De Delacroix a Charlie

En París reina el silencio. La ciudad parece haber perdido su característico y alegre bullicio. En las calles se percibe tensión. Tensión social, religiosa, racial, política, ideológica, generacional… Tensión ciudadana, por suerte, no. Es más bien inquietud. Tristeza. Miedo. El espectacular despliegue del ejército no hace más que acentuar una sensación de alarma. Grupos de cuatro o seis soldados, pertrechados, arma en mano, patrullan por todos los rincones de la ciudad. En la calle existe un vago, aunque sincero, temor a nuevas actuaciones yihadistas. Al Qaeda y el Estado Islámico (EI) han puesto la capital patas arriba. Y París se siente herida y, sobre todo, vulnerable. Los parisinos están convencidos de que el terrible golpe de la semana pasada no será tan sólo, un episodio pasajero y no están preparados. Nunca nadie está preparado.

Quizás, uno de los pocos signos de normalidad que ofrece la ciudad es que los miles de restaurantes de la capital siguen repletos. ¡Buena señal! Los parisinos no se han recluido en sus casas. Y sin embargo, hace diez días que en Francia todo destila una mezcla de miedo, rabia y emoción contenida desde que se produjo el ataque terrorista a la revista satírica Charlie Hebdo y el desenlace de los dos angustiosos secuestros con rehenes. El impacto emocional en la población ha sido muy alto. Touché. Las manifestaciones del domingo, el acto de la sinagoga, el homenaje a los policías muertos, el discurso de Manuel Valls en la Asamblea Nacional, el canto espontáneo de La Marsellesa por parte de los diputados –un hecho insólito en la V República con el antecedente más cercano en 1918 con motivo de la firma del armisticio de la Primera Guerra Mundial–, la llegada a los kioscos de cinco millones de ejemplares del número especial de Charlie Hebdo con una nueva caricatura de Mahoma, inmediatamente agotados...

El humor descarnado de Charlie Hebdo es hoy la amalgama que trata de cohesionar a la sociedad francesa tan hastiada de sus gobiernos y de sus grandes partidos como la española. En España aprieta Podemos de Pablo Iglesias; en Francia, el Frente Nacional de Le Pen. No han aparecido aún encuestas respecto a la actuación del Gobierno francés ante esta crisis, pero la opinión generalizada otorga una nota alta al tándem Hollande-Valls que ha llamado a la unidad –de los ciudadanos, no de los partidos, en un intento de esquivar al FN– y que ha actuado con transparencia y agilidad. Se han activado los resortes precisos y la anquilosada maquinaria de la República se ha movido con inesperada ligereza y celeridad. Nada ha quedado al azar. Al dar juego al expresidente Sarkozy y a antiguos primeros ministros, Hollande ha evitado situaciones de aislamiento político interior como la que sufrió Aznar tras el 11-M. Al situar a los ciudadanos como avanzadilla de la libertad ha cubierto con un brillante barniz la deteriorada presidencia de la República. Y al brindar muestras de capacidad de liderazgo ante un problema tan enorme ha desbaratado la idea –¿definitivamente?– de ser un político sin recorrido. Hollande supo exactamente cuál era su sitio, empuñó las riendas con decisión y supo transmitir serenidad en unos momentos de pánico, se desplazó de inmediato al lugar del atentado y mostró proximidad con los ciudadanos. La agilidad ante el zarpazo terrorista insufló un nuevo aire a la gestión cotidiana del Elíseo. Hoy no es el presidente ridiculizado de hace unas semanas y humillado hasta el escarnio por su expareja sentimental Valérie Trierweiler, sino la imagen interior y exterior de Francia en uno de sus peores y más dramáticos momentos y quien encarna como primer ciudadano de la República el ideal de libertad.

Estos días de tristeza dos obras singulares han conseguido un curioso protagonismo en Francia: una escultura de bronce de Jules Dalou en la plaza de la Nación y una pintura de Eugène Delacroix que puede contemplarse en la segunda planta del Museo del Louvre. La escultura de Dalou, ubicada en el centro de la plaza y no muy lejos de la Gare de Lyon, de cuya estación sale el AVE entre Barcelona y París, simboliza la República sobre un carro tirado por dos leones y rodeado por diversas figuras alegóricas. De ahí su título: El triunfo de la República. La imagen ha aparecido profusamente en la prensa y revistas francesas como uno de los iconos de la manifestación del domingo. Personas de todas las edades, enarbolando al aire la bandera tricolor del país y encaramadas en sus figuras o bien al lado de la erguida y majestuosa dama negra que representa la República y los valores de libertad, igualdad y fraternidad. Pocas veces habrán sido tan oportunos los míticos versos del poeta Paul Éluard, escritos en 1942: “Sur les places qui débordent / J’ecris ton nom / Liberté” (Sobre las plazas que desbordan / Escribo tu nombre / Libertad).

La imagen evoca un curioso parecido con el cuadro que pintó Delacroix después de las tres jornadas revolucionarias de julio de 1830 que pusieron punto final a la restauración tras un fuerte enfrentamiento entre civiles y el ejército real. El lienzo, de grandes proporciones, alrededor de nueve metros cuadrados, y que lleva por título La Libertad guiando al pueblo, es una de las pinturas más conocidas en todo el mundo. Representa un homenaje entusiasta a la libertad que simboliza de una manera épica una mujer semidesnuda que avanza por encima de los escombros y que anima a sus compatriotas a combatir.

Entre la fotografía del 11 de enero de 2015 en plaza de la Nación y el cuadro de julio de 1830 en el que se observa la catedral de Notre-Dame a la derecha en un segundo plano han transcurrido 185 años. Pero los dos nos ofrecen, en formatos diferentes, la misma mirada ante un idéntico problema que no es otro que la libertad. En el primero, la que se puede perder; en el segundo, la que se aspira conseguir.

En las próximas semanas veremos si gobernantes y políticos son capaces de mantener unido el binomio que componen la libertad individual y la unidad política. O mejor dicho la unidad civil. Aunque Manuel Valls haya proclamado solemnemente que Francia está en guerra contra el yihadismo y combate tanto fuera como dentro del país, los necesarios y urgentes avances en seguridad no parece que puedan traducirse en un recorte de las libertades. Es falso que seguridad y libertad sean antagónicos. Este es un planteamiento simplista en el que ya fracasó la administración Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, que sumieron a la sociedad norteamericana en un estado de pánico. El propio Obama lo reconocería años más tarde al llegar a la Casa Blanca e intentar enmendar algunas decisiones de su antecesor. La lucha contra el terrorismo yihadista va a ser la gran batalla de los próximos años, y el mayor error sería ir dando palos de ciego. Es necesario tejer una alianza con el mundo musulmán y el islamismo moderado. Y hay que evitar errores descomunales de los servicios de inteligencia. Tanto en Nueva York como en París los atentados se han visto precedidos de dramáticas grietas en la vigilancia de los sospechosos. Demasiadas carpetas sin resolver para pensar en abrir de nuevas buscando simplemente un titular tranquilizador.

Charlie Hebdo, la revista que intentaron silenciar a golpe de kaláshnikov, arrasó el miércoles y el jueves en los quioscos de toda Francia. Apareció irreverente y provocadora, como siempre, y, a pesar del terrible vacío en el corazón de su redacción, dejó claro que no piensa ceder ni un ápice de libertad.

José Antich

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