De Hispania a Spain

En 1902, el maestro Álvarez Alonso, un músico jiennense afincado en Cartagena, compuso un pasodoble en el velador del café que frecuentaba en la calle Mayor. Al terminarlo, paseando por dicha calle, se detuvo delante de la confitería España, en cuyo escaparate había expuestos unos pasteles llamados suspiros. El nombre del pasodoble le vino como una dulce revelación: Suspiros de España. El compositor, aún joven, murió al año siguiente y no llegó a conocer la fama que alcanzaría aquella música evocadora, capaz de anegarnos a la vez de melancolía y plenitud. Desde que en los años veinte se le puso letra, el pasodoble se convirtió en la encarnación del sentimiento hacia España. Entre otros muchos lo han cantado Estrellita Castro con su punto de nostalgia, Rocío Jurado, Plácido Domingo e incluso Dyango, que parecía conmovido al interpretarlo y que debía de hacer teatro, porque se ha destapado como independentista.

Al ser mi mujer de Cartagena me casé allí, pero como soy patoso, descartamos un vals para comenzar el baile nupcial y elegimos Suspiros de España. Un pasodoble me parecía más fácil. Cogí el micro del vocalista del grupo musical y, a lo Dean Martin, expliqué que era una manera simbólica de unir a los respectivos invitados, procedentes de Jaén y de la ciudad mediterránea. Mientras miraba sus ojos verdes e intentaba no pisarla al dar vueltas, sonaba aquel pasodoble que, para muchos, aunaba recuerdos y una intensa emoción porque fundía pasado y presente y deseaba un futuro venturoso.

Solamente se quiere lo que se conoce. La idea de nación y el amor hacia ella provienen de lo que nos han contado, de lo que leemos y de lo que vivimos. Tan importante como las enseñanzas de los profesores es el relato de los familiares al explicarnos cómo se desarrollaron sus vidas, cómo sortearon penalidades y en qué medida participaron en los acontecimientos de nuestro país. A mí desde pequeño me llevaban a museos para viajar en el tiempo; yendo en un mastodóntico Seat 1.500 me mostraban campos y ciudades contándome su historia sedimentada, y en mi casa, mientras sonaban canciones de Cecilia, me leían párrafos de los libros de Antonio Domínguez Ortiz que luego, al crecer, saboreé al igual que los libros de Fernando García de Cortázar, cuya visión histórica de España era deslumbrante.

Una nación no está constituida por una historia amojamada, sino que es una comunidad cohesionada por una continuidad histórica, sustentada por un afán de convivencia, con unos valores compartidos y donde se respetan las leyes. La Hispania romana es nuestro sustrato cultural originario. Durante la Edad Media los distintos reinos cristianos eran conscientes de conformar las Españas, una definición que permitía injertar la diversidad en el proyecto de reconstruir la unidad política perdida. El concepto contemporáneo de España como nación nace en la constitución de Cádiz, donde su artículo 1 expresaba con audaz belleza que «La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios». Me gusta esa idea de un país vivo en el que son los ciudadanos quienes hacemos España, de manera que una parte no puede decidir sobre lo que es de todos. Porque la soberanía nacional no se trocea ni se descompone en piezas de puzle.

Superada la época en la que detentaba la hegemonía mundial, desde el s.XIX hasta finales del s.XX España fue un país secundario en el contexto internacional. A partir de entonces se ha convertido en una de las potencias de la Unión Europea. Spain ya no es diferente, no es un destino turístico exótico ni pintoresco, sino una nación con enorme proyección internacional que no necesita reinventarse federalmente para que encuentren acomodo quienes pretenden destruirla.

Los independentistas han fijado las coordenadas en su GPS para dar un golpe de estado en Cataluña basándose en el falseamiento de la historia y el embuste económico. Tras décadas de adoctrinamiento en el sistema educativo se ha troquelado una historia mitificada, convirtiendo el pasado en un imaginario al estilo de la Tierra Media de Tolkien donde flamean las esteladas. Es alucinante pensar que la antaño burguesía catalana, europeizante y dinámica, ligue su destino a una extrema izquierda que pretende que los hijos los eduque la tribu, como se hacía en Esparta o en las granjas humanas del Tercer Reich. La épica colectiva independentista no merece ser filmada por Coppola sino por Berlanga: la honorable Madre Superiora dirigiendo la evasión de dinero corrupto.

Frente a esto, ha habido en los últimos años un periodismo radiofónico, digital y de tinta que ha canalizado los ideales, sentimientos y valores de muchísimos españoles sin síndrome de Estocolmo que no se resignan a asistir a la ofensa a los símbolos nacionales, a la vulneración de las leyes, a la normalización de la mentira y a la chulería solemne de anunciar un golpe de estado. ABC, como siempre, ha sido un referente periodístico. Millones de compatriotas de dispar ideología comparten la creencia en una única nación, y su épica cotidiana radica en trabajar, vivir en paz y querer prosperar con el esfuerzo propio en la España de sus antepasados y de sus hijos.

Hasta ahora, la mansurrona respuesta oficial a las bravatas separatistas se ha basado en la imposibilidad jurídica y en el colapso económico que supondría la independencia, pero ha faltado encauzar una onda emocional de la mayoría de españoles (catalanes incluidos, claro) que conocemos la historia y no entendemos España sin Barcelona, ciudad en la que viví de niño y aprendí a querer. Hemos echado en falta la constante reivindicación pública de la idea de nación y de concordia de las elites deportivas, intelectuales y empresariales. Aún estamos a tiempo.

Y ahora que conmemoramos los 40 años de las elecciones de 1977 y el éxito de la Transición que pilotó la Corona, no estaría de más recordar que si los independentistas escuchan con el gesto crispado a cantautores apolillados como Lluís Llach, nosotros sonreímos al oír la voz aterciopelada de Cecilia cantar Mi querida España.

Emilio Lara, escritor e historiador.

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