Darle más voz a China

Hace unos días, cuando el Reino Unido anunció su decisión de integrarse como miembro fundador a la propuesta china de un Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (BAII), la prensa se hizo eco no tanto de la noticia cuanto de los roces que esto provocó en la relación bilateral con Estados Unidos.

La Casa Blanca emitió una declaración donde exhortaba al gobierno británico a “usar su voz en la defensa de la adopción de altos criterios de gobernanza” en dicha institución; y se citaron palabras de un alto cargo del gobierno estadounidense que acusó al Reino Unido de tener una actitud “de permanente condescendencia con China, que no es el mejor modo de relacionarse con una potencia en ascenso”. Pero en la práctica, la actitud equivocada es la de Estados Unidos.

El cortocircuito diplomático dio a la prensa británica una ocasión de airear las críticas de quienes piden una actitud más firme hacia China y piensan, por ejemplo, que el gobierno se equivocó al no apoyar más claramente las protestas prodemocracia del año pasado en Hong Kong y al mantener distancia del Dalai Lama (como parece que ocurrió) durante la visita del primer ministro David Cameron a China en 2013.

Ciertamente el Reino Unido debe defender sus puntos de vista; pero eso no implica adoptar una actitud de confrontación respecto de los asuntos internos chinos, sobre todo en el caso de Hong Kong, donde el Reino Unido perdió sus derechos al devolver la ciudad al control de China en 1997.

También Estados Unidos debería empezar a aceptar el hecho de que el mundo está cambiando. Sus legisladores todavía no ratificaron el acuerdo de 2010 que otorga a China y otras grandes economías emergentes más poder de voto en el Banco Mundial y en el Fondo Monetario Internacional. En el tiempo transcurrido, la economía china creció a casi el doble y el acuerdo se volvió obsoleto.

La renuencia de Estados Unidos (junto con Francia, Alemania e Italia) a dar a las potencias emergentes una representación adecuada en el sistema financiero internacional es contraproducente, porque incentiva la creación de instituciones paralelas como el BAII y el Nuevo Banco de Desarrollo, fundado en 2014 por los países del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

En unos días visitaré China, en mi carácter de presidente del Comité sobre Resistencia Microbiana a Antibióticos designado por el gobierno británico y también como participante del Foro de Boao para Asia, un evento similar a la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos. Espero alentar a los funcionarios chinos a priorizar la lucha contra la resistencia a antibióticos cuando China presida el G20 en 2016. Y aunque no soy el embajador británico, me será grato también manifestar mi apoyo a la decisión del gobierno del Reino Unido de integrarse al BAII y mi convicción de que el rechazo de Estados Unidos a esa decisión es un error.

La economía china ya vale diez billones de dólares y supera a las de Francia, Alemania e Italia combinadas. Incluso si su tasa de crecimiento se desacelera al 7% anual, este año el país aportará unos 700.000 millones de dólares al PIB mundial. Si Japón quisiera hacer algo así, debería crecer más o menos al 14%.

De modo que para todo país que quiera participar del comercio internacional es fundamental identificar las necesidades de China. En el caso del Reino Unido, esto incluye obviamente el área financiera (así como el deporte, la música, la moda y tal vez la atención de la salud). Es perfectamente razonable que el Reino Unido promueva sus propios intereses mediante la cooperación con China.

Una de las pocas consecuencias positivas de la crisis financiera de 2008 fue el surgimiento internacional del G20, un foro que, en principio, es mucho más representativo del liderazgo internacional que el G7 en toda su historia. Pero también hay una desventaja: la gran cantidad de miembros del G20 puede dificultar el logro de acuerdos y su implementación.

Es necesario pues crear un nuevo G7 dentro del G20 y dar a China un grado de influencia que refleje su importancia económica (y la obligue a asumir una cuota comparable de la responsabilidad internacional). Para hacerle a China lugar en la mesa bastaría que los países de la eurozona, en señal de compromiso con su moneda común, aceptaran renunciar a sus asientos individuales a cambio de una representación única para el conjunto de la unión monetaria. Y Estados Unidos, finalmente, también tendría que aceptar el nuevo papel de China en el mundo.

Este año el FMI debe recalibrar los coeficientes que usa para el cálculo de los derechos especiales de giro, su unidad contable basada en una canasta de monedas que incluye el dólar estadounidense, el euro, la libra esterlina y el yen. Casi todos los criterios económicos y financieros indican que es hora de agregar el renminbi. Sería conveniente que Estados Unidos no se oponga a una propuesta en ese sentido, ya que hacerlo podría acelerar el declive de las instituciones financieras internacionales establecidas.

También es hora de que el Congreso de los Estados Unidos ratifique el acuerdo de reformas al modelo de gobernanza del FMI y el Banco Mundial. Con la fundación del BAII y del Nuevo Banco de Desarrollo, China y otras potencias emergentes han enviado una señal de que ya no pueden seguir esperando una mejor representación. Y decisiones como las del Reino Unido (junto con Francia, Alemania e Italia) demuestran que no están solas.

Jim O’Neill, a former chairman of Goldman Sachs Asset Management, is Honorary Professor of Economics at Manchester University, a visiting research fellow at the economic think tank Bruegel, a fellow of the University of Cambridge’s Center for Rising Powers, and Chairman of the Review on Antimicrobial Resistance. Traducción: Esteban Flamini

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