Dar jaque mate al rey con un peón

En abril de 2016, aconteció una reveladora anécdota. Tuvo como marco el encuentro televisivo entre dos protagonistas que, al cabo de cuatro años, serían claves en la nueva realidad política abierta en España al fraguarse el pacto de noviembre de 2019 que alumbró el actual Gobierno de cohabitación socialcomunista. Los protagonistas fueron el hoy vicepresidente Iglesias, entonces y ahora secretario general de Podemos, y el actual valido del presidente Sánchez, Iván Redondo, un audaz consultor que se movía en la órbita del PP. Fue una hora larga en el programa La Tuerka que Iglesias dirigía con la financiación ilegal de la dictadura teocrática de los ayatolás iraníes y al que invitó a un Redondo sobre el que se deshizo en elogios lamentando que siempre hubiera servido a formaciones adversarias. Éste último devolvió cumplidamente tales alabanzas estableciendo que los últimos dos grandes hitos de la comunicación política mundiales habían sido las campañas del Yes, we can, de Obama y las neuronales de Podemos.

Al concluir la charla, el anfitrión proporcionó al invitado una taza con el anagrama del espacio con la condición de recogerla con su mano izquierda. Así lo hizo el spin doctor, como le llamó en línea con la jerga popularizada en Europa por la serie nórdica Borgen, pero en boga en EEUU hacía décadas a raíz de un término del béisbol. Ello satisfizo sobremanera a quien catalogó su oficio de propio de quien está dispuesto a arrojarse por un barranco en pro de su jefe.

Dar jaque mate al rey con un peónAlzando con brío la vasija, Redondo quiso refrendar su buen cartel ante quien le presentó como «culto, rápido y sensible» sacando raudo de su chaqueta, como el pistolero que desenfunda presto su revolver, un peón blanco de ajedrez que depositó en la mano derecha de Iglesias. Antes de que éste abriera la boca, le previno de que no despreciara la pieza. Pese a su pequeñez respecto a las demás, si alcanza la casilla ocho del tablero, puede transformarse en una de las más poderosas. Ello hizo que su destinatario resolviera vivaz: «Con este peón tengo que hacer jaque al rey».

No es fácil, desde luego, dar mate al rey con un peón, como tampoco que la tortuga gane la carrera a la liebre, como en la fábula de Esopo. Pero hay contextos excepcionales que deparan inadvertidos finales. Así acaeció con el apodado mate de Morphy, en honor del genio norteamericano de ese apellido que se comió al rey en dos movimientos con un peón asistido por un alfil y una torre. ¿Acaso no se acostó España monárquica un 13 de abril de 1931 y amaneció republicana al día siguiente sin mediar referéndum alguno ni tan siquiera ganar aquellos comicios municipales las candidaturas republicanas salvo en las grandes urbes?

A modo de broche final, una sonrisa cómplice iluminó los rostros de quienes reeditarían tan feliz pose al sustanciarse el «Gobierno del insomnio» (Sánchez dixit) tras los respectivos fiascos del presidente en funciones y de Iglesias en las elecciones plebiscitarias del 10 de noviembre de 2019. Ello les avino a buscar consuelo mutuo después de intensas refriegas para dilucidar quien era el cocodrilo macho del meandro de la izquierda.

La alegoría ajedrecística del lance televisivo entre Iglesias y Redondo cobra actualidad al haber dejado el camino expedito para que el peón regalado se encumbre en la casilla ocho. Ello sitúa a Sánchez ante el dilema indeclinable de coadyuvar a poner en jaque a la Monarquía constitucional o concluir su Gobierno de cohabitación con una fuerza que combate su acelerado declive radicalizando sus postulados rupturistas. Mucho más en la actual encrucijada institucional española, agravada por la mala forma en que Don Juan Carlos ha debido desalojar el Palacio de la Zarzuela. Ello debió haberse producido al abdicar en junio de 2014, como el emperador Akihito al ceder el Trono de Crisantemo. Este envite ha avivado el imaginario pandemonio de los detractores del régimen constitucional de que el monarca de la Transición marchaba al exilio como su abuelo Alfonso XIII y se enviaba al vertedero de la historia la democracia coronada que ha posibilitado el mayor periodo de libertad y bienestar de la Historia de España.

Hasta hace unas jornadas en que Sánchez parece experimentar un giro en sus declaraciones, éste había instrumentalizado las informaciones comprometedoras sobre el patrimonio oculto del Rey Emérito para desviar la atención pública sobre la nefanda gestión gubernamental, tanto sanitaria como económica, a causa del coronavirus. En paralelo, su socio Iglesias ha estrujado el escándalo para esconder la corrupción del populismo neocomunista, así como las complicaciones del caso Dina en cuya instrucción judicial ha pasado de presentarse como víctima a rondar su imputación. Ello ha destapado su montaje sobre una supuesta conspiración mediático-policial para remontar la caída en picado en las encuestas en vísperas de los comicios de abril de 2019. No en vano, se había entronizado al frente de una nueva casta con derecho a vida regalada en su casoplón de Galapagar desde el que mirar desde arriba a aquellos de abajo que presumía representar.

Asimismo, los aliados soberanistas de Sánchez tampoco desperdician estas semanas de vértigo y confusión para avanzar en la destrucción del orden constitucional y en la desintegración de España. Un proceso en marcha que se aceleró con el intento de golpe de Estado separatista en Cataluña y que, en cierta forma, Sánchez legitimó al buscar en el los sus socios de investidura Frankenstein para desalojar a Rajoy y luego tener que supeditar su acción de gobierno a estos sufragios hipotecarios.

Al observar tan espuria conjura de intereses, escandaliza que, sin respetar el Estado de derecho, encabecen la lapidación del monarca jubilado quienes, no es ya que no estén libre de pecados, sino que descuellan en vicios y culpas, cuando no en crímenes como el brazo político de la banda terrorista ETA, además de no contemplar como alternativa ninguna república democrática sino esas otras que, bajo ese embozo, ocultan férreas dictaduras corruptas. No por casualidad muchos de los países más desarrollados de Europa son monarquías parlamentarias en las que, cuando sus Familias Reales no se atienen a la ejemplaridad debida, sus Ejecutivos adoptan correctivos sin cuestionar su validez. Así obraron los gobiernos socialistas de Gran Bretaña o de Holanda cuando el annus horribilis de Isabel II en 1992 o con el cobro del príncipe Bernardo en 1976 de sobornos del fabricante de aviones estadounidense Lockheed para que los Países Bajos adquirieran sus equipos.

Tanto Tony Blair como Joop den Uyl estuvieron a la altura de las exigencias de la coyuntura. Como el presidente Rajoy y el jefe de la oposición Rubalcaba suscribiendo su modélico acuerdo de Estado para ejecutar la inaplazable cesantía de Don Juan Carlos que evitara que el campo minado que le rodeaba no desencadenara secuelas colaterales que desestabilizaran la institución. Por eso, no se entiende que, al rebrotar informaciones comprometedoras sobre el enriquecimiento y ocultamiento de la fortuna del soberano emérito, se haya recurrido esta vez a una solución de mesa camilla entre la Casa Real y La Moncloa para desahuciar al viejo rey de Zarzuela tras ser abocado a ello por un Sánchez que, por primera vez, ha dado un valor inusitado a estas «inquietantes y perturbadoras» informaciones, como si ahora hubieran sido escritas en papel barba de las sentencias judiciales. A modo de cortina de humo, Sánchez no ha rehuido la tentación de usar al Rey Emérito como esos juanillos que son calcinados la noche de San Juan en algunos pueblos andaluces, pero cuyo fuego puede írsele de las manos a sus promotores haciendo que arda como una tea todo lo que le circunscribe.

En este sentido, urgida por las circunstancias y apremiada por el Gobierno, la Casa Real ha cometido el aparente error de libro de fiar la suerte de la Monarquía a un imprevisible Sánchez, sin la participación ni el conocimiento del primer partido de la oposición, así como tampoco de los ministros de Podemos. Ello prueba tanto su escaso sentido de Estado como la abierta desconfianza que anida dentro de un Gobierno en el que la parte socialista proclama su lealtad constitucional frente a la parte podemita que auspicia su demolición en favor de un cambio de régimen.

La Casa Real arriesga mucho con un Sánchez que tiene a gala manifestar una cosa y hacer otra en cuestiones no precisamente baladíes. De hecho, con respecto a las líneas rojas que dijo que respetaría, acabó conduciéndose por ellas. Como los kamikazes que invaden el carril contrario sembrando el pánico entre quienes se ajustan a lo establecido por el código de la circulación.

Dependiendo en qué sentido empuje el viento, puede girar como una veleta de modo que, en horas 24, puede pasar de defender la institución monárquica a situarse al frente de una manifestación antimonárquica. En este sentido, al Rey de España le puede suceder lo que a su bisabuelo Alfonso XIII con un desengañado monárquico de la prosapia de Miguel Maura. Al visitarle con el fin de despedirse, el monarca le inquirió afectuoso sobre donde se marchaba. «Al campo republicano, Señor», contestó el vástago de Don Antonio Maura.

Emilio Castelar, efímero presidente de una fugaz I República de la que luego despotricaría diciendo que había trabajado veinte años para traerla, pero que Dios le perdonara y la Historia le olvidara si consistía en el desastre que estaba siendo, ponderaba que, para durar, las monarquías debían de ser de izquierdas y las repúblicas de derechas. Así lo entendió Don Juan Carlos que, en octubre de 1982, saludó con alborozo el triunfo del PSOE. Era la oportunidad de consolidar un reinado que no sería breve como vaticinó Carrillo merced a un modélico monarca que propició el tránsito de la dictadura a la democracia y afianzó ésta frente a avatares como el intento de golpe de Estado militar de febrero de 1981.

Claro que, como Oscar Wilde pone en boca del protagonista de Un marido ideal, «cuando los dioses quieren castigarnos, hacen realidad nuestras plegarias», y desde esa precisa hora Don Juan Carlos se olvidó del ejercicio de contención que había ejercitado desde su entronización. Creyó que todo le estaba permitido con la anuencia de un Gobierno que, bajo la bandera de la regeneración, cayó en la degeneración de una corrupción institucionalizada que pudrió desde la Guardia Civil al Banco de España, a la Casa de la Moneda y Timbre, y así un inabarcable etcétera.

Cegado en aquellos días de vino y rosas, el Rey Emérito se tomó el capricho de desembarazarse del jefe de la Casa Real, Sabino Fernández-Campo, harto de que le recordara su condición mortal. Don Juan Carlos no se atuvo a la máxima de Goethe de que «contenerse es extenderse». Cuando esa regla le había rendido frutos valiosos e impagables en un país sin monárquicos de forma mayoritaria, pero que se hizo juancarlista por la gracia de su gran labor. Perdiendo el sentido de la realidad de los primeros lustros de reinado, desoyó los reproches de su ayuda de cámara.

A Fernández Campo, su gran apoyo el 23-F, no le dio tiempo a pedir el caballo más veloz que le pusiera a salvo, tras mostrarle la verdad a Don Juan Carlos y advertir en su malhumorada faz que la verdad engendra odio. No fue casual que, al ingresar en la Academia de Ciencias Morales bajo la Presidencia del Rey, el general ofreciera una relectura de El Príncipe, de Maquiavelo, en la que éste recomienda a los gobernantes «huir de los aduladores». Por no atenerse a ello, el motor del cambio comenzó a griparse y a deslizarse por un plano inclinado que tiene temporalmente fuera de España a este anciano que fue un niño exiliado en un apartamento de Roma y cuyo padre vivió en el destierro hasta casi el fin de sus días.

No hay sistemas perfectos, sino que se aproximan a serlo en manos de quienes son modélicos en el ejercicio del poder. Ya advirtió Aristóteles que cada forma de gobierno engendra su propia degeneración: la democracia, la demagogia; la aristocracia, la oligarquía; y la monarquía, la tiranía. Pero aquí no se dirime la segunda abdicación de Don Juan Carlos, sino de la Monarquía, tratando de derribar a un ejemplar Felipe VI al que, después de haber adoptado decisiones duras que han afectado a padre, hermana y cuñado, no se le perdona no haber hecho dejación de sus atribuciones de Jefe de Estado en lo que toca a preservar la integridad territorial de España.

Esta trascendental partida por el porvenir se dilucida, en definitiva, en un tablero al que al peón regalado a Iglesias se le ha dotado de un poder inimaginable por quienes estaban dedicados a joder al votante medio, seguros de que la polarización les ayudaba a sostenerse en el Gobierno sin alcanzar el 30% de los votos, de modo que ganando o perdiendo se asegurarían el Gobierno con la colaboración de quien fuera menester. Llevado por su admiración por la serie The Wire (Bajo escucha), Redondo olvidó que Iglesias estaba en la dinámica de Juego de Tronos. Una colección que el dirigente podemita obsequió a Don Felipe en una ronda de entrevistas sin que el monarca hubiera visto hasta entonces la saga, aunque se maliciará la intención que movía a quien no ha cejado nunca en su empeño. ¿Se atreverá Sánchez a poner al peón en su sitio?

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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