De Ítaca a la Conspiración

Después del comportamiento valiente hasta la temeridad de nuestros líderes ante los tribunales, que provocaba una cierta vergüenza ajena: “No nos lo dijeron con la suficiente claridad…” “no volvieron a insistir…”, “todo fue obra de los voluntarios…”, y demás gollerías expresadas a un nivel de chaval de colegio de pago que metió la mano en la despensa, cabe pensar que ese personal, ya sea la piadosa Forcadell, el astuto Mas, o el pandillero Homs, acabarán metiéndonos en un lío que pagaremos nosotros y ellos correrán hacia las alcantarillas… Alguien debe quedar para que salve los patrimonios.

Si cualquiera de ellos tuviera que llevar la responsabilidad de hacer algo más complejo que llegar a Ítaca, que con toda probabilidad no saben ni dónde está, ni estuvieron, y en el mejor de los casos les suena por un largo poema homérico, si tal caso se diera, sería la debacle. Fuera de enriquecerse con el 3%, cosa muv sencilla cuando controlas las finanzas de la Generalitat, fuera de eso, añado, nada de nada. Están jugando a hacer cócteles -para beber, entiéndase; no para tirar, que les mancharía el traje y lo llamarían violencia-. Robar sí saben. El dinero siempre es limpio aunque provenga de la basura, por eso a ciertas prácticas se las denomina blanqueo.

Primero empezaron con el de Ítaca, luego el referéndum -la fórmula favorita de Franco, porque las urnas electorales son siempre imprevisibles, pero los referéndums que montas tú, los ganas tú; sólo conozco dos excepciones en la historia-. El referéndum más representativo de la ciudadanía libre son las elecciones. Pero se pueden perder, o más exactamente, de seguro que esta vez las perderían. Por tanto, agarrémonos al referéndum que el Estado no les permitirá, y menos ahora después de las payasadas arrogantes.

¿Y qué me dicen de las procesiones de altos cargos y demás personal de alta remuneración, acompañando a los procesados tras concederles día libre y pagado? También lo hacía Franco en cada uno de sus diversos referéndums. Quizá sea por eso y porque encontrar trabajo está muy duro, por lo que las brigadas del Ayuntamiento barcelonés de extrema izquierda están retirando unos cuadritos de hoja de lata que estaban en las fachadas y que nadie se acordaba ya de ellos. ¡Si Franco murió hace 40 años! ¿A quién carajo le importa que sigan cayendo conforme pasa el tiempo? ¿O es que se quiere borrar ese trozo inicuo de nuestra memoria, como si no hubiera existido en Barcelona, la ciudad donde se le recibía, como en todas, con tal entusiasmo que 1as portad as de La Vanguardia de entonces te producen hasta escalofríos. ¿Les recuerdo el Congreso Eucarístico del 52? ¿Y su diálogo multitudinario con el papa Pío XII? Retirar esas herrumbrosas chapas deben hacerlo los vecinos -si es que les peta y humilla su proclamado antifascismo-, pero un departamento del Consistorio, que debe pagarse, me parece una estupidez de gente aburrida, con sueldo y sin ideas. En Italia, que colgaron a Mussolini, no se les ocurrió hacerlo pasado el primer fulgor antifascista. Había otras cosas de qué preocuparse.

La clase política radical, que empieza a ser corrupta y sigue igual de ignorante, ahora le da por los objetos, monumentos y demás faramalla. Lo que debía retirarse porque era una ofensa para la dignidad ciudadana ya se hizo cuando había que hacerlo, el resto son ganas de tocar los cojones. Me recuerda algo que no entendí nunca: por qué los radicales anarquistas y demás asociados quemaban iglesias por toda España. Hubiera comprendido, como símbolo, que lo hubieran hecho con los bancos y las casas de empeño y los empresarios de la usura. ¡Pero las iglesias! Desde mi ateísmo, convicto y confeso, me parece un acto de descerebrados instigados por los confidentes policiales. De no ser así, no lo entiendo v demuestra el nivel mental de quienes querían asaltar los cielos después de pasar un buen rato en la taberna. Insólito en otros países, con una clase obrera más consciente de sus auténticos enemigos, que no eran las beatas, ni las imágenes piadosas. No eran el símbolo de nada.

Volvemos a enfrentarnos en Catalunya a una clase política radical y corrupta, que pasó la transición dirigida por un charlatán de fiesta mayor que nos decía que éramos la sal de la tierra -yo no. porque llegué tarde y no quise integrarme, palabra terrible que dirigen los blancos a los negros, cuando aceptan las reglas del juego-. Cuando me instalé aquí, entonces no se manifestaban, con la desfachatez de ahora, las identidades. El profesor Salvador Cardús, que de tantas cosas como ha asesorado y asesora parece un hombre del equipo de Donald Trump, y cuya obra es,sin ánimo de ofensa, inane y escasa como para que le conozcan como una lumbrera entre los suyos. Aún le recuerdo en la campaña política más divertida que ocurrió en Catalunya y de la que todo el mundo parece haberse olvidado: las matrículas de los coches.

Si yo contara esta historia en Italia, hasta Nanni Moretti hubiera considerado un chiste clásico de Totó, y Umberto Eco con toda razón pensaría que estaba divirtiendo al personal. Pero aquí, hace años, la flor y el requesón -decir nata, sería una finura de estilo- de la inteligencia local, esa que ambiciona dejar de ser local para ser nacional, que da prestancia, se lanzó a combatir que los coches dejaran de llevar o limitaran su procedencia local, Almería, Oviedo, León y pasaran a la E de España, que representaba no al Estado sino a la comodidad de Europa y a los policías de tráfico. Ellos querían la fórmula antigua o nada. El tiempo fue borrando aquellos vistosos redondelitos que se quitaban en Fraga-ciudad- y se volvían a poner a la vuelta del Ebro. Es lo más notable que conozco de tal intelectual.

Pero ahora, Cardús plantea que hay que copar las universidades de aquí con un tratamiento detenido sobre la identidad nacional catalana. ¡Hostia, así empezó en Alemania, cuando los profesores mediocres pero autóctonos se sintieron desplazados por la cultura cosmopolita! Muchos alemanes, judíos o no, se fueron. Aquello empezaba a pintar mal.

Es el comienzo de lo que nos amenaza.

Una broma macabra anunciada para antes de septiembre. La independencia exprés. Una argucia jurídica, parida por alguno de esos cerebros bien pagados y escasos de trabajo, que consiste en la ley de Transitoriedad Jurídica. La minoría independentista puede en apenas un día desconectar del Estado. Como si fuera un frigorífico. A partir de ahí, la independencia. Ya dijo el estratega Artur Mas que había que ser astutos frente al Estado.

Aún no salgo de mi asombro. La clase política catalana independentista tiene una idea analfabeta del Estado. No aprendieron nada de Cambó, menos aún de Companys, ni de la guerra, ni de la posguerra donde se hicieron ricos con esas mesnadas hoy tan despreciadas de la emigración, a la que pertenece buena parte de estos Tío Tom, contentos porque el jefe casi les considera corno de casa, charnegos agradecidos, aunque hayan de mantener sus delatores apellidos por más que se cambien el nombre de pila.

Ya lo saben. Antes de septiembre se dará un gol pe de funcionarios de las instituciones de la Generalitat. El primero en la historia de la humanidad. Y seremos una nación, o un conjunto de payasos sin circo; cualquiera de las dos posibilidades. ¡ Ese día Félix Millet se levantará de la silla de ruedas y bailará una sardana!

Gregorio Morán

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