De fiestas infaustas

Nada tenemos que objetar ni aplaudir a propósito de las fiestas nacionales de Estados Unidos, de Tanzania o las Islas Maldivas. Nada: ni a favor ni en contra. Y huelga aclarar por qué. Sin embargo, en los últimos cincuenta años hemos asistido a la desaparición o bastardeamiento de las nuestras, a su empobrecimiento y pérdida de sentido original, empezando por la irrupción del consumismo a partir de los años sesenta; continuando por la despoblación y abandono del mundo rural y de las ciudades pequeñas, con nuevas formas de trabajo y los consiguientes cambios económicos y en las relaciones humanas; y culminando con la avalancha invasora de la subcultura de consumo anglosajona, en especial de Estados Unidos que –como primera potencia que es– funge como mayor exportador mundial de casi todo, también de estupidez.

Fuera de algunas ciudades castellanas y de Andalucía, donde el carácter religioso forcejea todavía con el lúdico, la Semana Santa es un mero asueto, a ser posible en la playa y anticipo del verano. Todos conocemos su significado y origen, pero muy pocos obramos en consecuencia. Por descontado, no pretendemos promocionar la moda de vestirse de nazareno, ni que multitudes enardecidas exijan la vuelta de fray Justo Pérez de Urbel con el Sermón de las Siete Palabras, todos los Viernes Santos, quizás fábrica de ateos, si no de aburridos sin remedio, pero habría sido bueno conservar el sentido profundo de esos días y no tirarlo por la borda, en el más prístino estilo español. Porque con él se ha ido una porción notable de nuestro imaginario cultural colectivo y de nuestra estabilidad emocional como pueblo, capaz de diferenciarnos de los rebaños ovinos, aunque la economía hostelera y de viajes en general disfrute de gran bonanza y acomodo.

Mas con la Navidad ha sido peor. Este año no iré a Bamberg, con lo cual me perderé el tañido musical y amigo de campanas próximas a casa (de la Catedral, de la Obere Pfarr, de la protestante St. Stephan); la Misa del Gallo en la gélida y maravillosa catedral, el Glühwein reanimante y los preciosos mercadillos de la ciudad y de Núremberg (hay tiempo para todo), los múltiples Nacimientos por doquier y, sobre todo, el recogimiento, seriedad y respeto con que se viven esos días, de modo natural combinados con la alegría de la conmemoración. No iré a Bamberg, así pues gozaré –tras el Jalogüín, el Blacfraidi y el Cibermondi– del desmadre enloquecido de ansia compradora en los grandes almacenes; de la ausencia de villancicos porque ya casi nadie los sabe y menos aun los canta; de la prohibición en colegios de las peligrosas fiestas de zagalas y pastorcicos que «hieren la sensibilidad» de éste y aquél; de mamarrachadas como felicitarme por el solsticio de invierno, tal cual hacía uno que fue mi rector universitario (y siguen haciendo los de su próspera cuerda). En lugar de aquellas insulseces alemanas, propias de gentes atrasadas y fuera de onda, podré disfrutar de entrevistas en TV, como aquella de Telemadrid, en que una especie de monitora, o profesora, o vaya Ud. a saber, contaba muy ufana que la fiesta escolar prenavideña se convertía en un anticipo de Carnaval, en que cada clase de niños se disfrazaba de distinto modo (cow-boy, piratas, piojosos de pantalones rotos para danzar un bonito rap). Y remataba candorosa «…para que no sea lo típico de los villancicos de siempre». Naturalmente, tan preclaro cerebro no se interrogaba por qué, en esas fechas, ella cobraba una paga extra y se tomaba unos días de vacaciones: ¿sería para planear nuevos logros en la enseñanza española, tan lucida como va?

Pero a la marginación de nuestras fiestas acompaña la proliferación de otras ajenas cuya superioridad y relación con la historia de España están por demostrar. Días atrás alguien me comentó que en algunos colegios madrileños se aprestaban a celebrar el Thanksgiving Day americano –contra el cual, en principio y en su casita, nada tengo– y no quise dar crédito: sería una información errónea, un bulo de la derechona proterva, de continuo dispuesta a enturbiar la plácida siesta progresista de España. Tanta memez debía ser imposible. Pues no: concretamente, en el Colegio Público Portugal, sito en la calle Álvarez Mendizábal (anterior Víctor Pradera, frente a cuyo número 73 asesinaron a Matías Montero y de lo cual no queda el menor vestigio, aunque éste es otro asunto) sí se conmemora tan castiza fiestuqui que –como es sabido– recuerda la arribada del Mayflower a las costas de Massachussets en 1620 y toda la mitología fundacional de la nación estadounidense. ¡Y con qué unción patriótica! Es preciso añadir que en el tal Colegio Portugal está prohibida la fiestecita navideña de los pastorcicos y el Niño Jesús, por lesiva de los derechos y sentires de no se sabe cuántos papás (y mamás), porque dudo que a los niños les ofenda mucho. Y tampoco a muchos padres no creyentes, que lo ven como parte de nuestra tradición cultural. Y también sería estupendo conocer la opinión de los promotores de tan genial idea (dirección, lúdicos y progres papás y mamás) sobre el 12 de octubre, fiesta odiosa donde las haya, como nuestra que es; y enterarse de cuántos papás (y mamás) se sienten con las narices muy tocadas por haberles colado de rondón este monumento a la alienación y el lavado de cerebro. Sin descartar que algunos de los instigadores todavía vayan de antiimperialistas, pero para formar en el rebaño hay que hacer méritos.

La fuerza moral y política –que tan poquito gusta al actual gobierno–, liberada con la eclosión espontánea de banderas nacionales en ventanas y balcones, demuestra que no estamos tan muertos y liquidados como nos hacían, que el rearme espiritual de España no es una entelequia y que diciendo «no» en el momento y lugar oportunos se consiguen muchas cosas, no por chovinismo, por simple instinto de supervivencia.

Si hace mucho tiempo desechamos el temor a ser tildados de fascistas, porque defendíamos y defendemos argumentos razonables y dignos, con más motivo desdeñaremos el miedo a que nos llamen cazurros por intentar que mi país mantenga sus rasgos fundamentales y que su evolución venga por sus pasos naturales, no mediante empujones de agencias publicitarias y grandes almacenes. Quiero que mis nietos y los suyos continúen comiendo tortilla de Betanzos, sardinas asadas y lacón con grelos (o similares); que reciten versos de Gutierre de Cetina, Bécquer o Lope; que sepan por dónde caen los cabos de Gata o Machichaco; que se deleiten con los cuadros de Sorolla o la catedral de Burgos; que mantengan los valores de la cohesión familiar; o, por no estirar la lista hasta el aburrimiento, que sean conscientes y orgullosos de que sus grandes fiestas nacionales son el 25 de julio (Santiago, patrón de España) y el 12 de octubre (Descubrimiento, Día de la Raza, de la Hispanidad, o de cuantos añadidos análogos usted quiera y guste), porque sin ellas no somos nada, sólo un hatajo de necios que se creen listos y modernos por pasarse el día jugando al móvil.

Serafín Fanjul, de la Real Academia de la Historia.

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