De Dios y del César

Todos sabemos que san Mateo cuenta el dilema envenenado que los fariseos plantearon a Jesús al preguntarle si era lícito o no pagar tributo al César. De responder «sí» reconocería el poder romano rechazando el carácter de Israel como pueblo elegido y regido por Dios, además de desagradar a las gentes que odiaban a los publicanos, recaudadores de impuestos; de responder «no» sería acusado ante Pilatos como sedicioso al poder de Roma. Jesús pidió una moneda, un denario, que llevaba la imagen de Tiberio. Preguntó a los fariseos: «¿Quién es?». «El César», contestaron. Y Jesús concluyó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Quienes quisieron sorprender a Jesús quedaron admirados, desconcertados, y se alejaron. Cada uno en su lugar.

Ante ciertas actitudes y mixturas de lo que es opción política y ministerio de la Iglesia, a veces he reflexionado sobre aquel episodio de la vida de Jesús. Por ejemplo cuando un tropel de radicales asaltó la capilla de la Universidad Complutense, hecho por el que fue procesada –y absuelta– del delito de ofensa a los sentimientos religiosos Rita Maestre, concejala del Ayuntamiento de Madrid, ilustre función en la que Pablo Iglesias, el genuino, alcanzó su responsabilidad pública inicial en la primera veintena del siglo pasado. La reacción de la alcaldesa de Madrid, juez de profesión, fue: «Estoy deseando leer la sentencia, que es muy bonita y supone un paso adelante para la libertad de este país». Adivinaba que era bonita sin haberla leído.

Tras el referéndum ilegal del 1-O también reflexioné sobre Dios y el César al ver templos convertidos en colegios electorales con la presencia y participación de sacerdotes, o ante ciertos pronunciamientos de miembros de la jerarquía eclesial catalana cuyo rebaño de fieles es variopinto en lo ideológico. El pueblo de Dios es un mosaico plural en lo político y a veces pudiera entenderse que se comprende con generosidad cristiana a unos mientras se olvida o ningunea a otros.

Y he pensado más recientemente en ese episodio evangélico. El cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid, que merece todo mi respeto y más al ser yo una oveja en el rebaño de la Iglesia militante, apoyó la huelga feminista del pasado 8 de marzo –algún medio escribió que la bendijo–, aunque luego aquella celebración tendría una visualización radical, pero quiero dudar de que el cardenal leyese el manifiesto que la convocó, una pieza fuertemente ideologizada y sectaria, reivindicativa, entre otras cuestiones que nada tienen que ver con el feminismo, del laicismo en la educación, además de contener algún gazapo histórico. Tampoco tiene desperdicio por su radicalismo y su ataque a la Iglesia y a la familia, el titulado «Argumentario 8 marzo» redactado por la «Comisión de contenidos» de los convocantes.

Según los medios el cardenal dijo que la huelga «la haría también la Santísima Virgen María». Habrá que recordar que correligionarios de ciertos muñidores de la huelga añadieron, en su operación de asaltacapillas de 2011, al conocido grito «Arderéis como en el 36», estas otras lindezas: «Me río de la virginidad de la Virgen María», «Vamos a quemar la Conferencia Episcopal, por machista y carcamal» y «Contra el Vaticano, poder clitoriano». Y no fueron las únicas consignas de ese estilo. Tomo las citas de los periódicos y nadie las desmintió; hubo no pocos oídos para ratificarlas.

El mismo 8 de marzo varias iglesias de Madrid amanecieron decoradas con expresiones ofensivas a la fe católica, entre ellas: «Fuera rosarios de nuestros ovarios», «Pecadoras y orgullosas», «Iglesia=Muerte», «Aborto libre y gratuito», y una pintada de nueva incorporación: «La Virgen también iría». Los antecedentes y sus consecuencias ofensivas para las creencias de muchos ciudadanos evidencian que la celebración se había politizado y utilizaba a la mujer, desde la justa y razonable defensa y exigencia de igualdad, para tratar de imponer una ideología de izquierda radical enmascarada en la intención loable de un día dedicado a las mujeres en todo el mundo.

La afirmación del cardenal Osoro sobre la Virgen Santísima huelguista fue sin duda una metáfora simbólica y bienintencionada, pero ya comprobamos en los muros de las iglesias el mismo día 8 cómo respondieron los sectarios. ¿Alguien se sorprendió? Y me preocupa no poco la utilización torcida que de lo dicho por el cardenal se hizo en ciertas filas populistas y radicales que se desvivieron en dividir a los prelados en «conservadores» y «progresistas», tendencia que ya sufrimos los ciudadanos respecto a la reiterada adscripción política que se suele atribuir arbitrariamente a los jueces. También san Mateo nos traslada la opinión de Jesús sobre el escándalo y cómo evitarlo.

Demos a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Es la enseñanza de Jesús. Y huyamos del escándalo en la grey.

Juan Van-Halen, escritor.

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