De Blázquez a Rouco

Si, hace tres años, la victoria de Ricardo Blázquez fue reñida, su derrota de ayer lo ha sido de igual modo. Sólo dos votos de diferencia permitieron que el cardenal Antonio María Rouco consiguiese ser elegido, por tercera vez, presidente de la Conferencia Episcopal española. En los más de cuarenta años de historia de esta institución, sólo el cardenal Vicente Enrique y Tarancón lo había logrado y, además, de manera consecutiva.

Sin embargo, no se pueden apreciar diferencias de relieve, en el plano doctrinal, entre el cardenal Rouco y el obispo Blázquez. Las discrepancias se limitan, más bien, al estilo o al talante. No olvidemos que Blázquez fue obispo auxiliar de Rouco en Santiago de Compostela. En realidad, el episcopado español es muy homogéneo, cortado a medida de Roma y a mucha distancia de representar la rica pluralidad de la Iglesia católica en nuestro país. Por consiguiente, es un hecho objetivo que los obispos españoles no sólo se encuentran cada día más distantes de la realidad sociológica española, sino también de sus propios fieles y de muchos de sus sacerdotes.

Que en los últimos años Rouco no haya presidido la Conferencia Episcopal apenas le ha hecho perder influencia en la Iglesia española. Es posible, incluso, que la haya ganado en la sombra. Rouco es el único español miembro de la Congregación para los Obispos y, como tal, ha sido el mentor de la mayoría de los últimos prelados consagrados en nuestro país, incluido, claro está, su propio sobrino. En suma, por afinidad personal o por sintonía pastoral, es seguro que todos o casi todos los obispos que se han incorporado a la Conferencia Episcopal estos últimos tres años hayan votado a Rouco.

Así y todo, sorprende en cierta medida que Blázquez no haya sido reelegido. Exceptuando al primer presidente de la historia de la Conferencia Episcopal, el resto han renovado siempre su cargo, por lo menos un trienio más. En consecuencia, no votar a Blázquez podía ser interpretado como una censura expresa a su mandato y algo a lo que se preveía que muchos obispos, que discrepaban de su labor, no estaban dispuestos. Pero no parece que haya sido así.

Por otro lado, era sabido que la Santa Sede -y en concreto la Secretaría de Estado- estaba satisfecha con la labor del obispo de Bilbao al frente de la Conferencia Episcopal. Su actitud dialogante, menos frentista y más moderada en la formas es la que, tradicionalmente, caracteriza al cuerpo diplomático de la Santa Sede, a través de su red de nuncios apostólicos. Por lo general, el realismo sobre el que la diplomacia vaticana -como cualquier otra- gira tiende a solicitar a los obispos que mantengan relaciones cordiales con los gobiernos de los distintos países, sean del signo que sean. Y ya se habló, hace tres años, de que el nuncio en España -Manuel Monteiro- aupó la candidatura de Blázquez a presidir la Conferencia Episcopal. Pero, por lo menos esta vez, este apoyo no ha sido determinante.

La Santa Sede debería haber reconocido, en mayor medida, la figura de Blázquez. Le habría animado a ganar visibilidad y prestigio dentro de la Iglesia española, en donde la voz más escuchada ha sido, demasiadas veces, la de arzobispos y cardenales. Meses atrás se especuló con su designación como arzobispo 'ad personam', pero nada de esto ha sucedido. Con todo, su estilo sencillo, transparente, tolerante y claro le ha granjeado confianza y simpatía, dentro o fuera de la Iglesia católica. Blázquez es un hombre rústico, en el mejor sentido del término. Su temperamento hunde sus raíces, muy posiblemente, en los orígenes humildes de su hogar familiar, en la más pura y fría Castilla, en una pequeña población abulense, pobre y olvidada, localizada a mil quinientos metros de altura. Salvadas las distancias históricas y geográficas, en pueblos de este estilo predicaba Jesús de Nazareth hace casi dos mil años.

Pero para una parte importante y decisiva de los obispos que han optado por votar a Rouco, la timidez, la discreción y el escaso interés de Blázquez por prodigarse en los medios de comunicación han sido muestras de debilidad o de falta de eficacia a la hora de reaccionar y denunciar la política 'laicista' del Gobierno socialista o sus ataques a la institución familiar y a los valores que representa. Opinarán, probablemente, que los cardenales Rouco, Cañizares o García Gasco se han visto obligados, en los últimos tiempos, a salir a la palestra ante la 'inhibición' de Blázquez. El de Bilbao -habrán concluido- 'no es obispo oportuno' en la actual y «hostil» coyuntura política. Otros obispos y millones de católicos, sensu contrario, no dejaremos de pensar que son contraproducentes la confrontación continuada frente a los desvaríos de la izquierda española -anclada muchas veces en un anticlericalismo o laicismo propio de los primeros años del Siglo XX- o que nuestros prelados se transformen en 'profetas de calamidades'.

Ahora bien, la no reelección de Blázquez como presidente de la Conferencia Episcopal española ofrece más posibilidades de que permanezca en la sede bilbaína y no sea trasladado a ninguna archidiócesis. Llegados a este punto, recordemos que la designación de Blázquez como obispo de Bilbao estuvo envuelta en una polémica inesperada y sin precedentes en la historia eclesiástica de España. Como casi siempre ocurre en estos casos, su nombramiento fue filtrado semanas antes de que se hiciera oficial. Xabier Arzalluz se encargó de divulgarlo, con sus desafortunadas declaraciones acerca de que la Santa Sede se había decidido por «un tal Blázquez» como nuevo obispo de la Iglesia de Vizcaya. Dirigentes nacionalistas acusaron a Blázquez de no ser vasco, de no hablar euskera y de no conocer la realidad del país. Hubo alguno que le emplazó a no aceptar el cargo. '¿Como cuando Cristo fue a la cruz!', dicen que Blázquez exclamó al conocer que Juan Pablo II lo había enviado a Bilbao.

En unas coordenadas puramente eclesiales, el nombramiento de Blázquez como obispo de Bilbao se interpretó dentro de una estrategia más amplia de la Santa Sede para designar prelados que sintonizaran con la línea pastoral que más distinguía al pontificado de Juan Pablo II y que sus más críticos definían como 'involucionista'. El traslado unos años antes de Juan María Uriarte, que pasó de obispo auxiliar de Bilbao a titular de la lejana diócesis de Zamora, hizo pronosticar que el Vaticano y, en concreto, el nuncio apostólico de aquel entonces -el fallecido Mario Tagliaferri- estaban decididos a reconducir a las diócesis vascas, «intoxicadas de progresismo».

Pero en la diócesis de Bilbao, como en el resto de las iglesias locales vascas, las orientaciones pastorales apenas han variado respecto a hace quince o veinte años. En todo caso, debemos anotar que algunas sensibilidades eclesiales o políticas se han sentido más representadas y tenidas en cuenta, o incluso menos marginadas, desde la llegada de Blázquez a Vizcaya. También Blázquez ha sido, dentro de la Iglesia de Vizcaya y en la Conferencia Episcopal, un pastor dialogante, más propenso a escuchar y aceptar que a imponer. No le han faltado disgustos. El último, muy probablemente, a raíz de las críticas vertidas por personalidades de su diócesis a la designación de Mario Iceta como obispo auxiliar de Bilbao, argumentadas en que no ha sido considerado el parecer del conjunto de la Iglesia de Vizcaya.

Y es que no pienso que Blázquez se haya llevado mal rato por no renovar mandato de presidente en la Conferencia Episcopal. Si no fuera así, sírvale de consuelo que si todos los católicos hubiésemos podido votar en las 'elecciones episcopales', creo que, con toda seguridad, habría sido elegido.

Borja Vivanco Díaz