Damnificados de la II República

Es la primera vez, en los setenta y tres años de mi existencia, que me refiero a estos hechos y que obviamente no he vivido, y lo hago por el deslizamiento peligroso que está tomando el relato que se difunde a la población española, que no solamente omite datos y situaciones penosas de antaño, ahora lesivas para sus familias, sino que deforma el análisis real de la Historia, de una forma partidista, disolviendo lo que podría ser, en un estricto sentido, nuestra memoria transmitida por los que vivieron y padecieron la II República.

Decía un significativo socialista, recientemente, que «hasta hace muy poco los ascensos a general en las Fuerzas Armadas españolas eran seguidos con inquietud por el peligro que dichos ascensos podrían significar para la sociedad española». La contestación a dicha aseveración, obvia y actual, no pudo ser otra que la de que las FAS españolas están absolutamente alineadas con los valores constitucionales y el respeto a las leyes. Sin embargo, en la España de 1936, con el Frente Popular en plena ebullición, una persona de derechas, bien vestida, con corbata, religiosa, con una profesión relevante, no digo nada si fuera militar, de uniforme, y que se significara en algún sentido, tenía muy pocas posibilidades de supervivir en el caos político persecutori, en el «terror rojo imperante», que en Madrid fue especialmente significativo.

Le pasó a mi tía carnal, María Paz Martínez Unciti, con la diferencia de que se trataba de una muchacha de dieciocho años, que se debatía en Madrid en el peligroso otoño de 1936; hija de un militar, célebre por su dedicación a la ingeniería y al cervantismo, monárquico, de familia de cierta raigambre, pero que tuvo la «delicadeza» de fallecer en abril de ese año, si no probablemente hubiera sido de los primeros caídos; el citado progenitor había sido en Filipinas de los últimos, y en Marruecos se había batido, en su cometido del Arma de Ingenieros, al mando de un tren blindado que socorre el sitio de varias ciudades por los rifeños.

María Paz compartía sus estudios de instituto con actividades caritativas y cooperativas para los represaliados políticos de ideología de derechas y desfavorecidos en general, elaborando productos artesanales y proporcionándoselos a los «refugiados a la fuerza» de aquella época de persecución en Madrid, en que los derechos humanos protegidos por la II República en sus textos fundamentales brillaban por su ausencia. Visitaba, a su edad, cárceles, pisos donde los más arriesgados albergaban a los de diferente pensamiento, recordando un tanto el ambiente, que tantas veces hemos visto en los medios, del gueto de Varsovia. Arriesgaba, sí, pero le animaba su juventud e ideología naciente, como reacción a la injusticia y al caos político imperante que polarizaba a gran velocidad la sociedad española.

En una de esta peripecias de la joven María Paz, cuando abastecía de productos básicos a un refugiado en una embajada madrileña, una de sus actividades rutinarias, fue detenida por unos milicianos, sin ninguna credencial, y llevada por la fuerza a la temida checa de Fomento, regida en aquel entonces, por turno, por los partidos del Frente Popular que también se integraban en el temido CPIP, entre ellos el PSOE.

Serían las siete de la tarde, en aquel tétrico lugar fue interrogada brutalmente, insultada, amenazada, ofendida y maltratada por un «experto» formado en la «checa soviética», que nada tenía que envidiar a la que, machaconamente, nos ofrecen los medios sobre las del mismo tipo nazis; el objetivo era la delación de los hipotéticos compañeros de María Paz, objetivo que no llegaron a conseguir y que bajo la amenaza de «pegarle un tiro en sus bonitos ojos verdes», pues era muy hermosa, la dejaron por imposible. Doce horas después, María Paz fue sacada de la checa, conducida «en el camión de la carne» según sus verdugos, hacia la carretera de Valencia, y allí, junto al cementerio del pueblo de Vallecas, asesinada de un tiro en la nuca, metodología soviética rápidamente asumida por la izquierda española radical.

La II República, cuyo 88 aniversario de su instauración se celebra (hay que recordar que lo fue por aclamación en las grandes ciudades, que no sometida a referéndum; después, contados los votos, ganó la derecha monárquica en esas elecciones municipales), trajo, en su transcurso, sucesos impresentables de carácter político y social, irregularidades en las elecciones de febrero que habilitarían al infausto Frente Popular, el Levantamiento, la Guerra Civil, la dictadura, etcétera.

Estos hechos no merecen, en absoluto, que se celebren esos fastos, si no se recuerda a los que sufrieron por la inoperancia política y el terror desencadenado, en especial a todos los muertos, en justicia, no a unos pocos.

Ricardo Martínez Isidoro es General de División (R).

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