De asesino a héroe

El definitivo rechazo de Brasil a extraditar al ciudadano italiano Cesare Battisti, condenado a cadena perpetua en Italia por cuatro homicidios, dos de los cuales ejecutados personalmente mediante disparos en la nuca, no constituye únicamente una ofensa a la República Italiana, sino que es también una herida infligida al derecho internacional.

Por si fuera poco, la recentísima concesión a Battisti de la ciudadanía “honoraria” brasileña supone un escarnio que me indujo a renunciar, con profundo pesar, a la invitación del Festival de Paraty que había aceptado hace algunos meses en virtud de la estima que siento por su presidente y por mi editor, a quienes expreso todo mi agradecimiento.

Lo que resulta realmente paradójico es el estatuto que Brasil ha atribuido a Battisti: de asesino a héroe, con multitudes que ensalzan sus empresas y pancartas que lo definen como un “libertador”. Pero de tal tergiversación de la verdad para uso del pueblo no son responsables solo Luiz Inácio Lula da Silva y la propaganda que ha levantado alrededor de tal personaje. Otra buena parte de la responsabilidad corresponde a ciertos intelectuales franceses, algunos de ellos maoístas ayer y hoy próximos a la derecha, enamorados de los terroristas ajenos, que lo han hecho pasar por un combatiente de la libertad, manipulando la historia italiana reciente, al transformar en heroicos revolucionarios a las Brigadas Rojas, a los NAP (Núcleos Armados Proletarios) y otros grupos terroristas que ensangrentaron Italia.

En el caso concreto de Cesare Battisti, no está de más recordar que inició su carrera criminal como un delincuente común asaltando tiendas y supermercados por afán de lucro personal, hasta que en determinado momento, en prisión, se le ocurre poner su experiencia al servicio de un grupo terrorista (los PAC, Proletarios Armados para el Comunismo). Se evade de la cárcel junto al terrorista que lo ha aleccionado y a un mafioso amigo de ambos. A partir de entonces, sus robos adquieren una naturaleza diferente: dejan de ser robos a mano armada y pasan a llamarse “expropiaciones proletarias”. Y si de por medio hay algún que otro muerto, qué se le va a hacer, son gajes del oficio.

Prófugo durante más de 20 años, primero en México y después en Francia, probablemente con la ayuda de altas y turbias instancias (no se embarca uno así como así para las Américas desde un aeropuerto francés con un pasaporte “falso” que viene reconocido como tal en el aeropuerto de llegada), Battisti huyó en 2006 a Brasil y fue puesto inmediatamente “bajo tutela” de las autoridades brasileñas, ante las que declaró que en Italia sería torturado. En virtud del tratado bilateral ítalo-brasileño, Italia solicitó su extradición. La decisión, en la legislación de la joven democracia de aquel país, corresponde al Tribunal Supremo. Primera cosa extraña: el Tribunal Supremo brasileño somete la decisión al parecer del presidente Lula, lo que demuestra que en Brasil el poder judicial está sometido al poder político.

El rechazo a la extradición planteado por Lula se sustenta en el artículo 3 (párrafo f) del Tratado, según el cual un prisionero no será extraditado en el caso de que pueda ser objeto de actos persecutorios en las cárceles de su país. Lula insinúa, por tanto, que en las cárceles italianas se tortura a los prisioneros políticos.

Evidentemente, no ha llegado a consultar los nueve informes, publicados entre 1992 y 2009, del Comité de Estrasburgo para la Prevención de la Tortura, que visita de forma continuada y sin aviso previo todos los centros de detención en Europa, en los que no consta un solo caso de que en Italia ningún condenado político haya sufrido torturas.

Estrasburgo siempre ha puesto de relieve las deficiencias de las cárceles italianas, que conocemos también gracias a la prensa italiana: hacinamiento, condiciones higiénicas precarias, suicidios recurrentes, agresiones y malos tratos hacia detenidos a menudo en espera de juicio, etcétera. Pero nunca ha hablado de torturas o persecución a prisioneros políticos; y si algo así hubiera ocurrido, sin duda los asesinos de Moro u otros terroristas lo habrían dado a conocer.

Y en cualquier caso las observaciones de Lula para mejorar el sistema carcelario italiano están fuera de lugar. Lula debería pensar más bien en mejorar el suyo: en la revuelta de la prisión de San Paulo del 2006, la intervención de los agentes antidisturbios provocó la muerte de 81 detenidos, a muchos de los cuales se les dejó morir quemados vivos dentro de sus celdas.

No me corresponde a mí comentar las tibias formas con las que los ministerios italianos competentes solicitaron la extradición de Battisti o las argumentaciones jurídicas que hubieran podido plantearse ante el Gobierno brasileño y no se han planteado. Ya se sabe que la “competencia” de los ministros y de los abogados de Berlusconi lleva tres lustros demasiado concentrada en coserle a medida leyes personales como para ocuparse de cosas serias. Pero una extradición no es una cuestión política, atañe a las leyes de nuestra República y al derecho internacional. Si Lula ha confundido Italia con el Gobierno de Berlusconi ha incurrido en un equívoco que no depone a su favor.

Pero hay otro extraño asunto, menos conocido por la opinión pública, y gestionado asimismo por Brasil de manera excesivamente desenvuelta en relación con Italia. Si el caso Battisti pertenece a nuestra historia, esta otra atañe a la suya. Entre los años setenta y ochenta los generales brasileños estipularon un acuerdo secreto con el Chile de Pinochet y con las dictaduras militares de Argentina y Bolivia, acuerdo del que nació una organización secreta con el cometido de raptar a sindicalistas, intelectuales y opositores a los respectivos regímenes. Se trata del tristemente célebre Plan Cóndor, cuyos agentes torturaban a sus víctimas en unos talleres abandonados de Buenos Aires, los Automotores Orletti (en la que se inspira la película de Marco Bechis Garaje Olimpo, de 1999).

Uno de los verdugos de Orletti era Alejandro César Enciso, quien huyó de Argentina a Brasil cuando su país recobró la democracia. Enciso vivió durante 20 años sin la menor molestia en un barrio residencial de Río de Janeiro. En sus manos hallaron la muerte también algunos ciudadanos italianos residentes en Latinoamérica. Este verdugo fue detenido en noviembre de 2010, no por iniciativa de la policía brasileña, que se declaró “sorprendida” por su identidad, sino gracias a una investigación realizada por el fiscal auxiliar de Roma, Francesco Capaldo, autor entre otras cosas de una vastísima investigación sobre los crímenes cometidos en esos países durante aquellas feroces dictaduras militares.

La Fiscalía de Roma, a través del Ministerio de Justicia, solicitó la extradición de Enciso el pasado mes de diciembre. Por ahora el Gobierno brasileño no ha contestado, limitándose a declarar que Enciso está “bajo tutela” de la policía. Hasta tal punto “bajo tutela”, que podemos visitarlo en Facebook, donde su perfil nos invita a incorporarnos a su círculo de amigos.

Una agencia de prensa brasileña difundió la noticia de que yo había decidido no ir al Festival de Paraty “en señal de protesta”. No es exactamente así. No me corresponde a mí “protestar”. Es que no tenía ningunas ganas de ver aparecer a Battisti y a Enciso -extremos aparentemente opuestos, hermanados por una común condición veinteñal de prófugos- que confundiendo un festival literario con una sala de justicia, pretendieran discutir sus respectivos casos judiciales con un escritor italiano. Es una eventualidad que no podía prever cuando acepté la invitación de Paraty pero que poco después resultaba perfectamente plausible. Y que hubiera supuesto una apetitosa golosina para la prensa asistente, transformando así una controversia jurídica entre dos países en la comidilla de un evento literario.

Por Antonio Tabucchi es escritor italiano. Traducción de Carlos Gumpert.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *