Daños colaterales

Por Pello Salaburu (EL CORREO DIGITAL, 23/01/07):

Cuando los aviones del Ejército norteamericano sobrevolaban Afganistán o Irak y dejaban caer sus bombas para ver qué pasaba unos cientos de metros más abajo, se producían ‘daños colaterales’. Se refería así el presidente de EE UU a los causados como consecuencia de algo no directamente buscado: por ejemplo, se disparaba un misil contra Bin Laden (¿se acuerda alguien de este señor?), y en lugar de darle a él se acababa con la vida de un pastor y unas docenas de cabras, o se derrumbaba un edificio en Damasco, causando decenas de muertos. Daños colaterales. Cuando de niños tirábamos piedras a los pájaros y se rompía el cristal de la ventana, mientras el gorrión volaba libre a la siguiente, hablábamos de mala puntería. Y de mala suerte, por lo que venía a continuación.

La enorme salvajada de Barajas está teniendo también múltiples daños colaterales. Si atendemos a las explicaciones de la banda, los dos inocentes asesinados y los heridos son daños colaterales. Mala puntería. No sé si los coches destrozados que las grúas han ido retirando durante semanas son también daños colaterales, o se buscaba de forma consciente su destrucción. Cualquiera sabe. Pero lo que sí es cierto es que está produciendo consecuencias importantes a otros niveles.

En Batasuna, por ejemplo. Los dirigentes del partido ilegalizado, una vez recuperados del susto, tuvieron que someter sus cerebros a una labor titánica de desgaste para llegar a dos conclusiones nada sencillas de obtener tras la explosión: en primer lugar, aquello fue un atentado (aunque no lo pareciera, oiga) y, en segundo, no puede haber proceso de paz con bombas (¿atiza!). Todavía no se ha condenado nada. Es evidente que en Batasuna se está produciendo un movimiento mínimo, apenas perceptible, pero un movimiento que si echa a rodar con fuerza suficiente a lo mejor acaba donde tiene que acabar: compartiendo el sentido común con el resto de los mortales (y nunca mejor utilizada la palabra, visto lo visto). El problema que tiene es que ahora los plazos corren, corren con demasiada velocidad para todos, sobre todo para ellos. Están poniendo en juego su propia supervivencia, y ahora parecen ser un poco más conscientes de ello. Éste es un daño colateral de cierta importancia. No muy grande pero, acostumbrados a lo que estamos, menos da una piedra.

En el PSOE. El presidente Zapatero intentó hacer lo que cualquier presidente serio debe hacer, lo que hizo el mismísimo Aznar en su día. Lo hizo tocando las teclas que tenía a mano, pero se encontró con un instrumento que en cada ocasión sacaba un registro desconocido. Es cierto que debía haber abordado con valentía otras cuestiones: haber acercado presos, por ejemplo. Con que hubiera traído a la mitad de los que trajo el PP en su día habría sido suficiente, quién sabe. Y vista la actitud del PP nada peor habría pasado si hubiera atacado con decisión la Ley de Partidos. El PSOE, en particular el Gobierno, ha quedado descolocado por completo, a merced de Rajoy y de baronías internas de los propios socialistas. Es evidente que el atentado va a costar muchos puntos a los socialistas en las próximas elecciones, que pueden ser ganados de nuevo si el PP sigue igual de torpe.

También ha tenido daños colaterales en los populares. Se ha demostrado lo acertado de su análisis: ‘Ya os lo decía yo’. Aunque fuera de esa aseveración no resulta fácil que tenga más repercusión en la práctica. La grotesca actitud del PP durante estos años, pensando siempre que el atentado de Atocha le robó el triunfo (por cierto, un atentado que los responsables de seguridad del PP fueron incapaces de prever y de evitar), ha desafiado la imaginación más calenturienta. Han sazonado de sal gruesa su manía de erigirse como únicos intérpretes del modelo de país. Así como la actitud de ETA tiene un calificativo claro, terrorismo, la de los responsables del PP tiene también un calificativo diáfano: inmoralidad. Ha sido, y sigue siendo, una actitud inmoral. No importa nada lo que está pasando ni lo que vaya a pasar: lo que cuenta es ir como una apisonadora para conseguir votos. La fiereza de Rajoy adquiere tintes cómicos, si no fuera por la tragedia del momento. Pretenden, con esa actitud chulesca de dirigentes de segunda división, impresionarnos a todos. Y de verdad que lo hacen, porque cada vez que abren la boca es para bajar un peldaño más en su indignidad.

Pero hay otros daños colaterales y que irán a más. Tengo la convicción profunda de que la mayoría de los fiscales y jueces procuran cumplir bien con su trabajo, como lo hacemos el resto. Y que aciertan y se equivocan, como todos. Pero también tengo la convicción de que la autonomía del poder judicial, ese poder sobre el que la Transición pasó a una altura razonable, sin rozarlo, está seriamente tocada, en muchos flancos. Llevamos años viendo cómo los jueces son nombrados o votan en sus órganos de gobierno, siguiendo criterios exclusivamente políticos. Los resultados, en cuestiones clave, se pueden predecir. En muchas ocasiones, las sentencias también están afectadas por esta sinrazón jurídica, aunque técnicamente sean irreprochables. Como irreprochable sería la sentencia contraria, estoy seguro. Veremos, por ejemplo, en qué acaba el ‘caso Atutxa’. Algunos magistrados no van a admitir que el presidente de una comunidad autónoma, menos si es Euskadi, pueda tener la desfachatez de enfrentarse con instancias superiores. Hay ya sentencias que absuelven a nuestro ex presidente del Parlamento. Sentencias bien construidas. Pero no seré el primer sorprendido si veo que otra sentencia, también bien construida, pero más acorde con una determinada posición ideológica, lo condena. Lógicamente, el paso siguiente será que alguien solicite la ilegalización de EHAK, a lo que la nueva presidenta del Parlamento, por supuesto, no se podrá negar. Daños colaterales.

Un juez del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (TSJPV), la mayoría de cuyos miembros han sido nombrados por un órgano político con mayoría del PP, se ha dado prisa en imputar a Ibarretxe. Parece que los papeles le queman la mano y lo quiere ver cuanto antes subiendo las escalinatas. Existen sentencias que le indican lo que debe hacer en casos similares, la Fiscalía se lo ha dicho también. Pero no ha esperado siquiera a agotar algunos de los plazos que la propia Administración de Justicia concede al imputado, el lehendakari, para que pueda presentar los documentos que considere convenientes. No: se trata de un asunto urgente. Ahora que el TSJPV ha resuelto ya todos los pleitos que tiene en la mesa, como si la huelga de los funcionarios de Justicia no le hubiera afectado, que no tiene nada más importante que hacer, vamos a imputar al lehendakari siguiendo la denuncia de un sindicato de fondo amarillo, aunque se llame Manos Blancas. Y vamos a hacerlo con prisa, no vaya a ser que huya. El lehendakari es imputado por hablar con los dirigentes de Batasuna, ésos que, un día sí y al siguiente también, han dado decenas de ruedas de prensa sin admitir preguntas y sin que a nadie (¿los periodistas tenían permiso para hablar con ellos?) le pase nada. Vamos a imputar al lehendakari, y que Zapatero vaya tomando nota, porque él (o sus representantes por orden suya) hablaron, no ya con Batasuna, sino con ETA, igual que Aznar en su día. Porque atenta al sentido común que alguien acabe en los tribunales por hablar con Batasuna pero que no le pase nada si habla con ETA. Pero en temas de justicia, apelar al sentido común, más en momentos en los que el polvo de los daños colaterales todavía lo impregna todo, es bastante inútil.

Un juez, si realmente tiene sentido de la autonomía de la justicia, debe pensárselo dos veces antes de sentar a un lehendakari en el banquillo. Es independiente el color del lehendakari. La reflexión valdría exactamente igual en el caso de un presidente de gobierno, sea Rodríguez Zapatero o Aznar. No se trata de un caso penal al uso. Ibarretxe ha tratado de administrar alguno de los problemas políticos más delicados que tiene este país. Por eso hay que pensárselo dos veces antes de decirle ‘Oiga usted, venga aquí’. Ibarretxe es la máxima representación política que tiene Euskadi. A diferencia del juez, millares de ciudadanos le han confiado su voto. Imputar al lehendakari de esta manera tan torpe es una humillación para muchos, muchísimos ciudadanos, que interpretamos este hecho como una metedura de pata garrafal y lo entendemos, dadas nuestras limitaciones naturales, como un ataque frontal de una parte del poder judicial al poder político autonómico. Supone avanzar otro pasito más (de derrota en derrota hasta la victoria final) en el propio desprestigio de la Administración de Justicia. Y eso es lo peor que le puede suceder.

La ley se debe aplicar, faltaría más. Se debe aplicar con tacto, con mesura, con un poco de sentido común. No: con bastante sentido común. No me vale en esta ocasión decir que dejemos a los jueces hacer su trabajo en paz, que no interfiramos. ¿Cómo no van a estar sometidos a la crítica si los mismos hechos, delictivos para los ahora criticados son juzgados por sus propios pares de forma radicalmente distinta? Por supuesto que haremos uso de nuestra libertad de opinar, faltaría más. Y allá el juez, que deberá mostrar su libertad de autonomía y su capacidad de criterio objetivo por encima de críticas que le gusten o disgusten. De lo que no me cabe duda es de que cuando mi lehendakari, nuestro lehendakari (también del juez), suba las escaleras, habrá marcado un antes y un después.