De la educación sin esfuerzo

Quizá a algunos les llamara la atención que en el programa electoral con el que Isabel Díaz Ayuso se presentó a las elecciones madrileñas del 4-M se reivindicara la educación como «la mejor escalera social», cuando lo más frecuente al formular este tipo de reflexiones es referirse a la importancia de la formación de los niños y jóvenes como ascensor social. Las dos fórmulas son válidas y expresivas, si bien la escalera implica un matiz semántico interesante que conecta muy directamente con uno de los principios del Gobierno del Partido Popular en materia educativa: el del esfuerzo.

La izquierda, enfrascada en su labor de zapa e ingeniería social, continúa empeñada en cargar de connotaciones negativas lo que el esfuerzo representa en el ámbito de la educación, a espaldas, incluso, del genuino significado de esta palabra que, según su definición en el Diccionario de la RAE, nos remite a la superación personal y a la consecución de logros y objetivos. Exigir esfuerzo en las aulas no es, como pretenden los adalides del adocenamiento y la mediocridad, generar ansiedad y frustración en los estudiantes, sino fomentar su crecimiento como personas, su responsabilidad individual y su capacidad de respuesta ante la realidad social y laboral en la que tendrán que moverse en su vida de adultos. Ahora, tras los fuegos de artificio de la crisis en el Gobierno de Pedro Sánchez -un cambio más de peones que de políticas-, no podemos ignorar que, aunque la ministra Celáa se haya ido, la LOMLOE permanece y se sigue avanzando en el desarrollo normativo de sus postulados. Acabamos de conocer un borrador del Real Decreto que regula la Evaluación, Promoción y Titulación en ESO y Bachillerato en el que se da cobertura al oxímoron de los títulos con suspensos y se priva a los equipos docentes de la seguridad de un marco único en el que basar sus decisiones sobre la titulación de los alumnos.

La receta es altamente nociva. ¿Qué logramos al regalar un título a un joven que no ha superado todas las asignaturas? Engañarle sobre su nivel de preparación y, con ello, cerrarle las puertas del futuro, a la vez que transmitimos a todos los estudiantes el mensaje de que da exactamente lo mismo trabajar día a día que bajar los brazos.

Así, con el pretendido afán de impedir frustraciones a corto plazo, las políticas educativas del Gobierno devalúan el aprendizaje, aniquilan la motivación de los alumnos, desmoralizan a los profesores y dejan a nuestra sociedad sin pulso. Un estudiante que no alcanza las competencias establecidas en los currículos educativos necesita acompañamiento, refuerzo y estímulo para lograrlas, no un salvoconducto de renuncia y desistimiento. El concepto, a menudo manipulado, de no dejar a nadie atrás en el ámbito educativo significa trabajar, desde las instituciones y los centros de enseñanza, para conseguir que cada alumno llegue a dar lo mejor de sí mismo en vez de meter a todos en el furgón de cola, tal y como postulan los modelos educativos de la izquierda.

Ese propósito de igualación por abajo no es inocente, por supuesto. Tiene que ver con el hecho, muy bien estudiado por la pedagogía, de que fomentar e incentivar el esfuerzo a lo largo de las etapas de formación es un elemento clave en la construcción de la capacidad de cada persona de adquirir criterio propio y de llevar las riendas de su vida. Y determinados planteamientos ideológicos no buscan ciudadanos libres, sino una sociedad tutelada, manipulable, conformista, sumisa y dependiente, en la que se recela incluso de la excelencia.

Afortunadamente, frente al modelo educativo ramplón y empobrecedor del Gobierno de la nación, en la Comunidad de Madrid tenemos en marcha un proyecto alternativo para la educación basado en la igualdad de oportunidades, en la libertad de elección de las familias y en la calidad de la docencia, que sí reconoce la excelencia y valora el esfuerzo como elemento esencial en el proceso formativo. No un esfuerzo entendido como carga o imposición, sino derivado del compromiso que el propio alumno adquiere siempre que seamos capaces de transmitirle por qué es importante realizarlo.

En esa dirección, la Ley Maestra aprobada recientemente por el Gobierno regional y remitida ya a la Asamblea de Madrid para su tramitación parlamentaria va ser no sólo un escudo protector de la libertad de elección educativa, sino también el revulsivo que necesitamos en este ámbito de la reivindicación del esfuerzo, ya que la nueva normativa garantiza el reconocimiento del mérito y la excelencia en todos los niveles educativos. Al mismo tiempo, establece la realización de evaluaciones externas adicionales -sin perjuicio de las que ya se realizan en coordinación con el Estado-, un mecanismo de control y seguimiento que nos va a permitir trabajar en el diseño de políticas educativas basadas en la calidad a partir de un diagnóstico de situación más afinado.

Como consejero de Educación, he tenido el privilegio de conocer muy de cerca en estos dos últimos años la entrega de los profesores, de los equipos directivos y del resto del personal de los centros educativos de nuestra región a la hora de impulsar y defender esos valores, también en las circunstancias extremadamente difíciles que nos ha tocado vivir. He comprobado igualmente la enorme receptividad y madurez de los alumnos cuando se ha apelado a su responsabilidad personal, frente a lo que se presupone en los alegatos del aprobado gratis. El brutal impacto de pandemia nos ha puesto a prueba a todos. Nos ha exigido un despliegue de energía sin precedentes que, al igual que nos ha permitido superar los momentos más complicados, nos tiene que servir ahora para afrontar los enormes desafíos que tenemos por delante. A partir de esta alentadora y estimulante realidad, en el Gobierno de la Comunidad de Madrid seguimos trabajando para la mejora de nuestro sistema educativo con intensa dedicación y compromiso, y, cómo no, con esfuerzo.

Enrique Ossorio Crespo es consejero de Educación, Universidades, Ciencia y Portavocía de la Comunidad de Madrid.

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