De Arcimboldo y Sarkozy. París (II)

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 01/12/07):

Mi intención era la de hablar de Giuseppe Arcimboldo, un pintor curioso, frío, divertido – o al menos así me lo imagino-, sabio, imaginativo, buen promotor de sí mismo; elemento sin el cual no hay artista que prospere, porque los artistas no son los que hacen imágenes sino también los que viven de la imagen. Desde 1987 y la gran exposición que se le dedicó en Venecia, la que le sacó del olvido por decirlo así, he sentido una atracción un tanto morbosa hacia la vida y la obra de Arcimboldo. Morbosa, lo preciso, porque como pintor no me interesa un comino pero como productor de singularidades artísticas me fascina. Ahora París le ha consagrado una antológica donde es difícil contemplar algo sin pisar callos y empujar ancianas, porque Arcimboldo está de moda. Arcimboldo es uno de esos pintores que provocan el “oh la la” del manual del filisteo.

Pero por más que mi intención sea la de escribir sobre el bueno del Arcimboldo, no puedo evitar pensar en Sarkozy. Me estoy refiriendo a París. ¿Cómo demonios puede uno escribir sobre un pintor del siglo XVI y obviar que la política, ese oxígeno sobre el que se mueve la sociedad, y hacer yo mismo de Arcimboldo impostado y exponer la pericia del artista al reconstruir la Primavera, así, con mayúsculas, o el Otoño, sobre un rostro en el que se ven plantas y frutos y flores y hojas y toda la parafernalia de esa gran estilista que es la Naturaleza? ¿Y Sarkozy?

Tengo una fórmula de acercamiento, una trampa estilística, que podría consistir en desarrollar la diferencia entre audacia y valor. La gente suele confundirlos. Arcimboldo fue un pintor audaz y a lo que sé nada valiente.

Nacido en Milán, de obligado padre pintor – no es común tal pericia en la ejecución de sus obras sin un conocimiento de cuna.Milán pertenecía entonces a los Habsburgo que tenían capital en Viena. Eran aquellos emperadores gotosos que se repartieron medio mundo. Arcimboldo perteneció ya a la siguiente generación de emperadores, la de Maximiliano II, que le dio por la ciencia naturalista convirtiéndose en auténtico experto, para lo que concitó en su corte de Viena innúmeros artistas calcadores de la naturaleza. A veces obviamos cosas tan evidentes como que para hacer posible el estudio de un mono, lo primero es retratarle escrupulosamente en diversas posiciones, y eso, en un tiempo donde casi todo se hacía a mano, convertía al artista-pintor en un imprescindible colaborador de las ciencias de la naturaleza.

Pero Arcimboldo era más y por eso llegó a construir auténticos artefactos para la pedagogía de la naturaleza, ideando figuras formadas por los productos del campo, donde los ojos eran uvas, las orejas berenjenas, las narices pepinillos y las bocas vainas de guisantes. Y al final, el abigarrado retrato podía contemplarse como una exhibición agrícola sofisticada, tanto, que ocupa un lugar de excepción en la pintura que ha dado en llamarse manierista,porque no saben dónde demonios catalogarla. La catalogación ha sido una exigencia legendaria de la pedagogía y la investigación científica que ha facilitado el trabajo de muchos maestros y que ha complicado la vida de muchos alumnos. Siempre me he preguntado cómo fue posible que prosperara término de catalogación tan absurdo como el de Edad Media. ¿Media de qué? Aún hoy debo pensármelo un rato antes de saber diferenciar la Alta Edad Media de la Baja Edad Media, sin entrar en mayores precisiones que convierten el término en un galimatías. Arcimboldo está adscrito al Renacimiento tardío, facción manierista.

Sarkozy no es audaz, es valiente, y eso en política conservadora presenta perfiles dignos de examinarse. Han transcurrido nueve días de huelgas en Francia. Por cierto, ¿se acuerdan de Chirac? ¿La información bomba que servía para tapar las otras? Se acabaron las huelgas, se acabó el asunto Chirac. Ni una línea; fíjense en el detalle porque es importante. La valentía en la política conservadora constituye un riesgo de principio, porque si hay algo que detesta el votante conservador son los riesgos que provoca la valentía del gobernante. En España hubo un caso de manual. Un político inequívocamente conservador y al tiempo valiente. Fue Maura, don Antonio. Acabó fatal, desde el rey Alfonso XIII hasta el Partido Socialista, que llegó a amenazarle de muerte por boca de Pablo Iglesias, no supo compaginar su arrojo con el tratamiento de la opinión pública. Y ahí está el quid. No se puede ser valiente en política si a uno no le sustenta la opinión pública, o lo que es lo mismo, si usted no dispone de los mecanismos necesarios para manejar a la opinión pública. Maura consideraba a los periodistas como parte del servicio, y a los patronos de los periodistas más o menos como empresarios de lupanares. Tenía por el gremio en su conjunto un desprecio absoluto. Nole ocurre a Sarkozy. Un conservador valiente sabe que los ciudadanos votan cada cuatro años, pero ven la televisión y leen los periódicos todos los días. La estrategia de conquista mediática del presidente francés acabará estudiándose como modelo estratégico para un gobierno conservador. Compras, alianzas, seducciones, contratos… El día que empezó la huelga, ese mismo, la huelga ya estaba derrotada para todos los que leían periódicos y contemplaban la tele. ¿Cuál es el detalle Sarkozy? Exigió que nadie hablara de victoria o de derrota, sino de negociación. Y en verdad que es bonita la causa y el ejercicio de esa práctica, pero no deja de ser llamativo que una ola de fervor gubernamental ponga el grito en el cielo por “los regímenes especiales de jubilación” de determinadas capas de obreros en trance de extinción, cosa que recuerda a los gremios de aquella Edad Media ya citada, pero nadie ose decir una sola palabra de los “regímenes especiales de jubilación” de los innúmeros ejecutivos de las grandes empresas.Esto es lo nuevo. La opinión pública acepta como un don divino la jubilación multimillonaria de los ejecutivos – porque según un principio posmoderno la economía está sustentada sobre el gerente y el promotor- pero considera fuera de lugar los supuestos privilegios de unos tipos que han construido el tejido de la sociedad industrial de la Europa avanzada. Y no lo digo por nostalgia. Aquello se acabó y no hay en el actual ciclo histórico quien lo recupere. Pero por lo menos déjenme decirlo. No existe más que una razón de peso: ya no hay pastel para todos. Se acabaron los derechos conseguidos en otra época, cuando los sindicatos de trabajadores podían dictar condiciones. Ahora se puede provocar el caos, pero no generar el miedo. El caos dura poco, pero el miedo cuida la viña y echa raíces con pretensión de durar. Se acabó el miedo, el temor y hasta el respeto al viejo concepto de clase obrera. En España basta con mirar a Asturias, la jubilaron con derecho a pudrirse. Mientras no conste lo contrario, queda negociar la derrota, o para seguir la jerga de moda, adaptarse al cambio. La jubilación tras 41 años de trabajo, según Sarkozy, y aquí no hay castas, todos iguales. A partir de ahora, ellos decidirán quiénes no son iguales. Pero de uno en uno. Es el cambio de paradigma, que decimos los pedantes. Malos tiempos para lo colectivo, prima lo individual. A eso lo llaman el esfuerzo por superarse.

Dentro de poco estoy seguro que explicaré a mis nietos que yo conocí obreros con conciencia de clase, y eso me costará un esfuerzo pedagógico mucho más complicado que describir las variantes de Arcimboldo captando el conjunto de las Estaciones del año o los Elementos fundamentales de la tierra. Porque Sarkozy triunfará o no, pero el ciclo es implacable con sus sufrientes súbditos; no permite huir del tiempo que a uno le ha tocado vivir. Sin embargo, el arte es facilísimo de ver en perspectiva. Ahí está el mismo Arcimboldo, murió a los 66 años, terminando el siglo XVI, y fue un olvidado absoluto fuera de un par de textos brillantes escritos por un par de tipos marginales, Pierre de Mandiargues y Roland Barthes. ¿A lo mejor resulta que la recuperación espectacular de Arcimboldo a comienzos de este siglo XXI es un homenaje a la individualidad y al diseño? Fíjense que uno de los cuadros más celebrados en su época y que hoy nos causan pasmo es el retrato del emperador Rodolfo II convertido en una especie de panaché de verduras. Lo tituló Vertumne,que es como se denominaba un dios singular de la romanidad, muy divertido. Lo pintó en Milán, ya retirado con “un régimen especial de jubilación”, disculpen la impertinencia, pero así fue. Al emperador le encantó. Estoy seguro de que a Sarkozy le gustaría que le hicieran algo similar.

Leer primera parte.

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