De Aragonés a Aragonès: el apellidismo nacionalista trans

Pere Aragonès, con los indultados por el Gobierno de PSOE y Podemos
Pere Aragonès, con los indultados por el Gobierno de PSOE y Podemos

Acaba de publicarse un libro sobre la escritora feminista María de la O Lejárraga (1874-1974). Lejárraga escribió buena parte de sus obras con los apellidos de quien fuera su marido, Gregorio Martínez Sierra, del que además se había separado con antelación. Un misterio.

El trabajo en cuestión se titula Luz ajena. El enigma de María Lejárraga y su autora, la investigadora tudelana Isabel Lizárraga Vizcarra, trata de indagar en las razones de esa operación de borrado de la propia identidad.

Para mí, aparte de la obra oculta de María Lejárraga, que la situaría incluso a la altura de la de Clara Campoamor, me atrae mucho más eso tan intrigante de que sustituyera su propio apellido vasco por los de su marido, que eran españoles. Algo así sólo podía pasar porque esta señora no vivía en el País Vasco o en Cataluña.

Porque fuera del País Vasco o de Cataluña no se conoce ni se entiende ni se sufre algo que dentro de esas regiones existe, pero que pasa desapercibido, por silencioso e inadvertido a primera vista para el que no vive ahí: la obsesión apellidística. Que es, sin duda, la señal identitaria por antonomasia de esos territorios.

Territorios donde el nacionalismo ejerce su influencia mediante la discriminación étnico-apellidística, junto con la estigmatización de quien se sale de ese mundo peculiar y tóxico basado en la paranoia antiespañola.

¿Por qué la izquierda, tan preocupada por las cuestiones de género, de las que hace su principal bandera ideológica (al mismo nivel que la memoria histórica), no ha abordado nunca lo que supone que en País Vasco y Cataluña los ciudadanos sufran la dictadura de unos apellidos que clasifican a los naturales de ambos territorios en ciudadanos de primera o de segunda? ¿Será por su connivencia, dependencia o acomplejamiento respecto de los nacionalismos en esos territorios?

Pedro Aragonés García, el actual presidente de la Generalidad de Cataluña, lo tuvo fácil porque Aragonés en catalán es Aragonès y García es Garcia. Algo tan nimio e inaprensible como dos tildes lo salvaron.

Pero qué pudieron hacer socialistas como José Montilla Aguilera, entre 2006 y 2010, y Francisco Javier López Álvarez, entre 2009 y 2012, cuando fueron uno molt honorable catalán y el otro lehendakari.

El primero no hizo nada, obviamente porque no pudo, salvo ponerse Josep, y el segundo se puso Patxi. El caso es que ambos ejercieron de perfectos colaboracionistas durante el corto, tasado e irrepetible periodo de sus mandatos para que los nacionalismos respectivos pudieran proclamar: “¿Veis? ¿Veis como no somos discriminadores con quien no tenga apellido no vasco o no catalán?”.

Si a la izquierda le preocupa el género o la memoria, pero no una barrera social tan discriminadora como el apellidismo, habrá que buscar en otros sectores ideológicos quien lo pueda gestionar.

Esto sólo ocurre en sociedades como la vasca y la catalana, donde la inmigración española ha llegado a ser mayor que la población nativa. Una inmigración española (y vayan familiarizándose con esta idea porque es la pura verdad) que es la principal causante de la fortaleza de los nacionalismos vasco y catalán. Compárese con lo que ocurre en Galicia, donde hay un nacionalismo gallego perfectamente teorizado, pero sin fuerza política, debido única y exclusivamente a que no hay inmigración española allí.

La solución sería muy sencilla. En esos territorios, cada uno podría apellidarse como quisiera. Igual que se hace con los nombres de pila. Barra libre en el Registro Civil. Pero con apellidos de carné de identidad y todo, no de boquilla. Ya se buscaría la forma técnica de hacerlo.

Sería algo así como lo que se hizo con las matrículas de los coches allá por el año 2000, cuando se quitaron las letras de las provincias y se pasó a una numeración igual y correlativa para toda España. Mano de santo. Ya nadie sabe si tu coche es andaluz, vasco, catalán o madrileño.

Qué respiro, qué manera tan hermosa de recorrer España como un español más, sea cual sea tu lugar de residencia principal o secundaria. Al nacionalismo se le acabaría así la bobada de las genealogías y del que es de aquí o no es de aquí.

Y los acomplejados por no ser vascos o catalanes de primera, que se pusieran todos los apellidos que quisieran, a plena satisfacción, ¿qué más le daría a nadie? O que se los inventaran. O que rescataran apellidos extinguidos.

En cambio, miren el espectáculo tan triste que tenemos hoy. La verdadera razón de la fuerza nacionalista en esas dos comunidades hay que buscarla en los inmigrantes españoles en esos territorios, o en sus hijos y nietos, que quieren hacerse los catalanes o los vascos mediante el nacionalismo, aunque caigan en el ridículo intentándolo.

Se convierten así en vascos o catalanes de segunda en lugar de ser españoles de primera.

Hay ejemplos a mansalva. En las últimas elecciones autonómicas catalanas, la aspirante Àngels Chacón, ¿qué hizo con ese apellido queriendo pasar por nacionalista catalana moderada? El ridículo. Y eso que la acompañó en la campaña Andoni Ortuzar, el presidente del PNV. Otra forma de tranquilizar su conciencia discriminadora en el País Vasco. Porque ¿cuántos militantes del PNV que no tengan apellidos vascos pueden aspirar a lehendakari? Ninguno.

¿Qué pasa en la llamada izquierda aberzale? Lo mismo. Miren en EH Bildu. ¿Quién manda? Arnaldo Otegi. Y dentro de los partidos que conforman esa coalición, ¿quién preside Sortu, la antigua Batasuna, sin que se le oiga apenas y sin ninguna relevancia fuera del País Vasco? Un tal Arkaitz Rodríguez Torres. Este Arkaitz ¿podría aspirar algún día con esos apellidos a mandar en Bildu? Permítasenos la duda.

Y qué papelón el de los representantes nacionalistas en el Congreso. Los Aitor Esteban Bravo, Oskar Matute García de Jalón o Gabriel Rufián Romero. Todos ellos saben que nunca podrían encabezar un cartel electoral para lehendakari o para molt honorable, pero ahí están, en su papel de segundones, como relleno de fiel infantería, siendo vascos y catalanes de segunda, en lugar de ser españoles de primera.

El transapellidismo sería la salvación para todos ellos, el fin de sus ansiedades, la liberación de sus paranoias. Ya no tendrían que hacerse los nacionalistas para ser vascos y catalanes de primera. Y a los nacionalistas patanegra se les acabaría el monopolio de su ascendiente social.

Yo creo de verdad que esta es la única manera de que el País Vasco y Cataluña se regeneraran, se tranquilizaran, se convirtieran en sociedades respirables y normales y se acabara en ellas con la discriminación soterrada, inefable e inconfesable del apellidismo. Y así Pedro Aragonés García ya no tendría que hacer virguerías con las tildes para aspirar a ser catalán de primera.

Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV/EHU.

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