Daños colaterales del caso Gürtel

La corrupción y la financiación ilegal de los partidos políticos no son patrimonio de la derecha. Otra cuestión es si el electorado de izquierdas es más sensible a los casos de corrupción. Esta afirmación vendría avalada por el ciclo electoral 1993-2000, que incluye la última victoria de Felipe González y las dos victorias –la segunda, por mayoría absoluta– de José María Aznar. Entre estos años, el censo electoral pasó de 31 millones a casi 34 millones de electores, un incremento del 9%. En 1993, con una abstención del 23,6%, el PSOE obtuvo poco más de 9.100.000 votos y el 38,8% del total, mientras que el PP logró 8.200.000 votos, que supusieron el 34,8%. En 1996, con una abstención menor, del 22,6%, el PP sacó 9.700.000 votos y el 38,8%, mientras que el PSOE se quedó en 9.400.000 y el 37,6%. El PSOE, minado por los casos de corrupción y del GAL, había perdido la confianza de una parte del electorado (en porcentaje, pero todavía no en votos). En el 2000, la falta de liderazgo y los flecos de la corrupción y del GAL dejaron a los socialistas por debajo de los ocho millones de votos y el 34,2% del total, mientras que el PP obtuvo la mayoría absoluta con más de 10 millones de votos y el 44,5% del total. La clave fue la abstención, del 31,3%, más de ocho puntos superior a la de 1996. Esta elevada abstención se corresponde con la gran pérdida de votos de izquierda desencantados por la corrupción del PSOE. Las circunstancias de las elecciones del 2004 no permiten hacer las mismas consideraciones cuando el PP perdió el poder.

A nivel local o provincial, cuando la corrupción ha venido de la mano del ladrillo, la relación entre corrupción y disminución de la participación electoral no está nada clara, ya que esta funciona como una gran pirámide. En el vértice encontramos los grandes beneficiados por la corrupción (alcaldes, concejales, diputados provinciales, empresas constructoras, etcétera), y, en la base, un montón de pequeños productores y trabajadores de la construcción a los que la corrupción garantizaba el trabajo antes de la caída del sector de la vivienda. Así pues, la corrupción teje una gran red de la que todo el mundo parece beneficiarse, pese a que en la mayoría de casos no son conscientes de ello. Se genera así un sistema de clientelismo que conduce al voto cautivo, que desvirtúa el funcionamiento del sistema democrático. Es el primer daño colateral de la corrupción.

En el caso de la red Gürtel, a medida que se conocen nuevos datos del sumario parece que la corrupción se ha extendido como una mancha de aceite por municipios y comunidades gobernadas por el PP y por las mismas estructuras del partido desde los últimos años del Gobierno de Aznar. Y, ciertamente, los principales dirigentes de la trama parecen haber hecho todo lo posible para obtener beneficios ilícitos: desde especulaciones inmobiliarias hasta la visita del Papa a Valencia. Las últimas encuestas parecen indicar que el caso puede acabar afectando las expectativas electorales del PP, como consecuencia de un retraimiento de su electorado desencantado por la contradicción entre los valores morales que defiende el partido y la gestión corrupta que han practicado algunos de sus cargos electos y de sus dirigentes. Es posible que, insensatamente, algunos de sus adversarios políticos contemplen con buenos ojos y una íntima satisfacción este posible descenso electoral del PP por la vía de la abstención. Lamentablemente, es un error, porque el segundo daño colateral más importante de la corrupción es la destrucción de la credibilidad en el sistema democrático. La corrupción, que en determinados momentos ha afectado tanto al PP como al PSOE, lleva a extender la sensación de que «todos los políticos son iguales», lo que por una parte es profundamente injusto, y por otra contribuye a desprestigiar al sistema democrático, debilitándolo y abriendo el paso a profesionales de la demagogia.

Los valores democráticos se basan en la participación de los ciudadanos y en su capacidad de decidir; así pues, la abstención es la principal enfermedad que puede sufrir. Especialmente en momentos de crisis económica, la corrupción tiene un efecto nocivo y altamente destructivo. Por eso hay que exigir a todos los partidos, y muy especialmente al PP, una profunda regeneración para barrer, de una vez por todas, la siniestra sombra de la corrupción. En ello nos jugamos el futuro y, por tanto, no estaría de más encarar seriamente cómo debería ser el sistema de financiación de los partidos y adoptar las medidas legislativas correspondientes. Se ganaría en transparencia, y, aunque quizá no se acabaría con la corrupción, se reduciría su campo de actuación.

En Catalunya tampoco estamos exentos de la enfermedad de la corrupción ni de prácticas que, aunque legales, son rechazadas desde la ética política. Sería un grave error pensar que no nos afecta o creer que solo es del PP. Si, como hasta la fecha, los responsables políticos se limitan a seguir la práctica del avestruz, podría suceder que el día que levanten la cabeza sea demasiado tarde para todos.

Antoni Segura, catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de Barcelona.