De Beirut a Bagdad

Por Antoni Segura, catedrático de Historia Contemporánea y director del Centre d’Estudis Històrics Internacionals (CEHI) de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 16/01/07):

“Me miró directamente a los ojos… y sonreía”. Es todo lo que recordaba Ediie Di Franco, cabo del ejército de Estados Unidos de guardia en la entrada del cuartel general de las tropas americanas en Beirut. Instantes después, el conductor suicida estrellaba el camión bomba contra el edificio: 241 muertos. Casi simultáneamente, otro conductor suicida provocaba 58 muertos en el cuartel general del ejército francés. Ese mismo año 1983, otros dos atentados, contra la Embajada de Estados Unidos y contra el cuartel del ejército israelí en Tiro, causaron 64 y 74 muertes respectivamente. La Yihad Islámica reivindicó los atentados, pero los servicios de inteligencia occidentales creyeron reconocer la conexión Damasco-Teherán en su preparación.

Un año antes, el 14 de septiembre de 1982, otro atentado mataba al presidente libanés Bashir Gemayel, tío del ministro de Industria, Pierre Gemayel, líder del frente antisirio asesinado el pasado 21 de noviembre. Era la respuesta a la ocupación del Líbano por Israel, a las masacres de Sabra y Chatila (septiembre de 1982) y a la mediación internacional en la guerra civil libanesa. Para Washington, los atentados eran la carta de presentación de un nuevo actor en el conflicto de Oriente Medio: el radicalismo chií promovido por Teherán con el beneplácito de un régimen aliado de Moscú, lo que trastocaba los escenarios clásicos de la guerra fría. En esa convicción se fraguó, según Olivier Roy, el origen de un radicalismo suní que, anteponiendo la aplicación integral de la sharia, evitara cualquier evocación a una revolución islámica como la de Teherán y cualquier crítica al régimen de Riad. La guerra de Afganistán -donde el Ejército Rojo era el enemigo a batir- fue el laboratorio donde la CIA y los servicios secretos paquistaníes y saudíes pusieron en marcha la operación, que materializaría Osama Bin Laden. La ciudad paquistaní de Peshawar se convirtió en el centro de reclutamiento de militantes islamistas suníes dispuestos a luchar contra el Ejército Rojo.

Veinte años después, todavía se está pagando la factura de aquel tremendo error de la Administración de Reagan. Acabada la guerra fría con la victoria inapelable de Estados Unidos, el vacío de poder provocado por la desaparición de la URSS dio lugar a nuevos movimientos geoestratégicos a escala mundial y, particularmente, en Oriente Medio, donde la semilla sembrada en la década de los ochenta germinó en nuevas formas de terrorismo internacional. La Administración de Clinton optó por el multilateralismo y el principio de “nation-building” (construcción de naciones), de ahí la intervención de Washington en los Balcanes y la mediación en el conflicto árabe-israelí. Tras los atentados del 11-S, la Administración de Bush, arrogándose el papel de única gran potencia mundial, optó, sin embargo, por el unilateralismo y la remodelación de Oriente Medio mediante el uso de la fuerza militar. Los resultados están a la vista. La ocupación de Irak se ha convertido en el fiasco más importante de Estados Unidos después de Vietnam: el país es hoy el principal campo de entrenamiento y de confrontación de Al Qaeda; las tropas de ocupación no han conseguido acabar con la violencia, que se incrementa día a día a pesar de la ejecución de Sadam Husein, ni estabilizar ni dar credibilidad al nuevo régimen iraquí; el enfrentamiento entre milicias está llevando al país al borde de la guerra civil; Irak es hoy un país destruido, sin Estado, sin infraestructuras, sin servicios básicos, sin seguridad y sin futuro.

En Palestina la situación no es mucho mejor: la ocupación continúa generando un goteo de víctimas, a pesar de las resoluciones de Naciones Unidas; los Acuerdos de Oslo han fracasado y la paz entre israelíes y palestinos parece hoy una quimera; con la victoria de Hamás y la formación del nuevo Gobierno de Ehud Olmert, las posiciones se han radicalizado; los enfrentamientos entre Al Fatah y Hamás amenazan con desembocar en una guerra civil en Gaza.

En Líbano, la primavera política ha sido aniquilada por la intervención militar israelí del pasado verano y el enfrentamiento azuzado desde el exterior entre prosirios y antisirios. Damasco y Teherán, por último, se encuentran en el punto de mira de la política neoconservadora.

Pero el presidente Bush, a pesar de haber perdido la mayoría en las dos Cámaras y de los cambios en la cúpula militar y en el Gobierno, no parece dispuesto a aprender de los errores del pasado, ni a seguir las recomendaciones para salir -que no para garantizar el futuro del país- de Irak del informe Baker-Hamilton del pasado diciembre. Y lo peor es el autismo de la Casa Blanca, que basa sus análisis en los intereses geoestratégicos y petroleros de Estados Unidos en la región y toma como base claves religiosas y comunitarias para explicar los conflictos. Se olvida así que tras la legitimación religiosa del discurso hay siempre motivaciones políticas. Oriente Medio no es una especie de limbo al margen de la política. Otra cuestión es que los distintos actores políticos locales y regionales no tienen por qué compartir, más bien al contrario, la remodelación geopolítica que se impulsa desde Washington. Así, sin aprender de los errores del pasado, nos adentramos en un futuro incierto de consecuencias cada vez más impredecibles, donde la resolución de los conflictos abiertos parece cada vez más difícil y donde el creciente sentimiento antioccidental -ganado a pulso y no fruto de los delirios de un trasnochado antiamericanismo de la izquierda, como pretenden los neoconservadores- que se respira en Oriente Medio amenaza con la apertura de nuevas situaciones de riesgo para la paz y la estabilidad mundial.