De Heathrow al 11-S

Por Niall Ferguson, cátedra A. Tisch de historia de la Universidad de Harvard. Autor de The war of the world: History´s age of hatred (Penguin). Traducción: Robert Falcó Miramontes (LA VANGUARDIA, 04/09/06):

Tal vez es porque debo tomar un vuelo transatlántico el 11 de septiembre. Tal vez es que me gustan demasiado las preguntas históricas del tipo “¿y si…?”. Sea cual sea el motivo, aún no me he acostumbrado a la rapidez con la que el mundo ha pasado página desde que se desenmascaró la trama para cometer un atentado en Heathrow. Desde que se reveló que unos terroristas tenían la intención de perpetrar “un asesinato en masa de una envergadura inimaginable”, me ha resultado muy fácil imaginar qué habría ocurrido si hubieran tenido éxito. Creo que nos debemos a nosotros mismos – por no mencionar a los policías cuya paciente vigilancia durante meses frustró la trama- imaginar el panorama de la forma más clara posible.

No podemos dar por sentado, por motivos legales obvios, que los once sospechosos que el martes pasado fueron acusados en Londres no sean inocentes, tal como ellos mismos afirman. Tampoco deberíamos especular sobre las otras once personas que aún se encuentran detenidas, a la espera de saber los cargos.

Todo lo que sabemos – porque Peter Clarke, el jefe del departamento antiterrorista de Scotland Yard, nos lo dijo la semana pasada- es que la policía posee unas “grabaciones de vídeo y de sonido muy importantes” de los sospechosos. Desde que los arrestaron la noche del 10 de agosto, se han registrado un total de “69 casas, pisos y oficinas, vehículos y espacios abiertos”. Las fuerzas de seguridad se han incautado de un mínimo de 400 ordenadores, 200 teléfonos móviles y 8.000 dispositivos de almacenamiento de datos, que han proporcionado más de 6.000 gigabytes de pruebas potenciales. La policía también ha encontrado productos químicos para la fabricación de bombas, incluido peróxido de hidrógeno y componentes eléctricos, así como “unas cuantas grabaciones de vídeo… a las que a veces se hace referencia como vídeos de martirio”.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que toda esa información electrónica no sea más que melodías para móviles. Tal vez el peróxido sólo sea para decolorarse el pelo. Tal vez esos vídeos no eran más que inocentes películas caseras.

Así que limitémonos a plantear la hipótesis de que algunos jóvenes musulmanes británicos estaban tramando de verdad la fabricación de bombas con explosivos líquidos y detonadores en forma de iPod, y que tenían la intención de hacerlas estallar a bordo de varios aviones transatlánticos. Supongamos que ocurrió ayer. Imagínese a usted mismo, en un universo paralelo, encendiendo la radio para saber los últimos resultados de la jornada de Liga cuando, en lugar de eso, escucha el siguiente boletín informativo:

“Cinco aviones de pasajeros han estallado en pleno vuelo y han caído en el Atlántico. Los aviones, de las compañías American Airlines y United Airlines, habían despegado esta mañana del aeropuerto de Heathrow con destino a Estados Unidos. Según un comunicado del ministro del Interior, las explosiones tuvieron lugar con pocos minutos de diferencia. No hay constancia de que haya supervivientes. Los principales jefes de Estado se han unido en la condena a los responsables de estos atentados”.

Siguiendo el afán estadounidenses para fijar fechas, semejante desastre pasaría a conocerse como el 3-S. Pero las consecuencias políticas habrían sido muy distintas de las que causaron los atentados terroristas del 11-S.

Hace cinco años, el mundo reaccionó con una unanimidad increíble. Es cierto que Osama bin Laden y sus cómplices estaban exultantes, así como un puñado de pseudointelectuales americanófobos. La mayoría de la gente, sin embargo, quedó horrorizada ante la pérdida de vidas inocentes. Apenas hubo diferencias de sentimiento a ambos lados del Atlántico. “Nous sommes tous Américains”, escribió Jean-Marie Colombani en Le Monde.Los ciudadanos de Londres sintieron una intensa empatía por los de Nueva York.

Al mismo tiempo, el 11-S generó una oleada de sentimiento patriótico en el país víctima de los atentados. Los estadounidenses se unieron en apoyo al presidente, que llevaba menos de un año de mandato y que había alcanzado el poder por un margen discutidísimo. Tras los titubeos iniciales, George W. Bush dio con las palabras que sus compatriotas querían escuchar: unas palabras que prometían un castigo justo.

El 3-S habría sido absolutamente distinto. Desde un punto de vista estadounidense, un atentado terrorista cometido desde Heathrow habría sido culpa del Reino Unido por partida doble. La causa más inmediata habría sido un fallo de la seguridad británica. La causa primordial habría sido la infiltración del islamismo radical en la sociedad inglesa.

A medida que fueran surgiendo los detalles sobre los terroristas, se confirmarían las peores sospechas de los estadounidenses con respecto al Reino Unido. Desde hace un tiempo está bastante claro que las comunidades musulmanas británicas son un buen caldo de cultivo para reclutar a extremistas islamistas, que acostumbran a ser los hijos y nietos desafectos de los inmigrantes pakistaníes. Desde el 10 de agosto, los periodistas estadounidenses han invadido High Wycombe y Walthamstow, del mismo modo que invadieron Beeston el verano pasado, intentando comprender en vano el desconcertante fenómeno de Eurabia.

Lo que tal vez resulte más perturbador es que, desde la detención de Richard Reid, el hombre que pretendía hacer estallar una bomba escondida en un zapato, es evidente que los marginados británicos también pueden acabar cayendo en la red terrorista, mediante la conversión religiosa. Imaginemos qué habría ocurrido si se hubiera demostrado que uno de los implicados en el peor atentado terrorista desde el 11-S hubiera sido el hijo de un respetado miembro del Partido Conservador con apellido compuesto.

En Estados Unidos ya se pueden detectar las reticencias que existen hacia los pasaportes británicos. Me percato de ello al usar mi pasaporte como identificación cuando voy a tomar algún vuelo interior en Estados Unidos, ya que siempre me someten a un cacheo completo. En lugar de escribir editoriales titulados “Todos somos británicos”, la prensa estadounidense bien podría haber reaccionado al 3-S con titulares como: “Todos los británicos son sospechosos”. El Atlántico se habría hecho mucho más grande.

Las consecuencias del 3-S en el Reino Unido también habrían sido diferentes. En lugar de unirse en apoyo a un primer ministro asediado, los votantes británicos se habrían vuelto contra Tony Blair. Incluso en la situación actual, existe una absoluta desilusión con respecto a él. Según una encuesta publicada hace unos días en The Times,sólo un uno por ciento de los votantes cree que la política del Gobierno británico en Oriente Medio ha mejorado la seguridad del país, mientras que el 72 por ciento opina que ha convertido al Reino Unido en un objetivo terrorista. Según una encuesta anterior para The Spectator,a pesar de que el 73 por ciento de los británicos está de acuerdo con George W. Bush en que hemos entablado una “guerra global contra los terroristas islámicos”, sólo un 15 por ciento cree que el Reino Unido debería alinearse de forma tan clara con Estados Unidos, en contraste con el 46% que preferiría mantener vínculos más estrechos con Europa. Éste, más que ningún otro, es el principal motivo por el que el laborismo ha sufrido un duro varapalo en las encuestas de este verano. Si el 3-S hubiera ocurrido, el apoyo al partido se habría desplomado.

No es de extrañar que Gordon Brown esté haciendo correr el rumor de que (citando un reciente artículo de David Mepham, del Institute for Public Policy Research) “seguramente se distanciaría de ciertos aspectos de la política exterior de Bush”. Mark Leonard, del

Center for European Reform, cree que habrá “un giro hacia un atlantismo más realista” en cuanto Brown se convierta en primer ministro. Si una catástrofe como la del 3-S hubiera catapultado al señor Brown al 10 de Downing Street, el Atlántico se hubiera hecho aún más grande.

Además, mientras el 11-S unió a los estadounidenses (aunque de forma efímera), el Reino Unido habría quedado destrozado tras el 3-S. Según una encuesta realizada por YouGov y publicada hace diez días en The Daily Telegraph,casi una de cada cinco personas cree que “una gran parte de los musulmanes británicos no siente ninguna lealtad hacia este país y están dispuestos a aprobar e incluso perpetrar atentados”. Hace seis años, sólo el 32 por ciento de los encuestados respondieron que se sentían “amenazados” por el islam. Hoy en día, esa cifra ha ascendido hasta el 53 por ciento.

La sensación de distanciamiento es, sin lugar a dudas, mutua. Según una encuesta global llevada a cabo por Pew, el 81 por ciento de los musulmanes británicos se consideran musulmanes en primer lugar y británicos en segundo (sólo Pakistán tiene un porcentaje superior de ciudadanos que anteponen la religión a su nacionalidad).

Hace dos semanas, la revista New York le pidió a un variado grupo de periodistas que respondiera a la pregunta “¿y si el 11-S no hubiera ocurrido?”. Sus respuestas son una lectura entretenida y, en ocasiones, divertida. Pero la pregunta “¿y si el 3-S hubiera ocurrido?” no da risa, sobre todo porque muchos de nosotros sospechamos que, tarde o temprano, ocurrirá algo así de verdad.