De la moda

Hay conceptos indefinibles cuya calificación precisa forma parte del juicio variable de los opinantes. Pero existen acuerdos comunes a la gran mayoría de los interesados. A nadie se le ocurre poner en duda la belleza de «La Perla» de Botticelli, de la «Venus del Espejo» de Velázquez o la de Ava Gardner gloriosa en su momento.

Tanto «La Perla» como Ava nos dejaban gozar, además de su figura, de su expresión facial, de su mirada. Y es ahí donde reside el mayor misterio. La Venus de don Diego nos regala la proporción de su cuerpo modélico; no nos afronta, sólo establece un canon corporal inspirador y sugerente, nada menos. Pero son los ojos que nos cuentan, al transmitir la luz del gesto, lo que su alma esconde y descubre, en parte, los que seducen y despiertan el deseo de cercanía, de intimidad, de contacto camino de La Vida, quizás compartida.

Parece claro que mientras la mujer vive su etapa primera se expresa cautivadora; cumple así con su naturaleza en pleno juego. Pasa el tiempo y sus atributos, los que atraían, pierden vigencia; aparecen otros sustanciales si reflejan la bondad del alma. Los ojos vuelven a contar y convidan en tal caso a un diálogo de alcance profundo y duradero. Es la misión genuina de quienes, maduras, hablan de lo que saben: siembran su capital imperecedero.

La especie humana ha crecido en su estatura física durante la segunda mitad del siglo XX, no necesariamente en su sabiduría. Pueden ser causantes la alimentación –aunque hoy los altos comen menos que en otros tiempos– el control de la temperatura, del bienestar…, pero la realidad es patente. Y lo es aun más en el género femenino.

Lo que interesa señalar aquí es la extraña obsesión de la mujer meridional que, en persecución de su belleza, en vez de cuidar la expresividad de sus ojos incomparables, trata de emular las características propias de rusas y escandinavas e impropias de las mediterráneas. Los desorbitados tacones –aún más si sus colores chillan– rompen su escala para convertirlas en zancudas sin más ritmo invitador que el de sus eventuales tropezones. Al tiempo que su formación intelectual se acrecienta y las posiciona en la cota gobernadora –sea casera o política– que merecen, parece que se han decidido en muchedumbre a ocultar su capacidad científica, sus conocimientos, para ¿a cambio? exhibir su cuerpo y desactivar así la curiosidad y aventura de su descubrimiento, hoy deudor de la moda al gusto de la femineidad.

Tanto la gimnasia como los regímenes alimenticios han contribuido a esbeltecer su imagen clásica. Razón, una más, para que fiel a su devenir cuidado, si escondida, resulte aún más deseable. Hay que evocarla viva, desde la pasión rítmica que mueve el cuerpo al compás de las caderas, aire que precisa de esas extremidades gráciles al tiempo que sólidas y concretas. ¿Ustedes ven a la Navratilova marcándose un fandango rociero? Si sólo sabe jugar al tenis, bien pero «esaboría».

¿Dónde están aquellos escotes profundos, en V vertical, que animaban a asomarse, a adivinar los tesoros ocultos; la carne, descarada a la vista, ofende, no atrae, rechaza. Los pechos soñados de la mujer púdica y silenciosa respondían a las caricias con la excitación de sus iones traviesos (anión y catión) calambres areolados que sustituyen normalmente en mi cerebro al feo sonido del término pezón.

El hombre siempre se sintió atraído por lo que en ella ve, más por su guapeza femenina que por su riqueza cultural. Ellas, en cambio, pasan de los «bonitos» para acercarse a oír a los que piensan; actitudes ambas complementarias que valoran la capacidad crítico-correctora de la mujer y al oído interesado del hombre que hoy escucha; le va en ello la paz.

La moda actual no agracia a las españolas: aunque talluditas las envuelven faldas por encima de las rodillas (las minis sientan mejor) que las denigran; Tampoco acierta con los hombres; sus modistos (sus sastres son serios) han inventado unos pantalones estrechos, ceñidos a las piernas que se arrugan en el lugar preciso para que el paquete quepa y lo luzcan desordenado. Los toreros ponen las «cosas» en su sitio. Resulta humillante ver a algunos de nuestros políticos junto a sus congéneres, ingleses, escandinavos, austriacos, conscientes de su elegancia; pantalones rectos que no acusan interioridades.

Pero aquí mandan los peor trajeados, tanto en las comunidades como en las tertulias de televisión, donde sólo se mantiene sensato el de siempre, Matías Prats. Presumen de pobres las ricas, con jeans rotos y zurcidos y van de «modelnos» los progres –sus orejas con pendientes–, que, a pesar de lo que cobran, caricaturizan a nuestra patria (¿?) que para colmo les respalda con sus votos. Me atrevo aquí a explayar mi rabieta de viejo porque la sé compartida por los míos: ¿cuántos son? Los que quedan.

Quizá resulte discorde el paso de lo orgánico a lo abstracto, pero apetece establecer paralelismos entre lo descrito y las ocurrencias arquitectónicas y escultóricas de nuestros días. Súbitamente, el minimalismo constructivo impuesto por el Norte, obsesionado (y agotado por lo mismo) con el evangelio vanderrohiano, se va viendo obsoleto para dar paso al éxito de un acontecer constructivo que sustituye el afán de belleza –Arte– por el de sorpresa, disparatadamente cara e incongruente pero hoy técnicamente posible. No ha de durar mucho pues ha colmado su período y expuesto tanto su impericia como su empalago.

Grandes maestros –Renzo Piano, Rogers, Foster– nórdicos, –Calatrava– meridional, siguen su quehacer aspirante a una belleza desnuda, nítida y sabia técnicamente. De pronto se ven desplazados por unos aparecidos: entre ellos Libeskind, con su museo berlinés, enigmático homenaje al Holocausto; Peter Eisenman y su obra vacua e incoherente, profanadora del marco inmediato al Pórtico de la Gloria; más el cortejo de seguidores ávidos de fama inconsecuente. Puntean a nuestro continente con actuaciones que casualmente aciertan; escultórica más que arquitectónicamente. Ustedes me entienden y saben a quien me refiero.

Tanto en la pintura como en la escultura ha pasado a ser el gigantismo, el que llena los museos más que de placeres estéticos de masas y cuerpos inabarcables e inamovibles. Conviene recordar las excelsas miniaturizaciones del arte pictórico de Vermeer y el incontestable consenso, ya antiguo, sobre el amor a lo bello: un paisaje de Patinir, los retratos guapos de Murillo, o Cavallino; las santas y modelos de Zurbarán; las damas de Boldini, Sargent, Whistler, Benedito y sus elegancias fueron piezas todas de aquel tiempo, ejemplares, indiscutidas.

Pero tal arte tenía ya dueño; estaba adjudicado. Se acababa el negocio; había que crear un nuevo mercado; sustituir la adoración a lo infinitamente inspirador, la belleza, por un dios material pecuniario capaz de saciar la incultura eurótica y dolarista de una nueva masa aspirante al imperio.

La Belleza sustituida por la ignorancia amante del disparate. ¿Hoy?

Miguel de Oriol e Ybarra, doctor arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes.

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