De bomba en bomba

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 10/10/07):

Y tiro porque me toca. Hasta acertar. Alguna vez llegará. Porque la amenaza con la muerte no sirve de nada si de vez en cuando no se acierta. Y ETA piensa que le toca. Como lo ha pensado siempre: nunca se encontrará a falta de razones mientras el Estado de Derecho y la sociedad a la que éste da forma institucional no se humille, no se arrodille y permita que ETA asuma el poder total sobre toda la sociedad, sobre todos los ciudadanos.

Lleva muchos intentos ya ETA como para que no ponga todo su esfuerzo en acertar. La muerte como instrumento para inducir y provocar miedo y angustia en colectivos concretos no sirve si de vez en cuando no es real. La muerte, no la casual, sino la intencionada, la que responde a la voluntad totalitaria de ETA, anda rondando demasiado tiempo. Esta vez le ha tocado a una persona cuya profesión es actuar de servicio de acompañamiento a personas amenazadas por ETA. Ahora ellos mismos, sin tener en cuenta a la persona a la que acompañan, a los exclusivamente amenazados hasta ahora, pasan a formar parte de un nuevo colectivo amenazado: ningún escolta se encuentra más seguro. No sólo por acompañar a una persona a la que le puede suceder un atentado de ETA. Su propia profesión les señala ya como víctimas potenciales.

La muerte anda rondando en Euskadi, y por extensión en toda España. En esta Euskadi pionera en casi todo. En este país de las mayores maravillas. En este país cuyos encantos nos canta permanentemente Ibarretxe. En este país ejemplo para Europa. Pero la característica que más define a esta sociedad es la amenaza de la muerte no casual, la amenaza de la muete querida por algunos contra otros de la misma sociedad.

Más concretamente: en este país de envidia ronda sobre la cabeza de algunos muchos el asesinato, la convicción de que alguien les ha puesto una cruz, de que alguien les ha condenado. Condenado por nada, por ser distintos, por no avenirse a ser vascos como los verdaderos vascos han decidido que se tiene que ser, por ser complejos, por tener una idea -equivocada- de lo que es la historia vasca, la tradición vasca, la realidad social de Euskadi.

Un país de las maravillas en las que reina el asesinato político, con todas las letras. No porque en Euskadi esté prohibido defender alguna idea política concreta. Al contrario: pudiendo defender lo que en muchos países europeos estaría vetado, defender ideas radicalmente opuestas a los principios constitucionales, tienen además que matar para imponer su proyecto político.

Se equivocan quienes tildan a los terroristas de ETA de bestias, descerebrados y otras lindezas. No. Lo peor de ETA es que sus militantes son personas más o menos normales, pero que han llegado a creer que existen razones derivadas de un proyecto político que exigen matar a miembros de la propia sociedad y de la sociedad extendida.

Y mientras ETA juega hasta acertar con la amenaza de la muerte -¿qué pobre resultan ante esta presencia de la amenaza de la muerte los cálculos de cuándo se ha estado mejor o peor, como si para mantener viva la amenaza de la muerte no bastara con un solo asesinato de vez en cuando, como si lo peor del terrorismo de ETA no radicara precisamente en que es terrorismo discriminado, terrorismo que selecciona a quién mata, y que puede jugar con ahorrar sus esfuerzos!- la clase política, especialmente la nacionalista jugando con virguerías jurídicas, preocupada con la aplicación tramposa de la Ley de Claridad de Canadá a la realidad vasca, soltando retos al Estado, dando órdagos, sean estos electoralistas o no, conjugando con una tranquilidad pasmosa, y sin que pase nada, ser representante ordinario del Estado y poner en entredicho los fundamentos de ese mismo Estado que se representa.

Y mientras ETA juega al juego de la oca, de bomba en bomba porque me toca hasta acertar con el asesinato, la clase política vasca, especialmente la nacionalista, jugando a recriminar a los poderes del Estado cuando actúan contra el terrorismo y contra quienes les prestan su mejor arma, la legitimidad política; la clase política vasca jugando a mezclar sin mezclar, a diferenciar sin diferenciar normalización y pacificación.

Porque conflicto político, existir, sí existe según el nacionalismo. Aunque ETA mate en nombre de ese conflicto mil veces, y mil y una veces. Porque la normalización de la sociedad vasca, según los nacionalistas, pasa por la incorporación de quienes han matado y han justificado, al menos callando, el asesinato a la vida política. Y porque la normalización entendida como incorporación de los terroristas y aledaños a la política pasa porque se resuelva el conflicto que hasta ahora ha servido para motivar los asesinatos.

Siempre mezclando todo: para que ETA se acabe, es preciso resolver el conflicto. ¿Qué implica resolver el conflicto para los nacionalistas? Dar la razón a ETA, o al menos salirle al encuentro a medio camino con la promesa de caminar en su dirección el resto de camino que queda.

Y aunque ETA se empeñe en seguir matando, nosotros, piensan los nacionalistas a la Ibarretxe, haremos todo el camino que quiere ETA, y le demostraremos que sus muertes han sido en balde. Y ETA con regocijo dirá: nunca habríais andado ese camino si nosotros no lo hubiéramos jalonado con mil asesinados. Y le añadirán, con toda la sorna del mundo el mil uno, y el mil dos. Cuando les interese. De forma perfectamente discriminada. Dando la impresión de que nos perdonan la vida. Y algunos de nosotros dispuestos a creérnoslo. ¿Menos mal que somos un país de maravilla!