De dónde está Ciutadans, y de a dónde va

Vaya por delante que lo de social, liberal, no liberal, socialnosequé o quéséyo, me trae bastante sin cuidado. Sin embargo me preocupa ese cambio que se anuncia de social a liberal. No por el cambio en sí, sino por el peligro de que tenga consecuencias en la percepción pública de C’s en Cataluña, y porque sea consecuencia de cambios, esta vez profundos, en la esencia del partido.

Me explico.

Desde el punto de vista de políticas económicas C’s era, es y será el partido del sentido común. Apego por la redistribución y la igualdad, y aspiración a servicios públicos de calidad pero entendiendo el funcionamiento de la economía, la existencia de restricciones fiscales y la necesidad de establecer incentivos adecuados. Una economía esencialmente de mercado, pero con intervención pública para la provisión de servicios, la regulación de la actividad privada cuando esta no se alinea con el bienestar colectivo, y la minimización de las desigualdades.

Vamos, lo que dice cualquier manual de economía. Con la consideración de que la provisión de servicios públicos que se aceptaba como óptima era alta, y la tolerancia para con las desigualdades, baja. Los servicios de calidad que uno espera en un país de Europa Occidental. Un nivel de desigualdad más bajo del que padecemos.

Quiero pensar que es lo mismo que propugnan hoy: el partido del sentido común. No sé yo si a eso se le llama liberal, de izquierdas o liberaldeizquierdas.

Quizás esta sobrevenida admiración por el epíteto liberal a expensas del social venga a cuento de que ahora C’s considera como óptima una provisión de servicios públicos menor, o tiene una mayor tolerancia a la desigualdad. No lo puedo saber, pero dudo que esto sea más que marginal. En lo económico y social Ciudadanos seguirá siendo lo que es, el partido del sentido común.

Y sin embargo el cambio me preocupa precisamente porque creo que no responde a nada concreto. Me temo que responde a planteamientos, digamos, estéticos. Que no significa que sean inocuos. Son consecuencia de que Ciudadanos ha pasado de ser un movimiento de liberación de un grupo social que se siente oprimido, a tener aspiraciones de poder.

Imagino que el cambio responde a la percepción de que liberal atraerá votos en el resto de España. Votos de gente que siente una aversión estética por cosas deizquierda. Quizás por venir del universo conservador, o por salir escaldados del socialista, o porque simplemente está de moda ser liberal. Y ya podría ser cierto que en el conjunto de España haya muchos más votos a cazar por liberal que por social. Pero aún en ese caso me preocupa este camino. Hablo, claro, de Cataluña.

Ciutadans nació en Cataluña respondiendo a una demanda de representación política muy única. Nació porque el Estado y los partidos nacionales habían abandonado Cataluña. Nació de la vorágine de sinsentidos iniciada con los pactos del Majèstic -entre el PP y CiU- y culminada en el idiótico proyecto de nuevo Estatuto de Maragall y Zapatero, aquellos grandes estadistas. Un proceso que nos dejó a muchos sin representación política. Con la certeza de que nadie nos escuchaba. Ni en Cataluña, ni en Madrid.

PSOE y PP habían vendido a los ciudadanos de Cataluña por un plato de lentejas y el partido que venía representando a la inmensa mayoría del voto no nacionalista -el PSC- se había metido de cabeza en el mundo nacionalista. Ciutadans nació y se cimentó porque satisfacía una demanda de representación política que los partidos establecidos o no podían o no querían satisfacer.

En contra de lo que he oído decir a muchos que no estaban allí, Ciutadans no fue un partido creado desde el poder. Nació a contracorriente. Sin dinero y con todos los actores que importaban manifiestamente en contra. Bajo una campaña de acoso y derribo en los medios de comunicación catalanes. Y no hablo sólo de las esperables burlas de los bufones del régimen, o las risas tontas de sus acólitos; ni de los predecibles insultos y mentiras que TV3 habría de vomitar. Hablo del desprecio, teñido quizás de miedo, del entorno mediático y político de PSC y PP.

Si la cosa funcionó fue porque para muchos ciudadanos no había más representación política posible. Gente en su mayoría proveniente de ese mundo castellanohablante que, siendo la mayoría de Cataluña, vive en sus márgenes culturales, económicos y políticos.

Ciutadans es el partido que crearon esas personas. No nosotros. Nunca fue un partido de intelectuales. Es cierto que el impulso inicial surgió de un pequeño grupo de egos desorganizados, en su mayoría proveniente del mundo universitario. Pero mi sensación es que, con la excepción de Francesc de Carreras, ninguno de nosotros pintó nunca nada en el funcionamiento del partido. El partido fue desde el primer día de sus afiliados, gracias a Dios.

Gente que mayoritariamente se identificaban -e identifican- como de “izquierda”. Difícilmente podía ser de otra manera, pues apenas existe tal cosa como activismo español de derechas. Eso es algo contra lo que nos vacunó Franco, probablemente lo único bueno que salió de aquel hombre. Además, en Cataluña era casi una necesidad demográfica.

Sé que cuesta de entender desde Madrid, pero en Cataluña el sentimiento nacionalista está muy asociado con la posición socioeconómica. El nacionalismo catalán era y es cosa de pijos -progres o no, pero pijos- y gente de pueblo. En lo que tiene de popular, es rural. En lo que tiene de urbano, es propiedad de la burguesía y sus aledaños. Manifiesta, además, desdén y desprecio por todo aquello que se vislumbra como español. Incluyendo, claro, a la inmensa mayoría de las clases humildes de las zonas metropolitanas que tienen el castellano como lengua materna y profesan una cierta, aunque tibia, adscripción nacional española.

Es verdad que hay rufianes, atontados e ilusos que niegan esta realidad. Los rufianes porque aspiran al ascenso social, y porque las dinámicas de integración, siendo complejas, cuando mal llevadas producen a individuos de psicología sumisa y retórica agria. Los atontados, porque son incapaces de leer resultados electorales por barrios y municipios. Los ilusos, porque están empeñados en creer en una Cataluña idílica sin división étnica ni lingüística. Una ficción que queda en evidencia no sólo por cualquier estudio sociológico serio, sino por el devenir diario del discurso político: en Cataluña todo el debate es identitario, luego algún conflicto de identidad habrá. Y si quedan dudas, una lectura desapasionada de los apellidos de los miembros del Parlamento, rufianes incluidos, debería despejarlas. Desgraciadamente el problema catalán es por encima de todo un problema étnico. Aún peor, un problema étnico que tiene incrustada una saliente socioeconómica.

Por eso los activistas que crearon Ciutadans, y sus votantes, provenían principalmente de la izquierda. No podían venir de otro sitio. Y ése, claro es el primer problema del cambio de epíteto. Que lo mismo se te van.

Al descreído. Que eran votos del PSC, lo ves comparando la distribución territorial del voto de Ciutadans con las pérdidas que ha tenido el PSC en los últimos 15 años. Que mucha de esa gente tiene una identificación para con la izquierda se intuye del hecho que votaban al PSC. Que muchos tienen una cierta animadversión hacia lo que se perciba como “derecha”, “facha” o similares, lo puedes ver hablando con ellos. Ya es difícil en esos entornos votar a un partido como C’s, y digo estéticamente difícil. Lo será mucho más si se le percibe como la marca blanca del PP. Para que nos entendamos: es gente que en Madrid vota a Podemos. No les pidas demasiado. Y sobre todo, no se lo pidas para hacer un cambio de epítetos.

Me dirán que en el resto de España se ganará más de lo que se pierda en Cataluña. Quizás. Es casi obvio que la sociología del votante -y me dicen que del afiliado- de C’s es muy distinta en Cataluña que en el resto de España. Pero, la verdad, este es un torneo a partido único, y se juega en Cataluña. Los otros problemas de España, importantes como son, palidecen a su lado. Perder un poco en Cataluña no compensa ganar mucho en Sevilla. Y no lo hace porque en Cataluña hasta el día de hoy Ciutadans ha sido la voz única de la decencia, de la dignidad y de la razón. En Cataluña, sin Ciutadans solo veo el vacío.

Y de aquí mi segunda preocupación. Achaco el éxito de Ciutadans en Cataluña a que, teniendo la razón, se ha negado a ser razonable. La diferencia con PSC y PP, es el no estar dispuestos a escuchar, ni ceder, ni comprometer los valores básicos de igualdad y dignidad. Ciutadans ha sido un partido intransigente porque la intransigencia es la única respuesta coherente a la intolerancia. Sólo en la intransigencia se puede ser rebelde; y que nadie se lleve a engaño, Ciutadans en Cataluña es la quintaesencia de la rebeldía. En Cataluña podemitos y comunitos tienen una querencia innata por la sumisión ideológica y un enorme deseo de buen rollo. De ahí que acabarán diciendo que sí a referendos y a lo que sea. Para el resto de partidos no nacionalistas la verdad, la dignidad, la ley son poco más que instrumentos de negociación. Por eso hemos llegado al punto en el que estamos, por ceder en principios básicos desde 1980. Todo a cambio de tener buen rollo. Buen rollo, por cierto, que nunca he visto del otro lado.

Ciutadans no. Ciutadans ha sido intransigente. Ni estratégico, ni táctico. Ha dicho la verdad, que no es poco. Su grandeza radica en que nunca se ha movido para capturar al votante indeciso, ha tratado de convencerle. Con bastante éxito, dicho sea de paso.

Mi miedo radica en que el crecimiento y la comprensible ambición de poder puede hacer de Ciutadans un partido más razonable, pero con menos razones. Dispuesto a ceder, quizás a comprometer. Aspirar a gobernar España es mucho aspirar. Hay muchos intereses que satisfacer. Mucho que negociar. Decía Zapatero -sí, aquel gran estadista- que eso es la esencia de la política. Y seguro que es verdad. Y me encanta la idea de que el partido del sentido común tenga, por una vez, aspiraciones de poder en España.

Y, con todo, no creo que compense. Porque en Cataluña, además del sentido común, se necesita como agua de mayo la intransigencia de la razón. Un partido rebelde.

José Vicente Rodríguez Mora es catedrático de Economía de la Universidad de Edimburgo y firmante del manifiesto ‘Por un nuevo partido político en Cataluña’ que dio origen a Ciudadanos en 2006.

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