¿De dónde vienen los votantes de Vox?

Fundado hace ahora cinco años por un grupo de personas vinculadas en su mayoría al Partido Popular, Vox se quedó cerca de entrar en el Parlamento Europeo en las elecciones de 2014, al obtener casi 250.000 votos, con el ex líder del PP catalán, Alejo Vida Quadras, como candidato. Visto lo que pasó después, parecía que aquello había sido el canto del cisne del intento de construir un partido a la derecha del PP, ya que, desde entonces, su existencia había sido la típica de muchos partidos minoritarios: Vidal Quadras dejó el partido en medio de escisiones y peleas internas y el partido cayó en la irrelevancia social.

Para el Partido Popular, aquel fracaso de Vox en 2014 fue una buena noticia: si hasta entonces había disfrutado en régimen de monopolio de todo el espectro político que va del centro a la derecha, la irrupción de Ciudadanos aquel otoño les obligaba a competir por primera vez con otro partido por una parte de su caladero: el voto más centrista, pero por lo menos le dejaba el flanco derecho libre de competencia. Las cosas empezaron a cambiar con la irrupción de Podemos, porque el partido morado demostraba que se podía lanzar un partido de la nada y convertirlo en un actor relevante a escala nacional en poco tiempo.

Con la llegada de Santiago Abascal, antiguo diputado en el parlamento vasco por el Partido Popular, Vox comenzó a ganar presencia social en un proceso que se ha ido acelerando desde la primavera de 2018, al hilo de los cambios políticos que se han sucedido en España desde ese momento. Tras celebrar un multitudinario mitin en Vistalegre en octubre, el partido ha entrado con fuerza en el Parlamento andaluz, al obtener casi cuatrocientos mil votos en las elecciones después de haber sido protagonista gran parte de la campaña electoral, lo que le permite obtener representación en las ocho circunscripciones y disponer de un grupo parlamentario de doce diputados, que serán claves para articular el gobierno andaluz en la XI legislatura de la Comunidad Autónoma.

Aunque el CIS le auguraba una presencia anecdótica en la cámara andaluza, a lo largo de la campaña electoral fueron creciendo las posibilidades del partido, incrementándose las estimaciones que les daban las encuestas que se iban publicando en los medios. De la misma manera, los trackings que se realizan durante esos días, y que la opinión pública no puede conocer porque lo prohíbe la ley, mostraban una subida casi diaria en la intención de voto del partido, hasta rondar el 9-10% durante los últimos sondeos de viernes y sábado.

No es sencillo conocer de dónde proceden los votantes andaluces de Vox; hasta que no estén hechas las encuestas postelectorales que analizan los trasvases de votos, lo máximo que podemos hacer es aventurar hipótesis sobre la base de la intención de voto previa a las elecciones.

La hipótesis de partida es que de manera general los electores de la formación verde han votado en clave nacional (el programa de Vox no tenía declinación local hacia la realidad autonómica andaluza) y que la formación, ubicada en la derecha populista y en línea con otros partidos europeos, ha realizado una campaña sobre ejes muy emocionales (miedo a la inmigración ilegal, defensa de la unidad de España…) con lo que ha conseguido captar a votantes de todos los partidos, pero en un grado claramente desigual. Todo parece indicar que la parte más relevante de sus votantes, más de la mitad, proviene de antiguos electores del Partido Popular y, en menor medida, de Ciudadanos. En este último caso puede aventurarse que se trata de votantes que abandonaron en su momento al Partido Popular y que ahora se sienten más cómodos con el discurso radical de Vox que con el discurso más institucional del partido de Albert Rivera. Son sobre todo varones y están entre los treinta y los sesenta años.

Es curioso porque no se detecta llegada de votantes mayores de esa edad, porque la gran mayoría son personas de clase media en el cénit de su existencia vital, lejos de la imagen de la extrema derecha juvenil que nos viene a todos a la memoria cuando pensamos en otras épocas de la historia de España.

En otro escalón inferior numéricamente, pero relevante desde un punto de vista cualitativo, están también los votantes que llegan de los partidos de izquierda, del PSOE, pero también de Podemos, y de la abstención.

Es razonable pensar, en estos casos, en un votante indignado que no se identifica con la ruptura clásica entre la izquierda y la derecha y que no ve contradictorio pasar a lo que a nosotros nos parece de un extremo a otro del arco político. Quizá ahí esté una de las claves de la espectacular aparición de Vox en el tablero político, de manera similar a como pasó con la irrupción de Podemos: nuestro ecosistema mediático sigue articulando las rupturas en términos clásicos muy ligados al siglo XX y a la modernidad (Centro/Periferia, Izquierda/Derecha) y parece haber ya una parte no menor del electorado que no se identifica de manera emocional con estas rupturas, sino con otras, ligadas al ocaso del Estado nación y al envejecimiento de Europa como actor político y social.

Esto lo verbalizó con claridad Marine Le Pen hace pocos años cuando declaró que la política en Francia no iba de izquierda contra derecha, sino de patriotas contra cosmopolitas. Quizá sea un error a estas alturas clasificar a los votantes sobre lógicas que funcionaban bien hace treinta o cuarenta años, y quizá también por eso nos sorprenda que casi medio millón de votantes del Partido Popular en 2011 se pasaran a Podemos en 2015, u observemos estupefactos el buen resultado de Vox en zonas de menor nivel de renta en Andalucía.

Los tiempos están cambiando, lo dijo Bob Dylan cuando se acababa la modernidad, pero seguimos empeñados en aplicar categorías antiguas a realidades que quizá no estamos (aún) preparados para entender.

Manuel Mostaza Barrios es politólogo.

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