otro lord Salisbury fue primer ministro con la Reina Victoria, como lo fue Lloyd George durante la Primera Guerra Mundial. Tan solo en el siglo XX ¡siete escoceses han ocupado el puesto de primer ministro!

El apellido histórico de nuestra Reina es Sajonia-Coburgo-Gotha, de origen alemán, y el de su marido, el Duque de Edimburgo, es Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glucksburg, de origen danés o alemán.

Está claro que un hipotético País de Gales independiente dejaría de ser parte de la Unión Europea. La declaración del presidente Romano Prodi en el Parlamento Europeo en el año 2004 –postura que ha sido convalidada recientemente– lo afirma con claridad meridiana: «Cuando parte del territorio de un país miembro deja de ser parte de dicho país, por ejemplo, porque dicho territorio se convierte en Estado independiente, los Tratados ya no se aplican a dicho territorio. En otras palabras, una región declarada independiente, por el hecho de su independencia se convertiría en un tercer país con respecto a la Unión y los Tratados dejarían de tener vigencia desde el día de su independencia…».

En caso de que el nuevo país quisiera adherirse de nuevo a los Tratados sería necesario: «Una negociación sobre un acuerdo entre el Estado solicitante y los Estados Miembros sobre las condiciones de admisión y los ajustes a los Tratados que tal ingreso implica. Dicho acuerdo estaría sujeto a la ratificación de todos los Estados Miembros y del Estado solicitante»

Es decir, nos tocaría negociar nuestra entrada en la Unión Europea de nuevo. Probablemente se consideraría que, al ser un país que acaba de dejar la Unión, cumplimos con el «aquis communitaire», pero, aun así, no dejaría de ser un país de 3,5 millones de habitantes negociando con casi 500 millones de habitantes de la Unión. Nos estaríamos jugando más del 80 por ciento de nuestro comercio exterior. Los Estados miembros de la Unión, menos del 1 por ciento cada uno. ¡Una negociación un tanto desigual!

Aun en el caso de que llegásemos a un acuerdo necesitaríamos el voto unánime de todos los Estados miembros para ingresar. No puedo predecir cuáles serían la reacción y el voto de esos países, pero me temo que muchos de ellos contarían hasta mil muy lentamente antes de apoyar la adhesión de un pequeño país cuya entrada tendría consecuencias muy profundas para la futura arquitectura de la Unión e implicaciones específicas para varios Estados miembros.

¿Cuál sería entonces la alternativa? Probablemente, negociar un acuerdo con la Unión Europea, al estilo EFTA, como el que tiene Noruega. En caso de alcanzarse, habría que tener en cuenta que este acuerdo no es gratis. (Noruega contribuye con unos 340 millones de euros al año al presupuesto de la UE y no recibe nada a cambio). Además, se ha de cumplir con todas las directivas que salgan de Bruselas, sobre las que no se tiene ni voz ni voto. En el «argot» esto se llama diplomacia por fax. Es decir, Bruselas envía por fax una directiva y el Parlamento noruego tiene noventa días para aprobarla.

En suma, los separatistas galeses nos invitan a adquirir un billete de tren desde nuestra casa (Europa), con destino desconocido (que posiblemente suponga nuestro aislamiento diplomático y comercial) y sin billete de vuelta.

¿Cuál es mi respuesta? «Dim diolch», «¡no, gracias!».

Por Tristan Garel Jones, exvicechambelán de la Corte, tesorero de la Casa de su Majestad Británica.

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