Dar de comer al hambriento, una asignatura pendiente

Dar de comer al hambriento, una maravillosa obra de misericordia, no debería perder nunca su actualidad, sobre todo si pensamos en los pasados días de Navidad, en los que las invitaciones a almuerzos y cenas se han prodigado y no han sido raras las ocasiones en que los alimentos se han desperdiciado.

Impresionan las cifras que el complejo de culpa social nos brinda a menudo, dando cuenta de los millones de personas que padecen hambre y que, por aquella paradoja que habilita la estadística, descienden mínimamente en el número sin dejar por ello de volver cruel la realidad.

Últimamente, con la crisis de la globalización, se ha inaugurado la costumbre de subrayar los desequilibrios sociales, manifestándose, por ejemplo, que cada vez son menos los que tienen más y más los que tienen menos, y colocando –al menos con las palabras– un fustigador acento sobre la iniquidad de la inequidad. Mientras esto ocurre, multiplicamos discursos sobre el desarrollo del progreso, cuando algunos escenarios lo que más bien nos están sugiriendo es hablar del incremento del retroceso.

Desde comienzos del siglo XX son llamativos los planteamientos acerca del hambre, y no hay nadie de buena voluntad que no se haya lamentado de las penosas circunstancias en que viven muchos seres humanos en el planeta. En estudios tan serios como el «Informe sobre el Desarrollo Humano», elaborado por el PNUD, o el publicado conjuntamente por la FAO, el FIDA y el PMA bajo el título «Estado de la Inseguridad Alimentaria en el mundo», se muestran los esfuerzos por superar las situaciones más dramáticas existentes, pero también las realidades innegables de aquel principio que, taxativamente, los latinos expresaban con el non progredi regredi est (no avanzar es retroceder). No hay duda de que debemos afrontar una encrucijada vital: mientras unos luchan por la calidad de vida otros lo hacen por sobrevivir, planteando así dos imperativos que no son contradictorios, pero que sí han de ser ordenados de manera diversa, garantizando en primer lugar la cantidad de vida y luego su calidad. Esto ha de quedar claro porque hay corrientes de pensamiento que achacan al crecimiento de la población los efectos que causa la injusticia.

En su visita a la sede del PMA, el Papa Francisco lo aseveró con rotundidad: «La falta de alimentos no es algo natural, no es un dato ni obvio ni evidente. Que hoy, en pleno siglo XXI, muchas personas sufran este flagelo se debe a una egoísta y mala distribución de recursos, a una “mercantilización” de los alimentos». Esta verdad está indicando que las políticas alimentarias de cada sociedad en concreto, de ser regidas con equidad, justicia y criterio de bien común, no permitirían el espectáculo –fatal en términos humanos– de los marginados que encontramos por doquier.

A este respecto, no son pocos los que defienden que, si no se produjera a tiempo un giro copernicano que lleve a la sociedad, en particular a la occidental, a un cambio radical en sus proyectos de desarrollo, no sería extraño que aumentara el resentimiento de los pobres, que no tendrá comité central con quien discutir o delegados con quienes dialogar, porque la sensación de desamparo de los postergados podría levantar flujos de crispación inauditos, acabando incluso en la peligrosa exhortación del «sálvese quien pueda». Se entiende, entonces, que trabajar para derrotar el hambre y la miseria sea una exigencia insoslayable, que conlleva purificar el corazón de la civilización contemporánea. Esto facilitará que se abran caminos ciertos de paz, de esperanza y de convivencia que hagan palpable, de una vez por todas, el ideal supremo de justicia y fraternidad, al que estamos llamados con urgencia.

En la consecución de esta noble causa es preciso tener la capacidad de abandonar dos tipos de discurso que hacen mal a las ciencias, a la política y a la inteligencia en general. A saber, que la gente no trabaja, cuando a todas luces lo que no hay es empleo para los trabajadores; o el macabro estribillo de que «cada tantos segundos muere un niño de hambre» y de ello se conversa sin escrúpulo alguno, por cierto, en los mismos banquetes que celebran el análisis. Lo que hay que decir sin rodeos es que el bien común está compuesto del derecho a la vida, alimentación, vivienda, educación, salud básica y empleo; capaces todos ellos de solucionar las «cornadas que da el hambre» y lograr que el ser humano llegue a ser, finalmente, lo que está llamado a ser.

Cuando va de por medio el dolor de nuestros hermanos, hay cuestiones cuya solución no admite demora. Es tiempo, pues, de dejar a un lado vacuas retóricas para pasar a la acción en favor de los que padecen hambre y pobreza. La humanidad no puede perder el optimismo, pero ha de alimentarlo con realizaciones tangibles y eficaces, que consientan a cada cual darle sentido a la vida y gozar de la felicidad que merece.

Fernando Chica Arellano, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO, FIDA, PMA.

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