De gigantes, pigmeos y farsantes

El presidente del Tribunal Supremo de Estados Unidos Earl Warren, famoso por su tan extenso como contestado informe sobre la muerte de Kennedy, decía que «mientras las conquistas del ser humano se reflejan en las páginas de deportes, sus fracasos suelen ser los que ocupan las portadas de los periódicos». Desde el mismo día de su nacimiento, EL MUNDO ha resuelto esta paradoja publicando muchas noticias de fútbol, tenis, ciclismo o baloncesto en su portada y nos sentimos especialmente orgullosos del tono cosmopolita de nuestra sección de Deportes, concebida como plataforma de lo que es a la vez un abigarrado retablo de pasiones y el mayor fenómeno cultural contemporáneo.

Otros, que alardearon incluso de la fantasía fundacional de no publicar información deportiva, han tenido que rendirse a la evidencia. El deporte puede ser el opio del pueblo, pero también una excelsa expresión de talento y entrega colectiva que canaliza los sentimientos de identificación y pertenencia de las personas. Benditas sean estas «guerras sin el sentimiento de culpa», como decía ya en el siglo XVIII el poeta inglés William Somerville, sobre todo cuando las ganamos nosotros. Y, sobre todo, cuando nos ayudan a entender, como viene sucediendo estos días con providencial elocuencia, la clave de lo mejor y lo peor que nos ocurre.

El resumen del resumen de estas jornadas memorables es que mientras el miércoles el acrobático testarazo de un mocetón desgreñado de La Pobla de Segur y los portentosos reflejos de un galán mostoleño de patronímico vasco culminaron el grandioso esfuerzo de un equipo de superdotados procedentes de todas las regiones españolas para alcanzar la antesala de la gloria, ayer sábado varios cientos de miles de «españoles que se creen no serlo» -Madariaga dixit-, encabezados por un farsante oportunista, se manifestaron en Barcelona para exigir que esto no pueda volver a repetirse.

Y es que no hay más claro compendio del espíritu separatista del Estatut que sus pretensiones en materia de selecciones deportivas, incluidas, cómo no, en el capítulo dedicado a la «acción exterior de la Generalitat» -véase el artículo 200- que ha superado intacto el esperpéntico parto de Torcuata. No una sino mil veces hemos oído a todos los partidos de ese rincón nororiental de la península, con excepción del PP y de Ciutadans, reclamar el derecho de la «nación» catalana a competir en los Juegos Olímpicos o el Mundial de Fútbol frente a la nación española. O sea, que Puyol le hubiera metido su golazo a Casillas… o Casillas hubiera neutralizado con su paradón el remate de Puyol… o ninguno de los dos habría llegado demasiado lejos por separado.

Entendemos muy bien ese mensaje: ya que hay algo en lo que no tiene vuelta de hoja que la unión entre españoles hace la fuerza, vamos a ver si nos lo cargamos, no sea que cunda el efecto contagio. Con franqueza, a eso -cambiar para peor, separarse para ser más débiles- se le llama mear y no echar gota.

Con cinco titulares en el equipo que eliminó a Alemania y otros dos cracks en el banquillo, Cataluña es la comunidad que más jugadores aporta a la selección nacional. Sin embargo, esa simbiosis decisiva con un portero madrileño, un defensa sevillano, un centrocampista guipuzcoano y otro albaceteño o un delantero asturiano y otro canario es considerada por la clase política y los popes mediáticos barceloneses como algo vergonzante que debe ser escamoteado o al menos camuflado en los espacios públicos. De ahí la respuesta de Jorge Lorenzo cuando Alejandro Sanz le reprochó su negativa a exhibir no ya la bandera española sino la propia camiseta de la selección tras su victoria de la semana pasada en Montmeló: «Aquí en Cataluña es complicado salir con ella. No quiero problemas».

El episodio demuestra que por mucho que vaya a convertirse en nuestro primer campeón del mundo en la mayor cilindrada, Lorenzo no ha pasado todavía de ser un chavalín que monta en moto y está muy lejos de la consistencia personal de un Gasol o un Nadal, cuyas experiencias cosmopolitas no han hecho sino reafirmarles en que la única manera natural de proyectar a Cataluña o Baleares en el mundo es como partes de una España a la vez cohesionada y diversa. Pero el acoquine es libre y es indiscutible que ese clima de coacción antiespañola existe, pues 30 años de gobiernos nacionalistas -incluidos estos nefastos tripartitos en los que el PSC ha vendido su alma por el poder- no pasan en balde para la vida pública de una sociedad.

Hace tiempo que tenía ganas de escribir que jamás había sentido primero tanta vergüenza ajena y enseguida tanto desprecio por un rebaño a la vez ovino, caprino y porcino como el día en que el minuto de silencio en memoria de Juan Antonio Samaranch fue acogido con una nutrida pitada en el Camp Nou. Nunca tantos le debieron tanto a uno solo en un mismo sitio como los barceloneses al hombre irrepetible que puso su nombre en el mapa de la globalización a través de los Juegos del 92. Ese abucheo póstumo sonó como los cañonazos con que el imbécil del marqués de Sully desmochó las torres de su maravilloso castillo del Loira cuando, al abrazar las ideas nuevas, decidió aplicar con rajatabla arquitectónica la egalité revolucionaria. Claro que hoy me desquito, pensando que nadie habría sido tan feliz con la victoria de una selección nacional plagada de jugadores de Sabadell, Tarrasa o Arenys como este grande de España que quedará a la vez como el catalán más universal del siglo XX.

Con la excepción de Duran Lleida, que nunca ha creído en los mitos circundantes, hace años que la clase política catalana dejó de tener el problema de cómo desembarazarse de alguien que destaque. El raquitismo político de sus intérpretes ha venido a enfatizar la inanidad intelectual del nacionalismo cuando se trata de afrontar los problemas reales de una sociedad sacudida por crisis de gran calado. Y conste que esta re- flexión la hago extensiva a todos los patrioterismos, hasta el extremo de que si España no existiera yo no sería partidario de inventarla.

Pero al menos el nacionalismo mantiene su coherencia irredentista, tanto en sus expresiones moderadas como radicales, como respuesta romántica a la racionalidad del Estado moderno. Pedirle a Convergència que dé por cerrado el proceso de transferencias es como plantear a la Asociación de Amigos del Bistec que se hagan vegetarianos. Y bastaba visitar la página de e-noticies -web de referencia de la información en catalán- para contemplar el ambientazo que había en el principal casal de Esquerra Republicana en Barcelona, desde que los admirados alemanes empezaron a competir por la pelota con los «gitanos» de la «puta» España. Sí, ésas eran sus exclamaciones. Contentos se fueron a la cama los chicos de Carod y Puigcercós…

Los temores de los líderes independentistas a que este fin de semana hubiera en los balcones más banderas españolas que senyeras prueban hasta qué punto consideran una prioridad romper la unidad victoriosa de la selección nacional de fútbol. Por algo las páginas webs de aquellos de sus compinches a quienes mejor se les entiende todo estaban plagadas de banderas alemanas, y desde el miércoles alternan los insultos al «botifler» y «feixista» de Puyol con las enseñas holandesas. «El domingo iré con Holanda», ha declarado el tal Santiago Espot, promotor de campañas tan ejemplares como los silbidos al Rey en la final de Copa o las denuncias contra los comerciantes que no rotulen en catalán.

El que Montilla haya quedado retratado ayer en compañía de esta tropa, precisamente en el momento en que más embarazoso e inconveniente podía resultar para él, es un acto de justicia poética. El muy impostor tenía preparados el discurso de repudio y la convocatoria de la manifestación antes de conocer cuál era la sentencia del Constitucional, pero no contó con el calendario del Mundial. De ahí que hasta el último momento tratara de buscar un pretexto para echarse atrás a cuenta de la pancarta y la consigna. Al final sus socios y compañeros de viaje le cerraron toda escapatoria al acceder a que los lemas Som una nació y Nosaltres decidim -equivalente al que ETA impuso a Zapatero en el proceso de paz– no figuraran en el centro sino en los laterales de la pancarta. Ha sido una manera de ponerle aún más en evidencia: Montilla quería encabezar una manifestación soberanista, pero sin que se notara que lo era. Y, claro, como dijo Oriol Pujol, «cuando uno hace una cosa que no se acaba de creer, termina metiéndose en un problema».

Montilla es como aquel tosco e iletrado pescador napolitano, paradigma de demagogos, llamado Massianello, que a comienzos del siglo XVII empezó enfrentándose al virrey, logró imponerle sus condiciones y cuando fue elevado al poder y se creyó que de verdad podía ejercerlo terminó siendo liquidado por sus seguidores más radicales. En su loca huida hacia delante, el otro día llegó a acusar al PSOE de «esconderse» y tener «miedo al federalismo» frente a un PP que «le ha comido la moral». ¡Como si un Estatut basado en la bilateralidad y en la exigencia de competencias vedadas a todos los demás fuera una expresión de federalismo y no de insolidaridad!

Si hubiera que reproducir en la selección los esquemas que los nacionalistas y Montilla se empeñan en hacer tragar al conjunto de los españoles, los siete jugadores catalanes aprovecharían su número y su fuerza para reunirse por separado con Del Bosque e imponerle cuotas en la alineación y baremos diferentes en la distribución de las primas. Sería la garantía del fracaso del equipo, tal y como le ocurrirá antes o después a nuestro Estado constitucional.

Es una lástima que en el tira y afloja sobre la pancarta de la cabecera no se incluyera también la música de la manifestación, pues el resto de los convocantes podrían haber cedido en todo a cambio de que al paso de Montilla siempre sonara L’Opportuniste del gran Jacques Dutronc. Bastaría cambiar la mención del «comunismo» por la del nacionalismo para que su primera estrofa quedara perfecta: «Je suis pour le nationalisme/ Je suis pour le socialisme/ Et pour le capitalisme/ Parce que je suis opportuniste».

La mayoría de las estrofas posteriores ni siquiera precisarían el más mínimo lifting. Por ejemplo ésta: «Je suis de tous les partis/ Je suis de toutes les patries/ Je suis de toutes les coteries/ Je suis le roi des convertis». O no digamos esta otra: «Je crie vive la revolution/ Je crie vive les institutions/ Je crie vive les manifestations/ Je crie vive la collaboration».

Pues bien, ahí tienen al Conde don Julián, al obispo don Oppas, a este Iscariote de tres al cuarto que se entiende por el pinganillo de la traducción simultánea con su compadre Manolo Chaves, evita a sus hijos la inmersión obligatoria que impone a los de los demás y necesita sacar los apuntes hasta para escribir una dedicatoria en catalán; ahí le tienen encabezando una manifestación antiespañola en la víspera de la primera final española del Campeonato Mundial de Fútbol.

«Pobre converso: teme la insignificancia y se abandona a veces a la melancolía, sin saber que tiene ante sí un horizonte agónico porque ya está muerto». ¿Cómo no dedicar este epitafio, extraído del estupendo artículo que el ensayista Higinio Polo publicó hace ya unos años sobre los chaqueteros, a este tonto útil al que todos los focos han sorprendido haciéndoles el juego a quienes pretenden que Carles Puyol no siga sumando su inteligencia, su pundonor y su estado de gracia a los de Iker Casillas?

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.