De Bach y Berlioz a Ratzinger

En los últimos decenios, cuando han tenido lugar coloquios sobre el cristianismo entre filósofos o científicos por un lado y teólogos por otro; aquellos siempre querían tener como dialogante a Ratzinger, no a otros teólogos más liberales o exponentes de la última moda teológica. Sabían que con él tenían delante a alguien que tomaba en serio los artículos duros del Credo cristiano. En el cristianismo hay tres o cuatro afirmaciones en las cuales consiste y sin las cuales perece. Estas tienen que ser presentadas a los no cristianos con delicadeza pero sin rebozo. Sería una traición ofrecerles solo aquellos aspectos de la vida cristiana que les pueden agradar. No se trata de proponer solo el hecho aislado de la cruz, que entonces sería insoportable; pero tampoco de guardar silencio sobre ella y sobre aquellos artículos del Credo que chocan con la mentalidad dominante. Si es verdad que la religión es una vocal y la historia es una consonante, y uniendo las dos se forman las sílabas, podríamos decir que uniendo los hechos y experiencias originarias en torno a Jesús con la experiencia y esperanza de cada generación tendríamos la consonancia sintáctica que es la fe cristiana. Consonancia de testimonio y de razón, de inteligencia y de libertad, de amor y de esperanza. Benedicto XVI acaba de publicar La infancia de Jesús, último volumen de su trilogía sobre Jesucristo. T. S. Eliot comienza y cierra el segundo de sus Cuatrocuartetos con esta afirmación que ya encontramos en los presocráticos y en el Nuevo Testamento: «En mi comienzo está mi fin. En mi fin está mi comienzo». Ratzinger cerraba el tomo segundo de su obra hablando del fin: la resurrección. Los evangelistas han descrito el inicio (infancia) de Jesús desde su final (resurrección). Cuando tuvieron la experiencia de que aquel, a quien los hombres habían crucificado, Dios lo había resucitado, les fue inevitable preguntarse por el sentido de todo lo que habían vivido con Jesús y sobre todo a pensar quién era y desde dónde venía para que Dios hubiera actuado así con él. Y comienza un proceso de relectura de lo vivido, hasta llegar al mismo nacimiento de Jesús. Una convicción anima todo el proceso: la unidad personal del sujeto. Dios no ha incrustado su acción de buenas a primeras en alguien sin cualificación para tal misión y sin una relación especial con él. El que ha resucitado es el mismo que ha muerto en la cruz, el que ha predicado el Reino, el que ha nacido en Belén. Y concluyen: este a quien Dios ha resucitado es su Hijo. Y el que nace en Belén es ese mismo Hijo encarnado.

Los Evangelios nacen de tres fuentes, sin las cuales no son inteligibles: la memoria viva de las palabras y de los hechos de Jesús, la experiencia de la iglesia que nace y crece, la relectura del Antiguo Testamento hecha desde la convicción de que en cuanto anuncio anticipado del Mesías prometido por Dios se había cumplido en Cristo. No son biografías en el sentido científico moderno del término. Presuponen los hechos relatados, ya que aún perduran testigos que pueden acreditar o desacreditar lo que los evangelistas y Pablo narran. Escriben no desde la sospecha sino desde la confianza, con la alegría de saber que llevan entre sus manos vasijas de barro, un tesoro que ofrecen a los demás. Estos tres elementos tienen que ser tenidos en cuenta a la hora de leer los Evangelios y a la hora de utilizarlos como fuente para el conocimiento de Jesús. Con estos criterios escribe Ratzinger su libro. Pero, ¿es serio dedicar un libro a estudiar la infancia de Jesús? ¿No es la infancia un mero tránsito hacia la juventud y madurez? ¿Tiene sentido hablar de la infancia del Hijoeter no de Dios compartiendo nuestra encarnadura en el seno de una mujer, nuestro nacimiento y nuestros primeros pasos? ¿Son los relatos de Navidad a l go más que « cuentos de navidad » ? Los Dickens como literatos y los Schleiermacher como filósofos, ¿no los han desmitificado para siempre? Reducirlos a mito o mera poesía es la eterna tentación del hombre ante la condescendencia divina. Han suscitado tanta poesía y tanta música porque son mucho más que eso. No nos atrevemos a creer que Dios, siendo bueno de verdad, quiera compartir destino con nosotros, que sea Enmanuel. El Dios cristiano no es simplemente el dios de los deístas, motor inmóvil o relojero que de una vez para siempre dio cuerda al mundo. Lo que afirman los Evangelios y repite Ratzinger es que Dios se ha insertado en un mundo que es su creación y actúa por medio de ella, colaborando con el hombre y siendo hombre. La dignidad de la naturaleza no se consuma enfrentándose a Dios su creador desde una hipotética autonomía sino sirviéndole para llevar a cabo su designio salvífico. Y este es el sentido del milagro. Dios se inserta en el mundo para ayudar al hombre. Así se entiende la encarnación como nueva creación del Espíritu, haciendo surgir la humanidad de Jesús en el seno de María, lo mismo que en el Génesis vemos surgir todo desde la nada por la fuerza del Espíritu. Así se entiende también la resurrección como anticipación al corazón de la historia de la recreación gloriosa del final. Concepción virginal, encarnación y resurrección consuman así el milagro originario que es la creación: Dios dándose en su amor y libertad creadora hasta el extremo de la carne.

Atreverse a hablar absolutamente en serio de la infancia de Jesús es atreverse a hablar absolutamente en serio de Dios hecho hombre, del hombre niño en su desvalimiento y de la nueva forma de ser persona desde esa nueva creación en Cristo. No nacieron de la ingenuidad el Oratorio de Navidad de Bach (1723), las Veintemiradas al niño Jesús de Messiaen (1944), ni la Infancia de Jesús de Berlioz (1854). A éste debemos los españoles especial agradecimiento. Oyéndole vivió lo que llama «El hecho extraordinario» —su conversión— el filósofo García Morente, alma de la Facultad de Filosofía en la nueva Ciudad Universitaria (Madrid). Él escribe: «Oía un trozo de Berlioz titulado “La infancia de Jesús”. Tuvo un efecto fulminante en mi alma. Ese es Dios, ese es el verdadero Dios, Dios vivo; esa es la Providencia viva —me dije a mí mismo—. Ese es Dios que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los da aliento y los trae la salvación».

Olegario González de Cardedal, teólogo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *