De aquellos polvos…

Conocí a Jordi Pujol cuando ambos éramos estudiantes y él vino a Madrid a tomar contacto con los que aquí nos oponíamos al régimen de Franco. Venía recomendado por Pasqual Maragall, amigo mío de la infancia. No congeniamos gran cosa, porque le calé inmediatamente: era separatista y de derechas. Poco después fue detenido por la brigada social, maltratado, juzgado y condenado a varios años de cárcel. No se le podía negar la entereza, rayana quizá en el heroísmo. Entonces era un hombre delgado, menudo, que traslucía empeño en la persecución de una idea, y un cierto mesianismo.

Nunca más le volví a ver salvo un encuentro ocasional hace unos pocos años, ya retirado. Pero, cómo no, seguí con atención la meteórica carrera bancaria y política de este médico que fue profeta en su tierra, y siempre me sorprendió que no llegara a materializar el proyecto separatista que indudablemente llevaba en la cabeza y que fue el faro que iluminó su camino, el objetivo último de su larga trayectoria. Alguien debiera preguntarle por qué nunca llegó a dar el paso decisivo, el que su acólito Mas está dando ahora de manera torpe, patética, confusa y obcecada. Quizá respondiera con una de sus muletillas preferidas: ‘Aleshores no tocava…’ Yo creo, sinceramente, que ni tocaba entonces ni mucho menos toca ahora, pero hay otra pregunta: ¿para qué, si no, tantos años de preparación?

De aquellos polvosPujol dio todos los pasos que conducían hacia la independencia, de manera gradual, paulatina, cautelosa. Fue dando pasitos y deteniéndose para ver si provocaban reacción. Quizá fue esa prudencia lo que le impidió rematar la faena. O quizá temía que se airearan sus latrocinios, como ahora está ocurriendo. En todo caso, ya prefiguró sus planes desde su gran trampolín, Banca Catalana, subvencionando entidades nacionalistas, comprando medios de comunicación que adoptaran la línea que él marcaba, persiguiendo con saña a los que no seguían el guión nacionalista que él dictaba; todo sin estridencias ni violencia, persiguiendo, sin prisa pero sin pausa, el objetivo que se había marcado desde sus años estudiantiles. Maniobró con su astucia característica: preconizó la vuelta de Tarradellas, a quien no podía ver ni en pintura, pero que le sirvió para detener la marea izquierdista que entonces dominaba en Cataluña, y utilizó sus impecables credenciales antifranquistas para que los votantes fueran aceptando el nacionalismo como sustitutivo del socialismo. ¡Cuántos comunistas ingresaron en la caverna identitaria! Y así, de manera inopinada, se alzó con la victoria electoral en 1980 y puso en marcha el proyecto nacionalista que era su Evangelio y que anunció ya en su discurso inaugural.

El plato fuerte de ese programa era el adoctrinamiento de la población. Había que hacerse con las palancas que moldean la opinión: los medios y el sistema educativo. Había que hacer del catalán la lengua única oficial, el gran ‘fet’ diferencial: grabar esto en las mentes de los ciudadanos era la tarea prioritaria. En cuatro años se renovó el sistema educativo, seleccionando a los profesores más identificados, y adoptando los libros y los métodos más acordes con el programa. La política de medios siguió arbitrios bien conocidos: a los afines y sumisos, apoyo decidido; si no bastaba con ellos, se creaban nuevos canales y periódicos: TV3 fue el buque insignia. A los no adictos, ni el pan ni la sal. Para un sector tan inseguro como el de la comunicación, la hostilidad del Gobierno era casi una sentencia de muerte. Así, en pocos años convirtió la mayoría simple de 1980 en la mayoría absoluta de 1984.

Pero apareció un grave problema: al dar Pujol el salto de la banca a la presidencia, el trampolín se vino abajo con estruendo. Allá quedaron pufos y gatuperios de todas clases: a Dios rogando y con el mazo dando, qué demonio. La caridad bien entendida empieza por uno mismo. Y claro, dos fiscales progres y metomentodo investigaron y pusieron una querella hasta al mismísimo ‘president’. El tan acariciado programa nacionalista estuvo a punto de irse a pique. Pero Pujol decidió echar el resto y organizó una manifestación monstruo el día de su toma de posesión, identificando su persona con Cataluña, al igual que Franco se identificaba con España en la Plaza de Oriente cuando alguien atacaba su régimen en el extranjero. Todos los medios al alcance de la Generalidad y del partido entraron en juego para movilizar al personal y atribuir al Gobierno socialista de Madrid una siniestra conspiración “contra Cataluña”. Pujol dio un discurso acusando a los socialistas de corruptos. “De ahora en adelante”, dijo, “de ética y de moralidad solo hablaremos nosotros”. A los socialistas de Barcelona casi los lincha la multitud enardecida, y los de Madrid se asustaron. Estábamos en 1984: Orwell hubiera disfrutado con el espectáculo. La fiscalía arrió velas: la querella se juzgó en Barcelona y todo el mundo fue absuelto. A partir de entonces, el programa nacionalista procedió a toda máquina. Y en esas estamos.

El sentimiento nacionalista y separatista subió en las encuestas como la espuma. Los catalanes no nacionalistas quedaron abandonados en el foso de los leones; aunque fueran mayoría (que lo siguieron siendo, pese al acoso y el adoctrinamiento continuo de Convergència y la Generalidad) estaban fragmentados, aislados, proscritos en su propia tierra. Los gobiernos de Madrid sólo hablaban con los nacionalistas. Y cuando éstos perdieron las elecciones en 2003, los socialistas se esforzaron por demostrar que ellos eran aún más nacionalistas que Convergència. Aunque estrictamente hablando el nacionalismo no tenga la mayoría del electorado, la ley está sesgada en su favor, como se ha podido ver en las últimas elecciones: con minoría en las urnas, tiene mayoría en el Parlamento.

Y ahora viene lo mejor: los nacionalistas son pésimos gobernantes. Absortos en sus ensueños de soberanía, no están para perder el tiempo en pequeñeces como cuadrar las cuentas, o fomentar la eficiencia y la calidad en la educación o en la sanidad. Lo importante no es que los médicos sean buenos, sino que hablen en catalán; lo mismo pasa con los profesores; tampoco importa que las empresas sean eficientes: lo relevante es que aporten a las arcas del partido. Claro, esto se acaba notando y la mejor manera de que la gente se olvide del mal gobierno es multiplicar la propaganda y la doctrina, y echar la culpa de todo a España.

Pero además de alienar al votante, el desgobierno produce endeudamiento creciente; y resulta que el único prestamista que encuentran los separatistas es… el Gobierno de España. Sin apoyo internacional, ni diplomático ni financiero, los nacionalistas, que no cuentan tampoco con el apoyo de la mayoría de la población, pero sí con el de la ‘franja lunática’ de la CUP, quieren romper con su única fuente de sustento. Hace un año, en esta misma tribuna, yo comparaba la situación política en Cataluña con los esperpentos de Valle-Inclán. Por desgracia, el tiempo me va dando la razón.

Entretanto, los gobiernos de Madrid han dado y dan muestras de una prudencia cobarde, temiendo que la aplicación de la ley, algo que no se acostumbra en la Cataluña convergente, pueda provocar otra explosión como la de 1984. ¿Pero no conocen el dicho catalán? ‘Qui paga mana’. ‘El que paga manda’. Pues entonces, hombre.

Gabriel Tortella es economista e historiador. Prepara un libro sobre Cataluña en España con Clara Eugenia Núñez, Gloria Quiroga y José Luis García Ruiz.

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